sábado, 25 de julio de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (quinta parte)


Con la caña de una vieja escoba, un retorcido alambre y un trozo de plástico o de fina red, me confeccionaba un rudimentario "cazamariposas", que me llevaba por los yermos campos donde hoy en día se encuentran el "Hogar del Pensionista", el supermercado "Día", la barriada "Guadebro", la de "San Marcos", la de "Los Empapelaos" o el colegio "Luisa de Marillac", a correr, brincar y saltar entre las diversas plantas silvestres como: cardos borriqueros, jaramagos, margaritas y amapolas, persiguiendo a todo tipo de insecto volador que se dejara atrapar. Para una vez cazados volverlos a soltar, como hacía cuando iba a mariscar a las destapadas rocas de la playa si estaba la marea baja, que cogía pecesitos y cangrejitos, los echaba en mi cubito de playa naranja con asa verde y un poquito de agua de mar, para poco después - y aún vivos- volverlos a liberar.

La de ramilletes de amapolas y margaritas que en aquel tiempo ofrecí. Y la de disgustos que estas últimas siempre me daban, con su famoso deshojar del "me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere". No se que trazas me daba, que empezara por donde empezara terminaba siempre que "no me quería".

Como ya comenté, entré en "La escuelita" de la SA.FA.-que es como le llamábamos en aquella época- en 2º de E.G.B., donde un "Don Diego" maestro, me dejó un grato recuerdo de aquel curso, que nos llegó a enseñar un sin fin de infantiles y populares canciones como "La flauta de Bartolo", que decía: Bartolo tenía una flauta, con un agujero solo, y su madre le decía, toca la flauta Bartolo. O la de "Ya se murió el burro", que era algo así: Ya se murió el burro, de la Tía Vinagre, ya se lo llevó Dios de esta vida miserable, que tu ru ru ru rú, que tu ru ru ru rú, que tu ru ru ru rú, que la culpa la tienes tu. Pero este y su ideológica enseñanza, marcharon pronto a un nuevo colegial destino.

En 3º tuve a "Don Ginés", que nos hacía a la fuerza levitar en el aire, gracias a los jalones hacia arriba de las patillas. Y nos humillaba como penitencia a permanecer arrodillados con los brazos en cruz delante de toda la clase, incluso algunas veces soportando pesados libros en las manos.

En 4º, 5º y 6º un tal "Don Justo", que era de todo menos fiel a su nombre, me privó de toda clase de escolar excursión y me martirizó esos tres años con el castigo de reescribir no se cuantas decenas de miles de veces la tan cacareada frase de "no hablaré en clase", que en esas libretas tamaño cuartilla cuadriculadas, enmarcábamos en grupos de diez en diez, para así más fácil poder contar. Y algúnos que otros regletazos "me obsequió" en las yemas de los dedos y en las palmas de las manos, provocándome el correspondiente dolor y escozor. Yo me tomaba la revancha a mi manera, ocasionando aterrizajes forzosos de mis avioncitos de papel en su ordenada mesa, con lo que conseguía aumento de castigo, claro. Pero mi verdadera venganza, era preguntándole trampozamente delante de toda la clase, en infinidad de ocasiones que ¿quien mató a "Caín"? con lo que le hacía inconsciente y enrredadamente contestar que "Abel".

No tuve 7º curso, ya que a media docena de compañeros nos pasaron de 6º a 8º de E.G.B. Todavía estoy esperando la explicación de tal tropelía del entonces director "Don Diego Mora".

En este mi último curso y año escolar, tuve de "educadores" a: "Muñoz Cuenca", "Antonio Montes", "Manuel Montalbo", "Manuel Valenzuela" y "Antonio Ojeda", un mezclado revoltijo de diferentes maneras de enseñar y de ser maestro.

Recuerdo que en esta escuela antes de entrar en clase, teníamos que formar en fila de a dos, con nuestros reglamentarios y limpios "babis" azules del colegio, del más bajito al más alto, con una separación de uno a otro que era la que venía a ser de estirar el brazo hasta el hombro del delantero compañero. Y una vez militarmente formados, iniciábamos el canto del tristemente famoso "Cara al sol".

