sábado, 26 de diciembre de 2009

Las vueltas que da la vida...................son las vueltas que se da con la cucharilla (y segunda parte)

........... ”favores” sexuales.

El primer día que se lo mencionaron, salió vociferando del bar y poniendo como siete trapos a estos “señores” y amenazándolos con que los iba a denunciar.

Un par de días estuvo desaparecida del bar y no se sabe por donde deambuló y a quien estaría dándole el “necesario” diario sablazo.

La cuestión es, que tardó escasamente tres días en volver aparecer por el citado establecimiento. Y esta vez, llegaba sumisa, rendida, asumiendo y aceptando las proposiciones más que deshonestas de esos “alimañas”.

Persistía Ramona con la cucharilla en mover el café, cuando le vino a la mente los meses que estuvo realizando este tipo de enmascarada prostitución. Que si indignante es para una mujer realizarla por tener la imperiosa necesidad de apenas subsistir, más humillante es aún, tenerla que llevar a cabo para poder costear los problemas económicos creados en su casa, originados por su adicción a los juegos de azar.

Testigos mudos de estas bajezas y vejaciones, fueron portales, soportales y alguna que otra pensión y hostal, de no muy lejana distancia de nuestra de abastos plaza.

La cuestión es, que mantuvo durante un tiempo este malvivir, para poder regresar poco más de a madia mañana para casa, con la cesta de la compra por lo menos… medio llena.

El desprecio que contra si misma estaba cometiendo, lo aceptaba y admitía con resignación pues, más importante que ello, era no dejar sin comer a su familia.

En ese periodo de tiempo, como era normal, ya se fue rumoreando, divulgando y difundiendo estos hechos, hasta que a su familia lógicamente le terminó por llegar los consabidos, graves y tristes comentarios.

Dada la trascendencia que ya habían tomado los acontecimientos -más vale tarde que nunca- en su casa tomaron definitivamente el toro por los cuernos. Empezaron a tenerla acompañada en todo momento y a no dejarla para nada manejar dinero alguno. Además, comenzaron a tratarla especialistas psicólogos y terapeutas en este tipo de patologías y su hija Luisa, se le convirtió en su inseparable sombra, amiga y muleta.

Mantenía esta ama de casa, sus vueltas al café con la cucharilla, cuando su cabeza la trasladó al momento en que su Luisa, que por entonces tenía ya más de cuarenta años y estaba saliendo con su primer pretendiente novio, también de más o menos su edad y que aún no lo conocía la familia pues todavía no había llegado a entrar en la casa, fue dejando de ver con asiduidad a este y enfriándose con ello el ilusionante noviazgo.

Esta hija suya, que era para los hermanos casi una segunda madre, que por la diferencia de edad con ellos había centrado y dedicado toda su juventud a cuidarlos, atenderlos y en definitiva a ayudar en exclusividad a criarlos, descuidó y desatendió su condición de mujer y no había llegado a salir hasta entonces con ningún hombre. Y ahora, le tenía tan absorbido el problema de su madre, que no hacía por sacar tiempo para ella y para esos necesarios e íntimos momentos que cualquier pareja necesita, para por lo menos proseguir con esa deseada sentimental relación.

Transcurrido el tiempo, empezó Ramona a sentirse mejor y con otros ánimos. Le resurgió su orgullo, levantó su honor, su autoestima afloró y su dignidad la quería mostrar por última vez, en ese infierno que para ella fueron esos bares, con toda su envolvente atmósfera de tragaperras, numeritos y mostradores repletos de bestias revoloteando a sus inocentes presas. Quería verles de nuevo la cara a estos indignos “señores”.

Toda la familia se apretó de lo lindo el cinturón, incluso dos de los universitarios hijos dejaron los estudios y se pusieron a trabajar, con lo que a medio plazo consiguieron entre todos reunir el dinero con el que liquidar las deudas que su madre tenía contraídas con las conocidas que le prestaron y con los comercios que le fiaron. Pero a los aprovechados “buitres”, no había que reintegrarles nada, ya de sobra se cobraron sus préstamos a costa de la humillación de la pobre ama de casa… Ramona.

Los especialistas que la trataban, le tenían terminantemente prohibido que frecuentara los ambientes que tuvieran algo que ver con esa adicción al juego y que le habían llevado a contraer esa patológica enfermedad. Aún así, consiguió convencer a su soporte y bastón -Luisa del alma- para que la acompañara, pues quería definitivamente enfrentarse a sus monstruos y fantasmas.

Es por eso, por lo que se encontraba con su hija en el mencionado bar, para intentar saborear ese último café, con el que cerrar esa herida abierta, que le había ocasionado ese mal trago de vida, que fue esa época de su pasado inmediato.

Mientras cabizbaja seguía moviendo el café con la cucharilla, no se percató que su hija se había levantado para dirigirse a la barra del bar a saludar a una persona conocida que acababa de entrar en el establecimiento.

Cuando alzó la vista, contempló como su Luisa se encontraba sumergida en un efusivo abrazo, acompañado de un apasionado beso, con un desconocido caballero -pues lo tenía de espaldas- con lo que Ramona inmediatamente interpretó que sería su pretendiente y desconocido novio.

Al separarse la pareja de tal caluroso saludo y verlo a él de perfil, descubrió una pequeña pero marcada cicatriz en la mejilla derecha que le vino a recordar a alguien. Un poco incrédula se encontraba, cuando le observó un tatuaje en el antebrazo izquierdo, que le certificó ser la persona que le estaba viniendo a la memoria, y que no era otra, que uno de esos aprovechados buitres carroñeros que devoraron su honra.

Luisa, al tal “caballero” lo cogió de la mano para acercarse con él hacia la mesa en la que su madre se encontraba con la intención de presentárselo, mientras esta cavilaba a velocidad supersónica en su mente sobre la mala suerte que había tenido no ella sino su hija, que para una vez que esta se había acercado a un “hombre” el elemento con el que se había topado, y no pudo hacer otra cosa Ramona, que agachar e intentar esconder la cabeza -como un avergonzado avestruz- y continuar dándole vueltas y vueltas y más vueltas a ese ya frío y sorpresivo café, con su sudorosa mano y la ya tan manoseada cucharilla.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Las vueltas que da la vida...................son las vueltas que se da con la cucharilla (Primera parte)

Corría la década de los ochenta, por la que Ramona rondaba la edad de los sesenta años. Y había acudido a ese famoso bar de alrededor de la placilla con su hija por última vez. Quería despedirse de ese ambiente y ese entorno definitivamente tomándose un inquietante y a la vez desafiante café.

Tras arrojar el segundo terrón de azúcar en el vaso, cogió la cucharilla y comenzó a menear el café dándole vueltas mientras repasaba mentalmente las lejanas y cercanas vicisitudes de su vivida existencia. Empezó a juguetear con el esparcido azúcar y la ligera y flotante crema del café, mientras le venían a la mente a una vertiginosa velocidad las épocas más trascendentales de su ya larga vida.

Cada varias vueltas de la cucharilla en el vaso, significaba diferentes periodos de las vivencias que Ramona sobrellevó. Y ella misma se hacía unos vívidos y descriptivos recuerdos sobre unos en concretos recientes acontecimientos, los cuales, le habían supuesto un antes y un después en su ya más que aceptable edad.

Esta ama de casa, que de jovencita padeció como tantas otras en sus carnes nuestra bélica contienda, y con una normal escasa escolaridad para la época y sobretodo por su femenina condición, se casó a temprana edad con un viudo mayor que ella de esta confrontación civil, para así aligerar la carga de su numerosa familia y contribuir con este enlace en lo posible, a ese su parentesco entorno.

Su descendencia fueron ocho hijos, una hembra -la mayor que la aportaba su marido de su anterior matrimonio- y los siete restantes suyos propios de su único casamiento, varones, a los que por cierto les llevaba esta hermana unos considerables años.

Una extensa familia, que sacó Ramona adelante con la inestimable ayuda de su marido, por ser este un trabajador incansable, apreciado y muy requerido del gremio de la construcción, que aportaba al hogar, semanal y mensualmente muy buenos cuartos.

Otras vueltas al café con la cucharilla, y estas le llevaron al día en que enviudó. Que con la insuficiente paga de viudedad que le quedó, no le llegaba para mantener el normal ritmo de vida al que durante tantos años estuvieron acostumbrados en ese hogar. Que sin llevar unas pomposas vidas, por lo menos no pasaron ningunas grandes necesidades durante toda esa trayectoria familiar, salvo la común a todos, escasez de alimentos de primera necesidad de la época.

Mientras fueron transcurriendo los primeros años de su viudez, no se fueron apenas percatando de la estrechez económica en la que estaban inmersos. Debido, a que ella iba tirando de la pequeña paga más aportando todos los meses a esta, cantidades de unos ahorrillos que su difunto marido trabajada y laboriosamente había conseguido acumular.

A tres de sus hijos les seguía todavía costeando los estudios universitarios y otros tres de sus vástagos se les llegaron en ese tiempo a casar. Circunstancias estas, que también propiciaron que menguara considerablemente esos caudales ya mencionados. Pero todavía le quedaban cinco bocas que alimentar más la suya.

Continuaba dándole vueltas al café con la cucharilla y rememoró cuando se le fue aproximando el momento, en el que esa saca de reservas estaba a punto de quedar completamente vacía, que le llevó a lanzarse a la calle a vender tiras de esos números clandestinos con lo que intentar conseguir unas pesetillas, para aportarlas a la ya presente paupérrima economía familiar.

Les tuvo a sus hijos -aunque estos no se percataron debido a que confiaban plenamente en su madre- ocultada la realidad financiera del hogar.

Para conseguir despachar los susodichos números, tuvo que empezar a deambular: por su barrio y alrededores, por comercios, por almacenes y por todo el entorno de la plaza de abastos. En concreto, por los bares que envuelven esta singular zona tanto de permanentes como de ambulantes ciudadanos. Y en particular, este renombrado y afamado bar del entorno de la placilla, donde se encontraba intentando degustar por última vez junto a su hija un café, es el que con más asiduidad frecuentaba por ser uno de los puntos donde conseguía más números vender.

La reiterada asistencia a este establecimiento, le dio lugar a tener alguna que otra vez que pedir alguna consumición. Y la calderilla restante de la vuelta del abono de estas consumiciones, empezó a echarlas en las denominadas máquinas tragaperras. ¡Maldita fue la hora, en que echó la primera moneda!

Sin apenas darse cuenta, se vio en poco tiempo atrapada, en esa tela de araña que envuelve la ludopatía a tantas y tantas personas que osan poner sus manos, su patrimonio y sobre todo sus frágiles mentes, en esas exprime-entrañas que son estos artilugios de sacar dinero.

Seguía con el meneo al café con la cucharilla, cuando recordó el día que a su familia le llegó conocimiento de este problema. Que Luisa -la mayor de sus hijos- se hizo cargo de la administración de la casa. Y que aunque ella -por expreso deseo e insistencia suya- seguía siendo la encargada de hacer diariamente la compra del hogar, su hija por aquellas fechas le entregaba 1.500 pesetas todos los días, para que las realizara.