En este colegio viví mi día de gloria, que sería entre 4º ó 5º curso. Pero vamos por parte.

De frecuentar el campo del mencionado Flika, como esta firma de aceite patrocinaba un equipo de fútbol, intimé con el utillero de este grupo -persona encargada de disponer y cuidar el material deportivo-, al cual le ayudaba y me distraía dando sebo -grasa- a las botas de los jugadores y a los balones de reglamento. De ahí me vino la temprana afición -que hoy no tengo- por el fútbol. Llegué a estar infantilmente federado y jugué encuentros en: El Puerto, Cádiz, San Fernando, Puerto Real, Jerez, Sanlúcar, Rota, La Línea y Algeciras.

Por aquellos tiempos, celebraba el colegio la SA.FA. una jornada de hermanamiento con otro de una ciudad de Jaén, que no llego a recordar si era Baeza, Úbeda o Linares. Organizaron entre otros actos, un partidillo de fútbol enfrentando a niños de los dos colegios. Como al descanso del mismo la SA.FA. iba perdiendo por "0 a 2" y eso era una humillación para los directivos del colegio, familiares y Jesuitas, fueron a buscarme mientras yo tranquilamente disfrutaba de mi desayuno, a la vez que abría unas papeletas de una desorganizada tómbola, para que inmediatamente me incorporara a jugar la segunda parte del mencionado encuentro. Partido que terminó con el resultado de "3 a 2" a favor del SA.FA., siendo yo quien marcara los tres goles de la remontada. Por lo que me zarandearon, mantearon, vitorearon y me aplaudieron a rabiar. Como no podía ser de otra forma, mi maestro "Don Justo", tenía que poner la guinda del pastel y al día siguiente nada más entrar en clase, lo primero que dijo fue: "hasta para jugar al fútbol hay que estudiar" y se quedó tan pancho.

Y esos mismos "Jesuitas", que tanto me agazajaron, eran los que me perseguían con sus arremangadas sotanas por sus abandonados huertos, cuando los sábados por la tarde me saltaba el muro del colegio "San Luís Gonzaga", realizando unos escalones con troncos y pedruzcos para llegar al borde del mismo -por donde había una arboleda enfrente del "Oasis" que hoy en día es un parque infantil- para hacer uso de unas desaprovechadas instalaciones deportivas como: campo de futbol sin portería, pista de tenis sin red o canastas de baloncesto sin aros.

Con frecuencia se solía ir en mi casa la electricidad, lo más normal es que se hubiese fundido algún "plomillo", con lo que me disponía -como "profesional electricista"- a subirme en mi "sillita de nea" para alcanzar al "casquillo" y proceder a su reparación. Que consistía en reponer unos hilitos de plomo o cobre quedando a lo largo no excesivamente tirantes y apretados con unos tornillitos. Y es que ya me lo había aprendido desde muy pequeño y como lo realizaba correctamente mi madre me dejaba bajo su atenta y vigilante mirada. Y a mi me suponía otro juego. Pero si era sin la claridad del día, encendíamos unas "lámparas de mariposas", que no era otra cosa que un vaso u otro recipiente con agua, al que se le echaba un poco de aceite y encima una mariposa, que venía a ser una pequeña mecha que rodeada de un circulito de corcho flotaba y se la encendía con fuego para alumbrar y hacer de ténue lámpara de luz. También en aquellos tiempos existía el "candíl", "los veladores", "los candelabros" y "los reverberos".

Un día de tantos, dándonos unos empujones mi hermana mayor y yo, rompí "el espejo de un ropero", y no tuve otra más feliz idea que esconderme dentro de "una gran tinaja", donde me quedé atrapado y ya no podía salír. Tuvieron que llamar a los bomberos -que por entonces se encontraba su parque en uno de los bajos locales de la Plaza de Toros- y estos procedieron a mi "salvamento", destrozando la tinaja.