Pero este irreprimible impulso de jugarse los dineros era superior a ella y a diario los perdía en estas máquinas tragamonedas.

A media mañana, ya se había gastado casi todo el dinero dedicado a la cesta de la compra, por lo que tuvo que empezar a pedir prestado a amigas y a asiduos clientes del bar. Y dejar fiado en puestos y almacenes del entorno de la plaza de abastos.

Pero llegaron como era lógico, los días en que empezaron a negarles las compras fiadas porque no las pagaba, y los préstamos porque no los devolvía ni a sus conocidas ni a esos asiduos clientes del mencionado bar. Y estos últimos, resultaron ser unos auténticos “buitres”.

Sabido estos, de su falta de control, de su adicción al juego y de su imperiosa necesidad económica, empezaron algunos de estos “carroñeros” a insinuarle, que a cambio de los préstamos les ofreciera......................................................................................

viernes, 11 de diciembre de 2009

MI FELIZ CUMPLEAÑOS

Recuerdo con cierta nostalgia y melancolía, mi cincuenta aniversario. Y es que esa celebración de cumpleaños, fue tan redonda como ese señalado número.

La víspera de ese gran día, me encontraba emprendedor y atrevido. Y le dije a mi pareja que esa noche yo iba hacer la cena, que me dijera donde estaba la cocina. No tenía yo ganas de buscar los planos del piso.

Mientras cocinaba con todo mi cariño -después de leerme sólo 5 veces la forma de preparación- una sopita de ave con fideos de un sobrecito de Gallina Blanca caducado de hace solo dos meses, abrí para acompañar tan opípara cena, una latita de magro de cerdo -sin caducar- no fuérase que se quedara con hambre la invitada comensal.

Como se que le gusta la ensalada, también añadí a tan extraordinario banquete, una tarrina de ensaladilla sabrosona, que sin importarme el precio le traje del Mercadona.

Ya que la ocasión lo requería, abrí especialmente para ella, un rioja -bueno un tinto Don Simón en tetabrik cosecha del año anterior- para acompañar los manjares que con tanta laboriosidad me encontraba preparando. Y de postre, le tenía para sorprenderla unas natillas de vainilla del Supersol, que las venden de dos en dos.

Mientras disfrutábamos de tal deliciosa cena, le tenía puesta de fondo música sentimental y ensoñadora en mi tocadiscos de los años setenta. María Jesús y su acordeón, nos deleitaba una y otra vez con su compleja letra y difícil de aprender canción de los pajaritos. Y es que cuando yo me pongo romántico, acierto de pleno con las más apropiadas melodías para tan señalados momentos.

La verdad, es que estuvo durante toda la comida con una cara enojada como si estuviera enfadada por algo. Y es que no se, nunca entenderé a esta mujer. Con el empeño que le puse yo a tan extraordinario momento y el dispendio que hice.

A lo mejor se acordaba todavía del día en que fui a meter unos calzoncillos en la lavadora -que me dijo que era una maquina que da vueltas- y los metí en el microondas. Y es que un error lo comete cualquiera.

Terminada la cena, le invité a que me acompañara a tirar la basura, a lo que me contestó con un rotundo ¡No! Con lo que le repliqué que después no me echara en cara que no salíamos juntos a ninguna parte.

Aún así, no se lo tuve en consideración y al volver de arrojar los desechos caseros le hice la siguiente observación ¡prepárate, que mañana partimos para visitar la capital, con lo que salimos a primera hora de viaje!

Y así fue, con los primeros rayos de luz de la mañana, cogimos el tren y a temprana hora del amanecer llegamos a Cádiz.

Ella, arrastraba una maleta creyéndose que iba a no se que lugar lejano y remoto. Maleta que tuvimos que dejar en consigna de la estación, para no seguir innecesariamente cargando todo el día con ella.

También tengo que admitir, que para nada escatimo esfuerzos en el día de su onomástica, y le hago de ofrenda anual un barridito al piso. Y es que me gusta colaborar con las faenas domésticas. Además… ¿que mejor regalo podría ofrecerle en el día de su santo? Y no cojo la fregona porque me da calambre, que si no…..

Sin regatear en gastos, nos sentamos en una cafetería donde se puso ciega de chocolate con churros -bueno en verdad, quién repitió fui yo-. Y tras permanecer disfrutando del frío de la mañana más de hora y media en la terraza del establecimiento, marchamos para ir bajando tan singular e insólito desayuno -reconozco que estaba un poco lejos- andando hasta el Corte Inglés.

Allí, gozamos de una jornada matinal que nos llevó a recorrer todas y cada una de las tiendas y locales comerciales de los que dispone esa gran superficie. Por lo que estuvimos paseando y viviendo una mañana de escándalo e inolvidable por la Capital.

La veía quizás un poquito tensa. Tal vez no se le había olvidado aquella vez que llamaron a la puerta y al abrir dije ¡Hola Einstein! Y resultó que era ella, que venía de la peluquería. Pero es que ¿quién no se ha confundido alguna vez?

Al medio día y antes de salir de la capital con regreso a casa, nos metimos en un autoservicio -self service o buffet libre- que yo ya llevaba localizado en un mapa de negocios de restauración, porque como soy muy meticuloso y perfeccionista no me gusta dejar nada a la improvisación, y por siete euros por persona, nos podíamos poner como el kiko.

Sin embargo, ella no comió mucho y no se porqué, yo en cambio probé de todos los platos y repetí sólo tres veces. Y es que era un lugar y sobre todo un día y una ocasión tan especial….. Pero, por si esto me fallaba, yo ya lo tenía todo controlado y en casa le guardaba para almorzar, a escoger entre una latita en conserva de cocido madrileño Litoral o una de fabada La Asturiana. Y es que a mi me gusta tenerlo todo controlado y planificado, sobre todo en estos grandes, maravillosos e íntimos momentos.

Tengo que reconocer, que en cuanto al lujo y a los placeres refinados, sobretodo en cuanto lo que a comidas se refiere, me parezco bastante a un sibarita.

Está visto y comprobado, que cuando yo me pongo espléndido, decidido, derrochón y romántico no hay quién me gane a ello.

Pero desde la noche anterior y durante toda la mañana, me estuvo diciendo con un retintín que se había apuntado a clases de judo, y no se con que intención me lo recordaba tanto. Pero por si acaso, pensaba yo para mis adentros, voy a tener que quitarle un fregaito de cuando en cuando -por lo menos una vez al mes- no vaya a ser que la tome conmigo y me quiera utilizar de sparring.

Cuando ya por la tarde llegamos a casa, nos apetecía echar una siesta, cosa con lo que yo ya contaba y para lo que ya le tenía preparada otra más de mis fastuosas sorpresas.

Me presenté en el dormitorio con un nuevo e insinuante pijama azul con dibujos de patitos y le dije ¡aquí tienes a tu príncipe azul, haz conmigo lo que quieras! Yo sabía que ante tanto desembolso efectuado sin reparar para nada en gastos y a la desplegada batería de originalidad e ingenio mostrado durante toda la celebración -ya que la ocasión así lo requería- más mi atractivo encanto personal, no se me podría resistir y me obsequió por mi cumpleaños con un ¡Anda y vete al otro cuarto a dormir y a roncar......zopenco!

viernes, 27 de noviembre de 2009

PERO, YA NUNCA FUE LO MISMO CON ELLA...DESDE AQUEL DÍA EN QUE NOS CASAMOS

Ese mágico ambiente que existe, que se palpa, que se respira y que se vive mientras coexistimos en esos periodos de tiempo antes del matrimonio, se desvanece, se evapora y se difumina, generalmente cuando nos casamos.

Las noches que hasta las tantas de la madrugada, compartimos con la copa en la mano en aquellas arrinconadas mesitas y acogedoras penumbras de los diferentes pub y cafeterías. Y en aquellas salas de cine, la de películas que nos tragamos consumiendo coca-colas, quicos y palomitas. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los paseos que por las pedregosas veredas de nuestro entorno, agarrados del brazo y conversando de nuestros anhelos disfrutamos. Y esas visitas de compromiso, que a nuestras comunes familias les parecían siempre inoportunas y a nosotros atragantados aprietos padecimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Las mutuas charlas, sobre nuestros dudosos planes de futuro por las penurias económicas que nos rodeaban, que llegamos a mantener. Y aquellos bailes en verbenas de barriadas, discotecas, ferias y guateques que agarrados de la cintura gozamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

La de discusiones, jaleos, porfías, debates, altercados, berrinches, riñas, sermones, regañinas, rapapolvos y peleas que tuvimos. Y la de comercios, establecimientos, negocios, locales, almacenes, puestos, bazares, dependencias y tiendas que juntos frecuentamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Las agotadoras jornadas en la playa de las Monjas y de los Curas, en las canteras de Puerto Real, en las cataratas de arena o en las casetas de Feria que vivimos. Y la de exhibiciones, muestras, exposiciones, certámenes, presentaciones, escaparates y festivales que visualizamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

En esos bancos de plazoletas, los cigarrillos, las arropías, las pipas, las castañas tostadas y los secretos que compartimos. Y en la de acampadas, viajes, desplazamientos y excursiones que siempre intervinimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los desayunos, aperitivos, tapeos, almuerzos, meriendas y cenas que degustamos. Y la de bautizos, bodas, velatorios y comuniones que juntos presenciamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Esas comprensibles copitas demás que nos tomamos disfrutando de navidades, carnavales, ferias, semanas santas y cumpleaños. Y las incansables horas de parchís, cartas, ocas y loterías que junto a compañeros, familiares, conocidos, convecinos y amigos departimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los sabrosos helados, que las calurosas tardes veraniegas degustamos en las terrazas de aquellas heladerías, mientras opinábamos sobre los paseantes ciudadanos. Y los llantos, las risas, las tristezas, las alegrías, las lágrimas, las carcajadas, las penas, los gozos, las euforias, los lamentos y toda clase de sentimientos que acompañados vivimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Y es que se perdió esa complicidad, ese encantamiento y ese embrujo que habitó entre nosotros mientras perduró esa transitoria relación. Con sus afectuosos saludos, con sus sinceros abrazos y con los intercambios de besos que nos regalábamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos…cada uno con su pareja.

viernes, 20 de noviembre de 2009

ÚLTIMA HOMILÍA

Os he reunido extraordinariamente hoy aquí a todos mis fieles feligreses para anunciaros que este será mi último sermón.

De sobra es sabido, que provengo de una ferviente familia, donde todos sus componentes se han distinguido en mayor o menor medida por la devoción a las Santas Escrituras.

Desde muy joven, me inculcaron la Palabra de Dios y la Doctrina Bíblica como el verdadero camino a seguir en la vida. Hasta tal punto, que ingresé para la formación eclesiástica a una edad tan temprana como el Alba.

Sabía que ir al Seminario, me aportaría una enriquecedora Relación Espiritual con Jesús.

Mi aprendizaje de Seminarista, transcurrió durante nueve agotadores y a la vez apasionantes años. El primer año “pre-seminario”, fue para ir conociendo a Dios mediante la oración y el encuentro con el Resucitado. Los tres años siguientes, realicé los estudios de “Filosofía” como la rama del saber. El quinto año ejercí mi “Año Pastoral”, tiempo en el que tuve que demostrar en un destino Parroquial mis conocimientos de los cuatro años anteriores. Y mis cuatro últimos años de formación Seminarista, los dediqué a los estudios de las ramas de la “Teología”.

Cumplí con rigor, los establecidos cánones que rigen el periodo de formación en el Seminario. Dediqué más horas de maitines que nadie, en pos de la Verdad. Me aprendí de principio a fin del Antiguo Testamento los 21 libros históricos, los 7 didácticos y los 17 proféticos. Y del Nuevo Testamento los 5 libros históricos y los 21 didácticos. Para todo ello, además del Latín, me especialicé particularmente en Griego, Hebreo y Arameo.

Durante mi Vida Litúrgica de Seminarista, siempre actué respectivamente acorde a los tiempos de: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pasión, Pascua y Pentecostés, con una Meditación y una Esperanza dignas del mejor Pastor.

Siempre sostuve, que el Seminarista no nace en el Seminario, sino que ya lleva ese compromiso, ese entusiasmo y ese fervor por la Fe en Dios, en su propia sangre.

Mi Ordenación Sacerdotal, fue una fiesta para mi familia, mis amigos y para las familias de mis amigos. Y en todo este tiempo, como un verdadero Discípulo, he divulgado la Sabiduría y los Sagrados Textos del Evangelio entre todos mis feligreses con una desmedida Pasión.

He sostenido de siempre, la absoluta infalibilidad y ausencia de todo error de la Biblia, estas Santas Escrituras que todo lo explican. Comprendí perfectamente el Mensaje de los Libros Santos.

Como ya sabéis, hace poco acabo de “celebrar” mis Bodas de Plata de mi Sacerdocio. Tiempo que me ha dado para realizar miles de celebraciones religiosas entre la Santa Misa, el Enlace Matrimonial, la Eucaristía de la Comunión y de Confirmación, el Sacramento del Bautismo, Procesiones, Misas de Difuntos, Ofrendas Florales, etc. etc. etc.

Mis peticiones de Ora Pro Nobis al Santísimo, siempre llevaban una sobrecarga de Ilusión y Esperanza más allá de lo normal.

Como Presbítero de mi Parroquia, he sido el Pastor y Guía de mi comunidad Cristiana que durante todos estos años he difundido La Pastoral, con una Devoción y un Misticismo a prueba de toda duda de mi compromiso con la Palabra de Dios.

Mi fidelidad a Él, continuamente estuvo argumentada. Y la Corona de Espinas y la Herida Abierta en el Corazón de Jesús, fueron la estrella que me ha guiado de siempre en este Camino del Señor.

Mi capacidad de escucha, dialogo y comunicación en esos habituales encuentros Catecumenales, no han hecho más que refrendar mi solidaridad con la Juventud, la Familia y la Infancia. Y he divulgado durante todo este tiempo las diferentes maneras de servir a nuestro Divino Creador.

Mi Veneración al Espíritu Santo, mi Devoción por el ritual gesto de la Señal de la Cruz, el que El “Verbo” se hizo carne y habitó entre nosotros y la explicación de la Santísima “Trinidad”-palabra esta que por cierto no figura en la Biblia- han sido referente en toda mi trayectoria Sacerdotal.

Mi ceremonia Litúrgica se ha adaptado a los nuevos patrones que Nuestra Santa Madre Iglesia nos recomendaba con el cambio de los tiempos. Y mis Catequesis de la Doctrina de Cristo han sido elogiadas y “envidiadas” por otras Parroquias.

En mis Homilías, he promovido los Escritos Pastorales, he recomendado la Vida Cristiana y las pautas Doctrinales, siempre entre todos los asistentes Feligreses al salón parroquial.

Mi Agenda Pastoral, no ha dejado nunca de estar cargada de motivaciones, reglas concretas, mensajes y fuerza de Espíritu con lo que he sabido sobradamente transmitir durante mi vida Diocesana, la Palabra de Nuestro Altísimo Salvador.

He llegado incluso a Flagelarme como Penitencia pidiendo Perdón por los pecados de mis prójimos Creyentes o Paganos.

Pero con todo ello, mis múltiples plegarias siempre han estado a la espera de una “Señal Divina” que me siguiera manteniendo la Esperanza de que fueran escuchadas y tenidas en consideración, para poder continuar Predicando el Evangelio y el Mensaje Cristiano. Y creo, que no ha sido así.

Mis Ruegos durante todas estas décadas a Dios de que se “manifestara” de alguna forma, interviniendo en nuestro Mundo Terrenal para al menos suavizar las atrocidades de toda índole que están padeciendo tantos hombres, mujeres y sobre todo niños, parece ser que no han sido tenidas en cuenta por Nuestro Señor.

Por lo que me ha llevado un cierto tiempo de reflexión y he entrado en un estado de decepción, que me ha originado algunas caóticas charlas con mis Hermanos Sacerdotes, los cuales me han señalado de estar atravesando una “Crisis de Fe”. Y a estos compañeros de mi Jurisdicción Cristiana, les he asegurado de que no es así, sino que he dejado absolutamente de Creer.

No puedo seguir desde este mi Púlpito, pidiendo a unos padres que acaban de ver fallecer a su pequeño hijo y seguidamente lo van a enterrar, que recen al Creador y que aunque lloren no estén tristes, ya que el Señor lo ha llamado a su lado. Porque esto más que un consuelo es una absoluta crueldad, por poner un ejemplo.

Con el Prelado Superior que gobierna nuestra Diócesis, he mantenido unos encuentros en los que no me ha sabido explicar ni convencer de porqué seguimos esperando a que actúe Nuestro Salvador, y cuanto más debemos aguardar.

No se me puede acusar de falta de Devoción y de pérdida Fe y de Esperanza. Al contrario, tengo más que nunca, unas renovadas ilusiones por estas tres palabras que forman las Virtudes Teologales que son: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Pero puestas estas, no al servicio de Dios y al de la Santa Iglesia, sino al de esas personas que día a día se van dejando la vida por ayudar a la población más necesitada en las hambrunas, en las enfermedades, en la miseria, en la educación, en las desigualdades sociales, en la explotación de todo tipo, en las catástrofes naturales, en los conflictos bélicos y en el desarrollo.

Y después de una larga meditación por mi parte, y tras seguir echando en falta el más mínimo “Signo Divino” de atención por mis rezos, oraciones y plegarias he decidido finalmente, “colgar los Hábitos”. Mi Sotana me “aprieta”, y no puedo seguir difundiendo el Santo Evangelio de Nuestro Todopoderoso Salvador. Ya que mi “actual” Ética y Moral, me impide continuar con esta labor Sacerdotal mientras contemplo el “Inmovilismo” de Nuestro Dios ante todos estos fatales acontecimientos que observamos en nuestros días, que lo que me hacen es confirmar que no es tan Todopoderoso, o que no tiene Corazón, o simplemente que No Existe.

Admito, que con esta medida que he tomado, os habré desilusionado y desengañado a todos mis seguidores fieles feligreses, pero no os preocupéis que a mí me sustituirá inmediatamente otro Sacerdote Hermano. Y además, más decepcionado estoy yo con Dios.

Conozco de sobra, las labores sanitarias y sociales que desde hace ya largo tiempo realizan tantos y tantos Misioneros por gran parte del mundo -y que algunos en este desempeño han perdido incluso la vida- a la vez que Predican la Doctrina Cristiana bajo el Mandato y Tutela de la Santa Madre Iglesia. Y desde aquí, quiero expresar mi admirado reconocimiento por todos estos Hermanos y Hermanas.

Pero mi actual sentir y aspiración no es el de Evangelizar para un Ser Sobrenatural, por lo que me volcaré comprometidamente -sobre todo con el mundo de la Infancia- con las Misiones y Obras de esas anónimas “Personas de Buena Voluntad y de Carne y Hueso”, que apoyan y trabajan para otras tantas más desafortunadas que ellas, sin necesidad de Ensalzar a ningún Divino Espíritu. Y esta será desde ahora mi futura Labor Pastoral, por los siglos de los siglos… Amén.

viernes, 13 de noviembre de 2009

MI AMIGO HUGO

Tendría yo 11 ó 12 años cuando casualmente en plena calle coincidimos. Conectamos de inmediato y nos hicimos íntimos amigos que compartimos infinidad de fatigas e innumerables aventuras. Éramos inseparables siamesas sombras el uno del otro.

Como él no estaba escolarizado -no llego ahora a recordar porqué- me acompañaba a diario hasta la puerta de mi escuelita. Y a la salida -como si mi madre fuera- allí me recogía.

La de diabluras que cometimos con la excusa de nuestra infantil edad, y en la de desordenes y alborotos que juntos nos vimos inmersos. Y la de carreras que echábamos disputando el lugar del vencedor en la meta.

Poseía una triste y noble mirada, que se hacía querer. Disfrutaba como nadie, con que el viento golpeara su cara. Esa cara pálida, que transmitía confianza y generosidad, y que nunca daba un no por respuesta a cualquier ayuda que se le solicitara.

Éramos estrechos compañeros, que repartíamos tanto los desayunos como las meriendas en partes iguales. Y su favorita pasión y mayor gozo era esos baños nocturnos, que desnudos nos dábamos juntos con el reflejo de la Luna en la Puntilla, ante la solitaria presencia de las fisgonas estrellas.

Recorríamos huertas, pinares y orillas de playas como nuestras favoritas zonas de juegos. Pero con lo que más disfrutaba era con la pelota. Reconozco que era un gran futbolero, aunque no tuvo oportunidad ni padrino, para en este campo, poder demostrar sus diestras cualidades.

Tenía una especial habilidad para evitar patinar o escurrirse entre las descubiertas rocas, cuando con la marea baja íbamos a mariscar, cosa que a mí frecuentemente me ocurría.

Le gustaba ir a cazar pajaritos. Y sobre todo, que corriéramos detrás de palomas y gaviotas, esas que nunca conseguíamos atrapar ni alcanzar.

De una cajita de música que yo atesoraba, escuchábamos continuamente su reducida melodía, me tenía aburrido con su constante solicitud para que una y otra vez la hiciera sonar. Y me insistía, que le tocara con mi armónica de juguete unos desafinados acordes, que yo era lo único que me había aprendido. Sin embargo no se porqué, le irritaba el sonido del silbato. La verdad es que poseía un fino oído para la música.

Era como el que más, escandaloso y revoltoso cada vez que me acompañaba en alguna de las visitas, que de cuando en cuando yo solía hacer por las granjas cercanas. Y le enloquecía, que nos perdiésemos jugando al laberinto entre los cañaverales de la zona.

En mi bicicleta paseábamos como dos auténticos enamorados. Lo mismo íbamos hasta La Colorá, como al Tiro de Pichón, que al Lejío. Pero siempre haciendo sonar mi escandaloso timbre, que a él tanto le encantaba escuchar.

Conseguía arrastrarme con mucha frecuencia a los bajos del antiguo puente San Alejandro. Creo que era su lugar habitual de pernocta y morada, ya que yo no le recuerdo casa a su familia, por lo que en las gélidas noches allí entre mantas y cartones se refugiaban.

En más de una ocasión cruzamos juntos el peligroso Canal del Guadalete. Poseía una destreza innata para la natación que me dejaba asombrado de su resistencia y aguante sobre las corrientes marinas y las turbulentas aguas.

Aunque los dos teníamos la ilusión de viajar cuando fuéramos mayores en globo, los sueños de futuro de ambos eran totalmente dispares. Y en algunos gustos también teníamos nuestros desacuerdos. Por ejemplo, él a los gatos no los podía ni ver, y a mí en cambio siempre me habían encantado estos animales.

A veces, cuando íbamos a buscar higos y sustraer perillos y ciruelas nos perdíamos por la zona de los terrenos de Doña Rufina. Y nos servía de referencia y guía, la majestuosa figura del Molino Platero, en el que nos refrescábamos como animales, en su pilón-bebedero.

Por las vías del tren paseábamos muy a menudo. Pero colocábamos continuamente nuestras orejas en los raíles, para saber cuando se acercaba el siguiente ferrobús.

Hasta tal punto llegó nuestra amistad, que me hizo prometerle que nunca le abandonaría por una preciosa chica. Y sellamos nuestro juramento, como se hacía en aquella época, con un corte en las manos y uniendo nuestras sangres de fraternales hermanos. Éramos unos leales amigos como nadie.

Pero nuestra relación de amistad duró escasamente un par de temporadas, ya que le perdí la pista en una floreciente primavera. Su figura acompañada, la vi perderse en el horizonte y ya jamás supe de él.

Yo, que por mi honor y su amistad hubiese mantenido la promesa por toda la eternidad, no me hizo falta, puesto que mi “cánido” amigo Hugo, quiso a temprana edad formar familia, y me abandonó por una vistosa y linda callejera perra.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Bondades y miserias del orden alfabético

Estamos destinados para muchas circunstancias de la vida por nuestros Apellidos. Y por consiguiente, por el “orden alfabético” de los diferentes listados en los que estos se encuentren enmarcados. Como por ejemplo: para plazas escolares, para las diferentes elecciones, para solicitud de médicos, para realizar cursillos, para asuntos sociales, para conseguir empleos, etc., etc., etc., e incluso también se estaba condicionado a estas listas, para los destinos militares en la ya por suerte desaparecida Mili.

Y es de este último “listado” del que les voy a escribir. Ya habrá más adelante seguramente ocasión, para contar alguna que otra anecdotilla de este periodo de mi vida. Pero ahora, vamos a lo que vamos.

Tengo que reconocer, que cuando les hecho una visual ojeada a las fotografías de la época de mi “servicio militar obligatorio”, se confunden los diferentes sentimientos que el vistazo a estas me ocasionan.

Por una parte, esa obligada privación de libertad en nombre de la patria -que no se lo que significa- para defenderla de no se que enemigos, reconozco que me dio la oportunidad de conocer a jóvenes de los lugares más recónditos de una lejana y desconocida geografía para mi, y a convivir fraternalmente con ellos.

Pero por otra parte, siento la rabia de que tal circunstancia secuestrara más de un año de mi incipiente juventud, y que me privara durante ese tiempo de mis seres queridos, de mis amistades, de mi trabajo y en general de mi tierra.

Realicé el periodo de instrucción en esa maravillosa tierra que es Alicante, a las afueras de su capital. Ciudad de la que poseo instantáneas fotográficas en papel y en la mente, que me hacen recordar, tanto muy amargos como otros gratos momentos de aquellos maravillosos años de mi inocente juventud.

Una vez acabada esta primera etapa del servicio militar obligatorio, -los 45 días de instrucción reglamentarios- me destinaron a Cartagena, ciudad por las que en sus calles se aglutinaban militares de los tres Ejércitos debido a la existencia de estos tres Cuerpos, repartidos entre esta ciudad y las localidades de su alrededor.

En los primeros días de este nuevo destino, nos llevaron a cumplimentar unos documentos, y no se que es lo que se me pasaría a mi por la cabeza, que cuando fuimos a rellenar estos impresos, donde se nos pedían los datos personales de cada uno, en el apartado que preguntaban por la profesión, me dio por poner auxiliar administrativo, cuando no era esta la auténtica realidad. Porque aunque yo trabajaba en una oficina o despacho, no eran estas mis funciones, ni mi cometido, ni mi trabajo, ni mis dotes.

La cuestión es que tal circunstancia provocó a las pocas semanas su efecto inmediato.

Cuando andaba yo, con mi petate repleto de desánimos en aquellas primeras semanas, en los que me refugiaba al amparo de la amistad de los diferentes compañeros para poder seguir y salir adelante, debido a la inmensa nostalgia que me provocaba la lejanía de los Míos, y me encontraba al borde del precipicio que separa la cordura de la locura, por no poder soportar -al contrario que otros muchos compañeros- las diferentes obligaciones que encomendaban, las continuas imaginarias, las múltiples guardias y en definitiva la disciplina y las miserables órdenes dadas, más la ya mencionada añoranza de mis seres queridos, se produjo un inesperado acontecimiento.

Y es que en medio de una clase teórica a la tropa, de funcionamiento y manejo de un armamento -creo recordar que de una ametralladora antiaérea- fueron a por mi y se me llevaron -tembloroso y con un escalofrío y un miedo interior por no saber de que se trataba todo esto- a la presencia del Brigada encargado de los destinos del personal militar.

Cuando saludé reglamentariamente a este Mando y me presente a él, se dirigió a mi preguntándome ¿tu eres auxiliar administrativo? a lo que tuve que confirmárselo con un titubeante ¡sssi, miii brigaaada! ya que ahora no era el momento de echarme atrás y reconocer que había mentido, pues serían peores las consecuencias por falsear el cuestionario, que la misión que me pudieran encomendar, sin saber para nada este llamamiento porqué y para que, estaba teniendo lugar.

Mi mayúscula sorpresa, fue enterarme de que el cartero ayudante de nuestro batallón se había licenciado, y que como yo era el siguiente que figuraba como administrativo en una “lista por orden alfabético”, pues me había tocado a mí.

Este suceso cambió en buena parte mi estado anímico y la forma y manera de tomarme la Mili, porque aunque seguía estando lejos de mi familia, con este nuevo destino: tenía más fácil acceso a los posibles permisos, conllevaba también el librarme de todos esos obligatorios servicios que al resto de la tropa les tenían encomendados, así como apenas restricción de horarios, un pase para salir y entrar en horas extraordinarias del Cuartel y sobre todo lo más importante para mi, es que quedaba liberado de armas.

Por lo que tuve un resto del servicio militar obligatorio digno de las envidias de todos mis compañeros, a los cuales yo les compensaba realizándoles gustosa y gratuitamente los más insospechados y estrambóticos recados por la ciudad de Cartagena, favores que me eran pagados con su cariño, su respeto y su amistad.

Desde mi privilegiado puesto de cartero del batallón, repartía diariamente la ansiada y deseada correspondencia a la tropa. Esas cartas que lo mismo transmitían buenas que malas noticias de los hogares de cada uno, pero que solía ser por aquel entonces, la única vía de contacto que uno tenía con los suyos.

Y antes de venirme licenciado para casa, tuve que presenciar como dos soldados compañeros y un joven suboficial de mi compañía, caían por el fuego NO ENEMIGO, sino por el de sus propias armas.

Y es aquí donde quería llegar en estas notas, haciendo mención de esas NULAS informaciones que jamás creo haya difundido el ejército -por lo menos de manera pública que me conste- de los jóvenes que han perecido por suicidio durante el periodo del servicio militar obligatorio. Chicos desterrados de sus lugares de residencia y apartados durante meses de su familia, con la consiguiente depresión a la que estaba siendo sometida sus frágiles mentes por la dichosa Mili. Y todo, por no hacerles pasar previamente, por un mínimo estudio psicológico a estos, para comprobar si eran MENTALMENTE APTOS para su incorporación a filas. Ya que no todos los jóvenes estaban psíquicamente preparados para enfrentarse a tal “guerra” y menos aún, para dotarles de armamento y munición.

Esta sinrazón, sesgó la vida de innumerables jóvenes, destrozando con ello a un sinfín de familias.

Y no he dejado de preguntarme desde entonces ….. ¿Qué hubiese sido de mí, si hubiera sido otro, “el orden alfabético”?

sábado, 31 de octubre de 2009

AQUELLOS INOCENTES QUINCE AÑOS

Con su edad, que adolecía de experiencias de la vida y más aún en el ámbito afectivo, le llevó a empezar a RESBALARSE en ese apasionante mundo, que “dicen” es el amor. Y es que aquellos inquietos quince años, le pedían algo más que trabajo y diversión.

Con un cuerpo predispuesto para todo, una alterada sangre primaveral y una a flor de piel ansiosas ganas de cariño, pronto llamó el amor a la puerta de su corazón. Ya que se había obsesionado con una joven de largas coletas, extasiante perfume y seduciente andar, que le cegaba la visión y le tenia trastocada su novel razón.

Tras los visillos de su ventana todas las mañanas la veía pasar, sabia que llevaba el mismo camino que él, pero no adivinaba como entrarle, ni que excusa inventarse para entablar una conversación con la que poder acercarse a su adorada muchacha. A media distancia, diariamente la seguía como un perrito faldero sin necesidad de perseguirla, pues coincidían en horarios y en casi lugar de trabajo.

Su silueta la tenía memorizada en su mente y se imaginaba como podría ser cada centímetro de piel de su cuerpo, con la que soñaba algún día poder tocar, acariciar y abrazar.

Estuvo durante meses ideando la manera de dirigirse a ella, llegando a la inocente conclusión de que en invierno y con la lluvia, tendría quizás su mejor ocasión. Y mientras tanto, contaba con tiempo suficiente para pensar de qué podría hablar -si llegara a conseguir su amistad- para ablandarle el corazón a su amada chica.

Algún que otro día, se acercaba demasiado -casi a diez metros- y es que el rastro que le iba dejando ese penetrante olor a jazmín le embriagaba, ya que este le actuaba como un imán que atrae a su amansado metal. Aún así, se contenía en espera de mejor momento y situación.

Esperaría, a que un lluvioso día le diera la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando. Su estrategia consistiría, en ofrecerle su paraguas si ella no llevaba, o bien al contrario si esta disponía de él, él iría corriendo sin el suyo y se pondría a su lado mojándose, esperando a que la chica le ofreciera amparo de la lluvia bajo el suyo. Creyendo el joven, que con que le reconociera como el amigo de un hermano suyo, eso le bastaría.

El trayecto hacia su trabajo, le suponía un flotar entre nubes de algodón, por la sugestión que le provocaba, el aura que desprendía a su paso la muchacha.

Pero la temporada de lluvias casi se acababa y nada, entre lo poco lluvioso que estaba siendo aquel invierno del 74 y que cuando llovía algo, no le coincidía con el horario que él necesitaba, se le estaban acabando los días en que podría poner en práctica, su infantil diseñado plan.

Y una infernal mañana de primeros de Marzo, se presentó el momento adecuado. Llovía a mares y tras su ventanal comprobó que la joven llevaba un ligero paso y también un espléndido paraguas, que por su amplitud y envergadura más bien parecía una sombrilla de playa. Por lo que aprovechó y salió corriendo de casa para darle alcance, pues ya le llevaba unas decenas de metros de ventaja y tenía que ponerse a su altura para que ella le divisara, le contemplara y de él se apiadara.

Pero en la feroz carrera por alcanzarla, RESBALÓ por la acera mojada y al suelo cayó. Se incorporó de inmediato, y ya algo mojado y medio cojeando a su altura llegó. Con una impertérrita mirada, ella le ojeó de arriba a abajo, y como quien mira a un contenedor de basuras, así le trató y le ignoró.

Casi a la par llegaron a sus centros de trabajo. Ella con su intacta estampa por sus botas de agua, su chubasquero y su imponente paraguas, y él, hecho un adefesio, todo empapado como una jocifa y con el corazón hecho trizas.

Él, que se hubiese conformado con una ligera sonrisa, quedó derrotado de esa primera batalla de profundos sentimientos. Y cabizbajo meditaba sobre su inexperiencia y su fracaso.

Comprobó que esa despreciativa mirada, fue suficiente para desbaratar su poca consistente y ridícula maquinación, que le llevó, a que se le desplomara como un simple ídolo de barro, la figura de su adorada efigie.

Y con su inocente e ingenua edad, el ánimo por los suelos y la humillación en su rostro, juró este “aprendiz” del trabajo y de la vida “que no volvería a fijarse en una mujer”. Pero el “Simpecado” joven, cometió perjurio en varias ocasiones, porque no sabía él, que el destino le tenía reservado alguna que otra situación más, con la que poder RESBALAR en ese apasionante mundo, que “dicen” es el amor.

jueves, 22 de octubre de 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

HARÁ MÁS DE TREINTA AÑOS YA

Hará más de treinta años ya, que el destino me concedió el grato honor de conocerlos.

Creo recordar, que fue en unas navidades que junto a su hijo y otros amigos, fuimos a su siempre acogedor hogar y allí les conocí. Lugar en el que un bullicioso conjunto de hijos de todas las edades más otros parientes, ambientaban de lo lindo aquella íntima reunión familiar. Y se me ilumina el semblante, cada vez que rememoro aquellos agradables momentos, que junto a mis amigos y su familia, con ellos compartí.

En todos estos años, con más o menos frecuencia no he dejado de verlos. Yo creo contemplarlos, con la misma fresca y lozana imagen de siempre, como si el tiempo no hubiese pasado por ellos. Aunque reconozco, que me traiciona el cariño que les siento, y que desgraciadamente no es así.

Sus ya casi octogenarios pasos por la vida, les ha dejado -como es natural después de sus históricas briegas de existencia- mermadas algunas facultades físicas -sobre todo a ella-, que sin embargo no le impide fajarse a esta como una Amazona, para enfrentarse diariamente a la difícil tarea de ama de casa, madre, abuela y esposa.

Este querido y humilde matrimonio, trajo a este mundo una descendencia significativamente numerosa, la cual, ya les dieron sus frutos con innumerables nietos e incluso algún que otro biznieto.

De buena tinta se, que el gran afán de ella, es tenerlos a todos juntos y a su alrededor. Y de él -con sus aproximadas dos décadas de ganada y merecida jubilación- que se ha convertido en un tardío narrador, que levanta la sana envidia de cualquier aspirante a escritor.

Casi todos los días a temprana hora de la mañana, se les ve bajar de su modesto hogar -un piso en una planta alta de unos bloques de viviendas sin posibilidad de ascensor- y dirigir su marcha hacia el camino de los enamorados -nombre que muy fácilmente podría haberse puesto en homenaje a ellos- donde él, acomoda su de siempre tranquilo andar al ya dificultoso de ella, y emprender el recomendado y necesario caminante paseo hasta La Puntilla. Donde al llegar, realizan la ganada y obligatoria parada de descanso, antes de iniciar, el pausado camino de vuelta.

El regreso, les conduce a su acostumbrada visita a un supermercado de la zona, donde realizan las necesarias diarias compras para el hogar. Faena, que les entretienen, les dan vida y de camino saludan a algún conocido amigo o a alguna que otra vecina.

Siendo aquí, donde yo hago mi usual aparición y me los suelo encontrar. Con él, realizo un trueque de ¡Buenos Días! de respetuoso saludo, y con ella, intercambio un par de besos, con los que sellamos nuestro mutuo cariño y afecto.

Y esta común pero entrañable para mi, rutinaria escena de las mañanas, espero y deseo de todo corazón, seguir reviviéndola por mucho tiempo.

domingo, 11 de octubre de 2009

Situación difícil de olvidar para mi.

Creí que hoy sería como todas las mañanas, en que disfrutaría durante unos momentos del típico matutino café. Pero no fue así.

Cuando no había hecho más que empezar a saborearlo, apareció por el bar un antiguo vecino de mi desaparecida barriada 18 de Julio, con una señora borrachera de altos vuelos.

Nada más reconocerme, se me abalanzó dándome un abrazo como nadie hasta ahora me lo había dado. De su boca salían halagos de alegría como si tuviera un altavoz, y con la media lengua típica de los borrachos apenas se le entendía lo que quería decir.

Para mi, el espectáculo era dantesco y digno de una película de Cantinflas, por lo que no sabía donde meterme, lo normal para una persona casi solitaria, tímida y vergonzosa como yo.

No paraba de dirigirse a mi, con primo para allá y primo para acá, aunque por suerte para mi no pertenece para nada a mi familia. Y es que desde pequeños, la suya, nos ha tratado así, por la cuestión de que vivíamos en la misma calle a solo unos veinte metros su casa de la mía, además de que tienen los mismos apellidos que nosotros pero al contrario.

Como para mi, la situación se estaba convirtiendo en un papelón vergonzoso e insoportable, ya que las miradas de todo el bar estaban siendo dirigidas hacia nosotros y yo me estaba poniendo más rojo que la sangre, decidí dar un último y rápido sorbo a mi recién comenzado café, depositar un euro como abono de mi consumición y despedirme a toda prisa como el que tiene que ir a apagar un fuego.

Raudo y veloz, como delincuente que es perseguido por la policía, me entremetí en el pinar más cercano, para tomar unas bocanadas de aire puro y fresco con lo que poner fin a tan singular, incómoda y lamentable escena del bar. A donde ahora mismo, mientras estoy escribiendo, estoy sopesando si mañana tendré la vergüenza de aparecer por allí o no.

viernes, 9 de octubre de 2009

................y Clara, decidió cambiar de cuna.

Clara vino al mundo antes de tiempo y en medio de un conflictivo parto, que originó a la madre una estancia hospitalaria más larga de lo normal y a ella una obligada permanencia de unas semanas en la sala de Neonatos.

Los dos primeros días de vida, venía por forzosas visitas su Padre -mientras la Madre se recuperaba descansando en una habitación del hospital-, a mirarla toda encableada ella tras la transparencia de la incubadora, sin que la dirigiera la más mínima palabra de aliento y de cariño, con lo que empezó ella a pensar, que vaya progenitor más seco le había tocado.

A partir de su tercer día, asistían a verla ya sus dos ascendientes y lo que creía ella que iba a suponer unos minutos de felicidad, se convertían en unos momentos de jaleos y discusiones entre sus Padres ante su incubadora y en plena estancia de Neonatología, con lo que comenzó a sospechar de la mala relación que los dos mantenían.

Pero se consolaba la bebé Clara, queriendo entender que sería, los nervios del primer momento de unos novicios Padres, ante tan importante acontecimiento.

Tras varias semanas del alumbramiento, fue llevada a planta a la habitación de su madre - que se estaba terminando de recuperar de unos problemas durante y posparto-, con lo que creía ella, que cambiarían las cosas del tira y afloja que constantemente mantenían sus Padres y que había padecido en las aisladas visitas que los días anteriores les habían ofrecido.

Sin embargo, no fue así. Y lo que había presenciado en salteados momentos en la silenciosa sala de incubadoras, se acrecentó de manera ostensible en aquella nueva estancia hospitalaria, donde, desde su recién estrenada cunita de habitación, malvivía contemplando y escuchando los continuos altercados y las habituales disputas de sus queridos Padres.

Aquel ambiente no era el más idóneo para la reciennacida. Ni sus continuos llantos conseguían interrumpir las frecuentes peleas. Y el mutuo respeto entre ambos, el gozo y la felicidad, brillaban por su ausencia.

Estaba teniendo Clara, unas primeras semanas de vida de auténtica tortura, llegando la pequeña incluso a sopesar la conveniencia o no de seguir manteniéndose con vida, dado el inapropiado seno familiar al que la cigüeña la había traido. Porque si esto le estaban formando en pleno hospital ¿qué desagradables sorpresas contemplaría y padecería desde la cuna de su hogar?

Siguió soportando a sus Padres unos días más. Y llegó a enterarse por fin del porqué de esa mala relación de sus progenitores.

Su llegada a este mundo había propiciado esta fuente de conflictos, ya que no había sido un embarazo deseado, ni fue un bebé buscado, ni brotó como fruto de un apasionado amor. Más bien, fue el producto de un accidente en un intercambio de desahogo sexual entre dos personas, que ni se querian, ni tenían nada en común.

Y con esta triste información recibida, ya no se lo pensó más y decidió cambiar de cuna, esperando tener más suerte en la próxima ocasión. Con lo que en la siguiente madrugada, realizando un esfuerzo sobrehumano, dejó de respirar la pequeña Clara.

Entre los varios motivos del fatídico fallecimiento que les explicaron a los Padres el personal Sanitario, se encontraba la Muerte Súbita, que es la muerte repentina e inesperada de un lactante aparentemente sano.

En las siguientes horas, se la practicó la correspondiente necropsia, se la lloró y se la "incineró".

Pero en un futuro no muy lejano e indeterminado periodo de tiempo después, una nueva y diminuta criatura surgía de entre "sus propias cenizas" como el Ave Fénix, llegando de nuevo la pequeña Clara a un lozano nido, donde unos acogedores y amantes Padres, la recibieron con los "brazos abiertos" mostrándoles un recíproco Amor y a su flamante nueva cunita.

domingo, 27 de septiembre de 2009

ESTE PASADO DOMINGO

Los diferentes contrastes emocionales que me producen un nuevo amanecer, hicieron que como cada matinal mañana de domingo, después de acicalar minimamente mi masa corporal, e introducirme en mi ajustado negro chandal con el que parezco el muñeco de Michelín, saliera para infiltrarme en las Dunas y avanzara sin rumbo fijo por su arboleda, por donde disfrutar del empapado bosque, sintiendo y oliendo la humedad ambiental que presentaba la naturaleza tras las pasadas lluvias del día anterior.

Pero tras una cansina y corta caminata, decidí dar marcha atrás, coger mi vehículo y emprender en solitario una excursión a ruedas con mi navegador GPS particular que son las ansias de descubrir, el cercano pero desconocido entorno de mi Puerto.

Me avergüenzo de mi mismo, por desconocer los límites de mi propia población, de ignorar donde empieza y donde termina mi ciudad.

En la mente llevaba las imagenes del pasado día, en que tras los cristales de los ventanales de mi hogar, contemplaba la esperada pero siempre inoportuna lluvia. Esa intensa tromba de agua, acompañada de resplandores de luces que provocaban los sucesivos relámpagos que se producian, y que con los retumbados truenos me sobrecogía.

Mi exiguo viaje, se desarrolló por lo más lejano de los polígonos industriales del Puerto. Donde pude comprobar la barbarie que con el medio ambiente se está cometiendo bajo la excusa del imparable y necesario desarrollo.

Comprobé boquiabierto, la infinidad de pavimentadas explanadas y asfaltadas carreteras, que acordonan, aplastan, aislan y entierran a criaturas ínfimas que para nada cuentan por no pertenecer a esa categoria de especies en extinción y no tener el renombre: del oso, del tigre, del camaleón, del lobo o del lince.

Zonas pantanosas y extensos humedales, que con una rica microfauna, se la desprecia, por el insignificante tamaño de sus seres vivos.

Observé, como siguen construyendo naves y más naves industriales, a sabiendas de que no hacen falta, porque gran parte de las ya construidas se encuentran aún vacias y otra parte de ellas a punto de sus negocios cerrar.

Mi insociable expedición, me proporcionó el placer de visionar unas especies de asustadisas aves desconocidas para mi, o por lo menos no recordaba haberlas visto con anterioridad, salvo en los televisivos documentales.

Cómo inesperado espantapájaro, ahuyentaba a todo bicho viviente al que me dignaba acercar, al contrario que en mis queridas Dunas, donde formo ya parte, de la paisajística aurora dominguera.

Siguiendo el trayecto, mi desamparada odisea terminó por llevarme al Poblado de Doña Blanca, donde unos gratos recuerdos de mi adolescencia me vinieron a la memoria, dado que en más de una ocasión, allí llegaba junto con un grupo de amistad, en nuestras bicicletas BH, parando en su plazoleta única y principal, donde en el bar del Poblado, comprábamos unos litros de Casera de naranja o de cola para saciar la desesperante sed, a la vez que degustábamos los bocadillos de mortadela o chorizo, mientras descansábamos apostadamente sentados sobre unos escalones, que después del largo transitar encima de la bici, nos parecían comodísimos butacones.

Y hora y media después camino de vuelta, compré el Diario de Cádiz y unos churros, y de nuevo en mis Dunas, me acomodé en una de las mesas de hormigón, donde me regalé un opíparo desayuno, que me puse como el Conde de Romanones.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PINCELADAS DE TRISTEZA

Una nueva estancia hospitalaria llegaba a su fin. Y tras veinticinco interminables días con sus correspondientes noches, en esa solitaria y fría habitación del sanatorio, salía Esteban acompañado de un matrimonio amigo, tras su reciente y fracasado intento de privación voluntaria de su vida.

Las continuas angustias, depresiones y ansiedades, le habían dado lugar otra vez, a querer acabar con sus amargas penas, cortándose nuevamente sus maltrechas venas.

No era la primera, ni sería la última ocasión, en que este joven pintor atentara contra su existencia, amparandose en sus desavenencias consigo mismo.

Psicólogos y Psiquiatras no daban con la tecla, después de varios años de revisiones, tratamientos y sesiones psicoterapéuticas, para reconducir su atormentada mente, con la que poner fin a tan individuales y trágicas decisiones sobre su persona. No encontraban estos especialistas, la manera de sonsacarle toda la información que necesitaban de su oscuro interior, ni de desentrañarle sus abrumadores misterios. Sabían que algo les ocultaba y que seguramente ese algo, sería la clave y el responsable de sus trascendentes y fatídicos actos.

Este joven y autodidacta pintor de 34 años, vivía en una casa señorial. Ya sin padres y siendo vástago único, suponía la terminación de una estirpe que había representado durante varias generaciones un renombrado linaje en nuestra ciudad.

Desde la temprana edad de la adolescencia, resaltó por su actitud hippi y estilo bohemio sobre su vida. De espíritu libre y nada convencional, se formó individualmente a si mismo, empezando a fraguarse un tipo de existencia desordenada e inconformista con todo lo establecido a su alrededor.

Su particular instrucción y desarrollada pintura, quedaba reflejada en lienzos que brillaban por sus claroscuros bodegones, seniles retratos, siniestros paisajes y enigmáticos desnudos.

Los apagados colores empleados en sus telas y tablas, transmitían un decadente y progresivo estado de ánimo, que era fiel reflejo de sus amarguras, desdichas, frustrados deseos y personales derrotas.

Las dedicadas e inacabables jornadas a su vocación, no tenían principio ni final, ya que en los mismos habitáculos que le hacían de improvisado taller, mismamente pernoctaba.

No tenía establecido horarios ni descansos. Y mal alimentado, por la ingesta solamente de vino y frutas, estaba entrando en un estado de salud precario, que le agudizaba más aún su inestable raciocinio mental.

Sin la colaboración de ningún representante, algún mecenas, un desinteresado bienhechor, o galerista cualquiera, sus acabadas obras dormían en el olvido, en la torreta principal de su majestuosa pero vacía y solitaria vivienda. Finca de la que se fue poco a poco deshaciendo. Y mal vendiendo a avispados anticuarios: los vestigios, antiguallas y reliquias del mobiliario. Así como del ajuar y del valiosísimo menaje de sus queridos antepasados. Todo, para poder seguir subsistiendo, ya que era incompetente como nadie para vender cuadro alguno.

Su adolescencia quedó marcada por unos desorbitados sentimientos hacia su prima Elena y su amigo Rafa. Le perseguía la memoria de aquellos maravillosos años, en que en los termales baños, quedaba absorto al contemplar la descubierta espalda con sus marcadas paletillas de su prima, que nunca acarició pero en silencio deseó, así como del desnudo torso de su amigo, que aunque siempre quiso jamás besó.

Ese triángulo de profunda e inseparable amistad, fue su delirio de gozo y más adelante la frustración que le condujo a su permanente y penoso calvario. Ya que la prolongada e idílica confraternidad, terminó en una relación de pareja entre sus dos ansiados e inconfesables amores.

Perdido el encanto de ese terceto de pasión, cayó en un profundo agujero negro que le absorbía su vitalidad, sus aspiraciones, su intelecto y su juicio. Y como solitario náufrago en medio de un inmenso océano de dificultades, se dejaba caer de cuando en cuando hacia las más oscuras profundidades, en modo de intentos de suicidios. De los que hasta ahora, desgraciadamente para él, nunca airoso había salido.

Esporádicas visitas de este dúo de inseparables amigos, recibía en su particular ambiente y morada. Y su fragilidad emocional, debida, a estos a la vez dos desengaños amorosos, era una constante que estaba presente en su rutinaria vida y pictórica obra.

Y de tarde en tarde, se le veía abandonar su reducido hábitat y adentrarse en un cercano bosque, donde periódicamente retocaba en el tronco de un ancestral eucalipto, unos gráficos que representaban un aparente corazón con los nombres de los tres protagonistas. La renovada y caduca fina piel del tronco de este árbol, le hacía que con indeterminada frecuencia visitara, este su más preciado tesoro de su adolescente juventud, para que la madre naturaleza y la huella del tiempo, no terminaran por difuminar, este para sus adentros, sui géneris mapa de amor.

jueves, 3 de septiembre de 2009

EL SONAJERO

María tuvo que alargar corriendo la mano hacia la mesita de noche, para alcanzar las gafas que le confirmara que ese hombre que estaba en su cama y la estaba amando era su marido. Pues el agradable trato, cariño y pasión a la que estaba siendo sometida, era sorprendente y desconocido para ella.

Su marido Roberto, se esforzó hasta la extenuación para intentar satisfacer a su esposa, hasta el punto, de que el agotamiento le dejó sin fuerzas ni para hablar.

María no quería ni preguntarle que es lo que le pasaba y tras unos instantes de jadeante descanso de él, lo primero que le dijo a su marido fue: ¡Muchas gracias, cariño!

Seguidamente le hizo la observación, viendo que no hacía por levantarse, de que eran casi las ocho de la mañana y que llegaría tarde al trabajo, a lo que este, con un exhausto habla le anunció: que no pensaba ir más al maldito taller.

Si antes la había dejado con sus mimos y caricias ya sorprendida, ahora con este comunicado, quedó totalmente perpleja.

No tuvo más remedio María, que preguntarle a su pareja por lo que le estaba ocurriendo, a lo que él escuetamente le contestó con un: ¡Es que anoche, estuve muerto!

La asombrosa contestación recibida, la dejó totalmente sin reacción. Y callada quedó esperando a que él le siguiera explicando lo que le estaba pasando.

Tras unos instantes de sepulcral silencio, comenzó Roberto a relatarle la secuencia que la madrugada anterior había "vivido" y que fue la siguiente:

-Me vi delante de dos seres que se me presentaron como Dios y Satanás, los cuales me comunicaron que había fallecido y que se encontraban deliberando con cual de ellos me tendría que marchar, ya que la balanza del Bien y del Mal sobre mi persona y mi paso terrenal, se encontraban en una misma igualdad.

-Que me habían llamado a su presencia, porque en estos casos, dejaban que el "interesado", expusiera los comentarios y los datos que quisiera aportar, para determinar con ello el desequilibrio final de la balanza.

-Les dije que con mis 42 años de vida, me parecía un autentico atropello y una injusticia llegar tan pronto a este tan triste final.

-Que aunque tenía mucho que decir, más tenía que callar.

-Y les conminé a un acuerdo, que consistiría en dejarme una jornada más de vida con la que poderla compartir con mi Mujer y con mi pequeño de unos meses Dani, a cambio de aceptar marcharme indefinidamente al Infierno.

-Que Nuestro Creador, no se mostró muy conforme con mi ofrecimiento, pero que como es un "Ser" de pocas discusiones, aceptó a regañadientes mi propuesta, de la que el demoníaco Lucifer, se frotaba las manos de placer.

María no podía creer lo que acababa de escuchar, e intentaba convencer a su marido, de que todo ello formaba parte de una maldita pesadilla. Pero Roberto sabía, que ella era la equivocada y que todo lo relatado de la pasada noche, nada tenía que ver con angustiosos y temerosos sueños, sino con la auténtica realidad.

No quiso seguir su mujer contradiciéndolo. Y lo dejó que fuera actuando a su capricho y antojo durante todo el día, esperando y confiando que con la terminación de la jornada, él se desengañara y aceptara que el origen de tales alucinaciones y delirios provenían de un maldito sueño.

Por si acaso, le preguntó su señora, si tenía algunos asuntos de papeleos que dejar arreglado, a lo que Roberto le contestó que no pensaba perder ni un minuto de su último día de vida, con: bancos, últimas voluntades, aseguradoras, testamentos, ni notarios.

Y a media mañana, Roberto, María y su chiquitín Dani, marcharon a un cercano parquecito, donde el pequeño bebé disfrutaba sentadito junto a sus padres a la sombra de unos generosos árboles, contemplando el jugar de otros críos, algo mayores que él, entre toboganes, balancínes, laberintos y columpios. A la vez que curiosamente giraba la cabeza y alzaba la vista, con cada revoloteo de los variados y coloreados pajarillos, que con sus inconfundibles cantos y diferente piar, animaban el parquecillo.

Terminado el disfrute de la estancia familiar en el parque, llevó Roberto a su mujer a un bar que solían frecuentar, donde sabía él que a María le gustaba tomar unos aperitivos y también tapear.

Poco después del ligero almuerzo -ya de vuelta en casa- y de una pequeña siesta del bebé, la cual aprovecharon sus padres para regalarse reciprocamente una nueva apasionante sesión de desenfrenado amor, se encaminaron a la playa, donde pasarían la jornada de tarde.

Allanado en la orilla con su pequeño Dani, Roberto le distraía con el vaivén de las olas, los cubitos de arena y las diferentes y variadas conchitas marinas. Mientras que María, sentada bajo la sombrilla, a su marido e hijo desde lejos los miraba, y a la vez intranquila meditaba.

En esos momentos sonó el móvil de su pareja, y ella lo destapó comprobando que era un mensaje proveniente del número "666", creyendo que se trataba de una macabra broma, le dio a la tecla de leer mensaje, y le apareció un texto que decía: ¡Según nuestro acuerdo alcanzado, dentro de unas horas pasaré a recogerte, espero que estés preparado. Belcebú.!

Casi le da un infarto a la pobre María. Y apresuradamente borró el mensaje del móvil para que su marido no lo descubriese, no fuérase que este se atormentara más de lo que ya lo estaba.

Roberto, disfrutó de una jornada vespertina playera junto a su pequeño Dani, como jamás lo había hecho nunca.

Y ya de regreso en el hogar y llegada la noche, sentado en su habitual butaca mecedora, pensativo se encontraba en: que ya no volvería a cambiarle unos pañales a su hijo, en que dejaría de verle esa carita que medio tapaba su amplio chupete, que ya no lo lavaría más en esa recién estrenada bañerita, que ya jamás disfrutaría con su corretear y sonoro andador por el pasillo y el salón, y sobre todo, que no vería -mientras envejecía junto a su amada María- crecer a su pequeño Dani.

Reflexionaba, pero aceptaba que le había merecido la pena, haber vendido su alma al Diablo y con ello vagar infiernamente toda la eternidad, a cambio de gozar las últimas horas de su vida junto a sus seres queridos. Y se llevaba en la mente y en el corazón, -entretanto se le empezaban a caer los párpados y con ello a cerrar los ojos de un inesperado "sueño"- la imagen de María conteniendo como podía el llanto para no preocupar a su bebé, -aunque se le escaparon unas lágrimas- y la del pequeño que en el regazo de su madre, -ajeno a lo que estaba aconteciendo- con la noble y sincera sonrisa que brilla y alumbra la cara de los críos, miraba a su padre mientras con una manita abrazaba su favorito peluche y con la otra meneaba y hacía sonar su gratificante y distraído sonajero.

miércoles, 19 de agosto de 2009

LA JOROBA DE BERTA

Sobre la pasada década de los sesenta, once estacionales otoños contemplaban a ese raquítico cuerpecillo, de pecosa cara y de frondosa y larga melena rubia, con la que hábilmente simulaba una pequeña pero visible deformidad en su columna vertebral, que además le obligaba a torpemente caminar, cuando quedó huérfana de madre y a cargo de su padre -o este a cargo de ella-. Este, eventual trabajador de faenas del campo y empedernido borrachín de tabernas.

Su padre Julián, al enviudar, sacó a la pequeña Berta de su escuelita de las monjas Las Esclavas y le otorgó la labor de llevar la casa adelante, como si de una adulta mujer se tratara.

Vivían a mediados de la calle Las Cruces, en una casa de vecinos de dos plantas, dos familias residían abajo y dos arriba, con un común: cuarto de baño, patio y también un compartido pequeño pilón con grifo de potable agua.

Berta, era hija única ya que su hermano Cristóbal, tres años mayor que ella, falleció a la edad de ocho infantiles años a causa de una tuberculosis renal, dejándola como sola descendiente de un tormentoso matrimonio, pero de queridos y sufridos padres para ella.

Aún en vida de su Madre, a lo que más tiempo dedicaba la desafortunada niña, -ya que carecía de sincera amistad debido a sus físicos defectos- era a encerrarse en su habitación, semidesnuda y sentada en su sillita de rejillas, delante del gran espejo de un viejo armario, con su cepillo de púas imitación a marfil, peinaba y repeinaba sus cabellos, mientras lloraba desconsoladamente recordando a su único compañero de juegos y querido hermano, añorando aquellos saltos que daban encima de las camas, realizando con sus manos y brazos imitaciones de ventosidades y jugando a las batallitas de almohadas.

Y al morir la Madre, los llantos de la pequeña Berta se acrecentaron, al recordarla y echarla de menos de aquellas faenas conjuntas de pelar los chicharos y las habas del puesto de Agustín Vela de la Plaza, o de cuando con ella limpiaban las lentejas adquiridas en el almacén de Leveque de la calle San Juan esquina con Las Cruces, rebuscando entre estas, las piedrecitas, las podridas o las negras. Y sobre todo, le embargaba la nostalgia de aquellos masajitos que su Madre en su pechito le daba -cuando de bronquios frecuentemente enfermaba- con el Vicks VapoRub comprado en la farmacia de Fernández Prada.

Con la nueva situación familiar, diariamente se acercaba por La Plaza de Abastos, para hacer las correspondientes compras que se utilizarían en las diarias comidas que sus generosas vecinas le ayudaban a preparar y que su padre creía que ella realizaba. De disfrutar jugando a las cocinitas, pasó a tener que hacer de verdad -contando con algunos gratuitos apoyos- este difícil trabajo casero. La pobre niña se defendía como podía de la limpieza y de otras labores menores, que no por ello menos importantes y necesarias del hogar.

Tampoco le podía faltar a su Padre, su botella de aguardiente del antiguo establecimiento de Nicanor en la Placilla. No tenía este, suficiente con sus largas "tertulias" en la taberna de Palomo de la calle Durango, o del bodegón de Merello en Santa Lucía . Y que no se le acabara menos aún, su tabaco de pipa, que le compraba semanalmente en bolsitas en el estanco de Casimiro de la Plaza Iglesia, para que su cachimba, ganada a base de apuestas en alguna de las tascas, no dejara de ambientar con su particular olor toda la vecindad vivienda.

Cada vez que pasaba por delante de la Prioral, ritualmente se santiguaba y rogaba a Dios: por el descanso eterno para su Madre Luisa -fallecida por una pulmonía- y para su querido y añorado Hermano. Pero este "Nuestro Señor", debería de estar ocupado con otros mejores menesteres y su Ángel de la Guarda distraído, pues conjuntamente la abandonaron a su suerte, descuidando su seguridad. Y su desdicha no había llegado todavia a su fin.

Desgraciadamente no le duró mucho su "encargo" de ama de casa a la novata Berta, ya que un día de regreso de las compras hogareñas, subiendo por la calle San Sebastián y antes de llegar a la esquina del Reloj de Sol, una ráfaga de fuerte viento precipitó de un balcón una no muy bien asentada maceta de geranios, con el infortunio de caerle en la cabeza de su ya delicada complexión corporal. El desgraciado macetazo, dejo inconsciente y tendida en medio de la calle, como una más de las esparcidas compras, la frágil figura de la niña.

Quedó la inocente chiquilla del tal golpe recibido, en un coma profundo. Y deshauciada por la Medicina, ya nada se podía hacer por ella más que pedir a sus escasos familiares, conocidos y convecinos, que rezaran por la pequeña Berta.

Conocedoras del tan trágico suceso, las monjitas de las Esclavas, contactaron con otras religiosas que atendían un orfanato en la calle Cielo, las cuales sin pensárselo dos veces, se ofrecieron para gratuitamente cuidarla y atenderla en sus instalaciones, mientras no llegaba la hora -supuestamente no lejana- del fatídico desenlace.

Todo hacía presagiar de que este momento llegaría en unos días, unas semanas o como mucho unos meses, según los pronósticos de los expertos facultativos. En las posteriores semanas estuvieron visitándola algunos doctores del ambulatorio de la calle Diego Niño, sin embargo pronto dejaron de hacerlo. Pero como en la medicina ocurren casos a los que no se les encuentra explicación, su estado se prolongó durante unos larguísimos quince años, sin el más mínimo decaimiento de las monjas en su compromiso de mimos y atenciones a la niña, cuando sin que nadie lo esperara ni se contara con ello, milagrosamente esta despertó de su letargo corporal y abrió los ojos después de esos tres largos lustros.

Los médicos na daban crédito a lo sucedido y empezaron de nuevo a tratarla, pero sin abandonar Berta por estrecho deseo de ella, las dependencias de su acogido y amparado hospicio. Ya que se convirtieron estas Hermanas de la Caridad y este lugar, en su postiza y única familia, y en su nuevo hogar.

Por entonces, tampoco ya vivía su Padre. Julián se había refugiado totalmente en el alcohol inmediatamente después del accidente de su Hija. Y una cirrosis hepática, se lo llevó a mejor vida.

En los siguientes meses, fue paulatinamente recobrando el habla y la movilidad de sus extremidades, pero no así la memoria.

Y un día, aprovechando la soledad de la habitación, con extrema dificultad se bajó de la cama, se dirigió a un enrejado ventanal -tamaño de una puerta- abrió como pudo las dos cristaleras de esta y los rayos de sol entrantes, hicieron en estos grandes vidrios transparentes de involuntario espejo, en el que se reflejaba todo su cuerpo por completo. No conocía para nada a esa mujer que contemplaba, y tras unos instantes, se desató y dejó caer al suelo una especie de camisón que llevaba, pero siguió comprobando que nada le recordaba ese desnudo cuerpo femenino de ahora veintiséis años. Ni esa cara, ni ese recortado cabello, ni esos pechos, ni esos brazos, ni ese pubis, ni esas piernas, ni ese trasero cuando giró su cuerpo, pero subiendo la mirada por la espalda, observó una pronunciada curvatura con la que le empezaron a venir vivencias de su niñez, de sus seres queridos y a recobrar en parte la perdida memoria.

Fue esta deformidad, su siempre sombra y amiga íntima desde su nacimiento, y aunque culpable de sus complejos, con la que mantenía las más largas y solitarias conversaciones. Y se alegró infinitamente, de recuperar lo único que le unía y le quedaba de su triste pasado, a su fiel e inseparable joroba.

sábado, 8 de agosto de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (séptima y última parte)


Una de las distracciones que más me apasionaba era "El Cine". Intentaba sonsacar todo lo que podía para entremeterme entre esa marabunta de público de esos descubiertos "Cines de Verano". Saborear chucherías y envidiar a ese gratuito público que desde sus balcones cercanos fizgoneaba nuestras abonadas proyecciones. Aquellas destapadas y otras cubiertas salas cinematográficas que ya solo quedan en nuestra memoria. Cines como: Florida, Moderno, Victoria, Central Cinema, Colón, Macario, Cinema España y Teatro Principal son de mi época infantil y ya nada queda de ellos. De todos tengo mis particulares anécdotas como: que del Victoria me echaron más de una vez por estar comiendo pepitas, las cuales compraba a unos vecinos del cine a través de un ventanal a ras del suelo. Que en el Florida y sus bancos de madera, una chica confundida me dio una bofetada por que un sentado gracioso de al lado le rozó el culo. En el Moderno una vez en plena película se estropeó el proyector y nos tuvimos que ir sin terminar de verla y sin recuperar nuestro dinero. Algunas veces en el Central Cinema como no tenía dinero para la entrada me quedaba en la puerta y cuando iba casi a media película, gratis me dejaban pasar. Las correrías que montábamos en esos "gallineros" del Teatro Principal, con la de insípidos y masticados chicles que lancé para las butacas de platea. Cuando en el Macario apagaban las luces y a coro repetíamos y gritábamos "Macario enciende la luz que me mareo eo eo". Pero sin lugar a dudas, del que tengo los más gratos recuerdos es del Cine Colón con aquellos asientos de metal, que por estar junto a la Plaza del mismo nombre y a la del Castillo, las esperas del comienzo de las proyecciones se hacían más llevaderas, agradables y distraidas.

Todas estas proyecciones "adornadas" por supuesto al comienzo, con la imprescindible propaganda del régimen NOticiario DOcumental (NO-DO).

También he precenciado el auténtico "Cine de Barrio" en las paredes de los bloques de la barriada Crevillet, donde los vecinos sacaban las sillas de sus casas y al frescor de esas veraniegas noches llegué a contemplar cintas cinematográficas de tal categoria. Y en mi propia escuelita de la SA.FA. en el salón de actos los domingos por la tarde proyectaban previo pago de la correspondiente entrada -más barata esta para los alumnos del colegio- unos inolvidables films como: aventuras de Tarzán, de Drácula o Los Tontos en el Oeste.

Los viernes solía haber "Misa" a media mañana en mi colegio y una hora antes dejaban que el que quisiera se fuese a confesar. Yo como de costumbre todas las semanas iba a ello. Y al Padre Martinez lo tenía desesperado, porque como yo no diferenciaba lo que era pecado de lo que no era, le contaba toda mi vida desde que me levantaba hasta que me acostaba de lunes a domingo de todas las semanas. Y este me apremiaba a que fuera acabando que tenía más niños esperando. Pero pecara lo que pecara siempre con "dos Ave María y tres Padre Nuestro" quedaba por "Dios"perdonado.

En la droguería "Cárave" junto a la panadería La Pastora, recuerdo que mi madre compraba entre otras cosas: "papel higiénico El Elefante", "estropajo de esparto" y esos tarugos de "jabón verde Lagarto". Y en casa en el gran barreño de cinz, con el "lavadero de madera" me distraía refregando ese ladrillo verde de jabón a las sucias y mugrientas ropas. Y mi madre se ilusionaba creyendo que la estaba ayudando.

En el "refino de Trini" de la calle creo que San Bartolomé, nos hacíamos con esos "parches para la ropa" que nuestras madres nos cosían en los codos de camisas o jerseys y en las rodilleras de los rotos o desgastados pantalones.

En La Placilla, "Calzados Heredia" solía ser quién nos suministraba casi siempre de los "zapatitos tenis", "playeras", "babuchas" y "alpargatas".

Cuando mi padre me enviaba a comprarle su paquetito de "Ducados" al estánco del desagradable "Navarro", este siempre detrás de sus negras gafas donde escondía su tuerto ojo, yo hacía a la ida y a la vuelta de espontáneo "contorcionista" para conseguír subirme en ese protege-esquina "cañón de hierro" empotrado en uno de los ángulos que conforman las calles San Bartolomé y Los Moros.

Y recordándo a comerciantes desagradables no me puedo olvidar de la "Papelería Cortés", donde acudía a comprar cuadernillos Rubio y barritas de recambios de tinta para mi bolígrafo azul. Allí una pareja atendía con una tal antipatía y malaje, que se ganaron a pulso que les sustrajera en el descuido de una Navidad, un pastorcillo para mi pequeño, rústico y despoblado Belén.

Enfrente de "La Falanje" -hoy Centro Cultural Alfonso X El Sabio- me entretenía curioseando ensimismado en esos reducidos pero fastuosos escaparates de la "Juguetería de Pérez Grant", donde nunca me parecía suficiente el tiempo que le dedicaba a visualizar la de atractivos juguetes y recuerdos que en ellos se exponían.

De la "Navidad" recuerdo ayudar con la "masa" a mi madre, hacer figuras de tortitas con el borde de un vaso bocabajo y esos rosquitos caseros sabor a matalauva, las "peladillas" y el turrón que mi padre nos compraba y la caja de polvorones que en el trabajo le regalaban. Las figuritas de barro de los "nacimientos" que terminaban en alambre. El vino dulce "Padre Lerchundi" y la botella de "Anís del Mono". El "aguinaldo" que "discretamente" solicitaba el "barrendero" y el "cartero" llamando a casa y entregándote una estampita con su imagen deseandote unas felices fiestas. Y no puedo olvidar, mi "pandereta" de niño, que en una de mis recientes mudanzas, desgraciadamente ya se llegó a jubilar.

De la "Semana Santa" las desesperantes esperas de las procesiones, el ayuno de carne los viernes durante la "Cuaresma", las "matracas" y esa "pelotita con goma" para botarla en la palma de la mano y para hacerla llegar al culo de las niñas y con ello poder "ligar" en los mínimos casos o por lo general hacerlas enfadar.

Y de la "Feria" en los primeros años de mi niñez me vienen unos gratos momentos de aquellos días de exposiciones de ganado en el Palmar, con sus veladas en el Paseo de la Victoria, su gruta de la Virgen y de los patos con su metálica barandilla, los coches de caballos, su matasuegra, su tren de los escobazos, su ola, su tio-vivo y su carro de las patás.

Un año de aquellos llegó la televisión a casa. Mi padre en cómodos plazos la pudo pagar. Bonanza, La Casa de los Martinez, Los Intocables, El Tunel del Tiempo, La Casa del Reloj y Misión Imposible fueron series y programas que en aquella época seguí. Además de los dibujos animados: El Gato Felix, El Ratón Mikey, Popeye, Porky, La Hormiga Atómica, El Lagarto Guancho, El Gato Silvestre o el Oso Yogi. Y que decír de aquellos minutos -que tanto echo de menos- en los que aún no nos bombardeaban con tanta publicidad y que disfrutábamos de ese Cine Mudo Cómico con los inolvidables: Buster Keaton, Harold LLoyd, El Gordo y El Flaco o Charlot.

Si mi padre se colaba por casa con un "papelón de pescaito o de mijitas del freidor" era un acontecimiento en mi hogar. De esos desaparecidos y añorados freidores de antaño y no del actual, único y de firma tan famosa, de pescado y marisco congelado que desde aquí no quiero publicitar.

Cuando había Toros en el Puerto, se formaba en la Plaza de Abastos incluso desde antes de empezar la corrida las "Colas de la Carne", recuerdo que por aquellos años se formaban dos filas, una para las mujeres y otra para los hombres, de las cuales un funcionario-guarda, hacía pasar de dos en dos al establecimiento vendedor. Y aprovechaban para hacer su Agosto vendedores de patatas fritas, churreros, el Cafetín y el Bar Los Pepes.

Del Parque Calderón, en su final aquella escalera -en la que tanto jugamos- que se dividía en dos y se volvía a unificar que comunicaba con el antiguo y desaparecido Puente de San Alejandro, ese lateral del Parque sobre el "Rio Guadalete" con su reja de hierro, su contínuo banco de piedra desde principio a fin en el que con las carreras y los saltos, tantos sustos a nuestros padres dábamos y por donde nosotros tanto disfrutábamos. Y como me quedaba curioseando en la entrada del Parque a ese "Fotógrafo" que con su cámara en trípode y su larga y abierta gabardina escóndía la cabeza como un avestruz, entremedio de unas telas cuando se disponía a los escasos clientes fotografiar.

Y que decír de la "Horchata" que mi padre me compraba, o de esas "Tajaitas" -ahora ilegales- famosas y sabrosas que sobre un canasto vendían por la Placilla o delante de los Bares "Los Maera" o "La Mezquita".

A mi madre le gustaba leer el periódico "El Caso" donde se desentrañaban los espeluznantes crímenes de la España de Franco, que en poco se diferencian de la de Don Juan Carlos.

Por casa había en aquellos tiempos un gran crucifijo en la habitación de mis padres, me recuerdo de rodillas rezando por la noche al ir a dormir ante la cama que compartía con mi hermano mayor, y de solicitar bendición al Señor de los alimentos antes de su consumición, entre aquellas paredes que más tarde se empapelaron con aquellos famosos "papeles pintados" de la época", de tener un viejo y gran baúl" de madera y latón -que era como nuestro gran bazar-, en el que lo mismo podía encontrar: nuestras gorras -la mia azulina-, las planchas de hierro, el metro de madera amarillo y plegable, un abrecarta, las cajitas con viejas fotografías, un infiernillo, una palangana de lata, una cajita con un bote de "Linimento Sloan"-el tio del bigote-, latas vacías de Cola-Cao o de galletas que luego se emplearían para guardar todo tipo de legumbres en la "alacena". Y brotó y creció en nuestro corral una "palmera", la cual se encuentra en la actualidad trasplantada en el colegio Menesteo, adonde la llevaron operarios de jardines del Ayuntamiento cuando fueron a derribar nuetro famoso barrio.

¡Vamos hacerle un "gazpacho" a Francisquín! vociferaba cualquier componente de la chiquillería con la que yo me juntaba. Y ahí corría yo todo lo que podía -¿o no?- dándome con una mano palmaditas en una nalga -como jinete que a su caballo fustiga- creyendo que con ello más velocidad cogía. Pero estos terminaban cogiéndome, bajándome los pantalones, los calzoncillos y echándome: yerbas, escupitajos, papeles y tierra, como ingredientes básicos de este tan rico y famoso "plato típico Andaluz".

De imágenes para el recuerdo me quedarán: las fuentes donde teníamos que ir a por agua para llenar en nuestras casas las tinajas, las calles de chinos pelúos, los arrieros, los limpiabotas, ese heladero y su carro con dos ó tres tapaderas para diferenciar los sabores y que se desgañitaba con el agradable grito de ¡Al rico mantecado heladooo!, los hombres con boinas, los acomodadores de cine, el brazalete de luto que se cosía a las camisas y las chaquetas, los diteros, los isocarros de tres ruedas con los que se repartían las cervezas y refrescos en cajas de madera o las mujeres sentadas de lateral en las motocicletas. Por cierto la de chiquillas que yo paseé sentadas de lado sobre la barra de mi primera bicicleta.

Y es que haciéndo un símil de las famosas memorias del indomable poeta chileno Pablo Neruda "Confieso que he vivido", yo cambiándole el verbo y sobre mi niñez, mi infancia y mi adolescencia "Confieso que he jugado".