Intercambiaba con otros niños chapas de botellas, estampitas de películas como: "Marcelino Pan y Vino", "Sissi Emperatriz" o "Los Diez Mandamientos", también " Vida y color" sobre las razas de los diferentes continentes, de "Los Vikingos", de "Fútbol" y de "Animales" y además cambiábamos canicas. De estas las había de barro y de diferentes tipo de cristal y de múltiples colorines, que guardábamos en nuestra bolsita de trapo confeccionada por nuestras madres. También coleccioné la monedita de "50 cts" que tenía el agujerito en el centro, por el que la introducíamos un cordoncito que anudándolo las sujetaba.
Otro año, los Reyes Magos estuvieron de lo más musicales, porque me trajeron: un tambor, un xilófono y un Do-Re-Mi, que era una especie de flauta con un teclado, con lo que tenía a la familia y a los vecinos aburridos con mis conciertos desafinados.

Recuerdo el gusto por que me llevaran a visitar al Muelle la antigua "Lonja del Pescado", que creo que llegué a presenciar algunas subastas cuando estas se celebraban aún por las tardes y curiosear por la "Fábrica de Hielo". Que me quedaba durante minutos mirando tras aquella valla de "la bajamar", las labores de "los rederos", pues lo mismo creaban una nuevas, como remendaban otras maltrechas redes que volvían de la maritima pesca.

También me llamaba la atención de esos "Mozos de Bodegas", como dirigían por las calles esos barriles de vino y como los subían o bajaban de los camiones con esos en paralelos dos postes maderos. O el trabajar de esos operarios fabricantes de barriles que eran "los toneleros".

Cuando regresaba el domingo del matinal divertimento y paseo por el parque con mi padre, este me llevaba a la calle Ricardo Alcón y nos metiamos en el "Bar Los Caracoles" -por donde hoy viene a estar el nuevo ambulatorio médico- donde mientras mi padre se tomaba media chica o la chica entera de vino, yo sentadito alrededor de una mesa en un rincón del salón interior, saboreaba mis primeras tapas de "rebozada", con mis refrescos de "Mirinda", disfrute que me provocaban de placer dos lagrimones como dos soles. Y por el bar veía aparecer a esos fornidos hombres cargados de unas alargadas rectangulares y pesadas "barras de hielo", que era de lo que en aquellos tiempos se disponía para conservar bebidas y alimentos, a la vez que fijamente miraba con sorpresa unas singulares botellas de espumosas gaseosas con un "sifón". También fisgoneaba una extensa colección de "pequeños botellines" de diferentes bebidas y licores . Además de unas botellas de "Centenario Terry", envueltas en unas "mallas amarillas" que tejían las trabajadoras de la antigua "Gráficas Andaluzas" de la calle alquiladores -donde de soltera lo realizaba mi madre- o bien algunas "muchachas y amas de casa" en sus propios hogares.

sábado, 18 de julio de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (cuarta parte)


Con su particular flauta-silbato y esa bicicleta-taller, que en su parte trasera llevaba montada su piedra de afilar, atraía a toda la chiquillería del barrio una vez por semana -representante de ese casi extinguido oficio- "el afilador", ese maestro de los aceros, que era sobradamente solicitado para los cuchillos de carniceros y amas de casa, y para los machetes, tijeras y navajas. Y que con gran curiosidad, los niños contemplábamos su destreza en la materia y le perseguíamos por toda la barriada.

Mi infantilismo e inocencia no tenía límites. Es el caso de una adolescente de la zona, -que no de nuestra pandilla- a la que le llamaban "mariquita follona", de la cual yo siempre había creído que ese apelativo era por que estaba continuamente en líos, trifulcas, jaleos y follones. Pero al cabo de los años, para mi sorpresa descubrí, que ese cariñoso calificativo o mote, tenía una connotación más carnal y sensual, ya que la chiquilla había rosado su piel por la de toda la masculina chiquillería del barrio, excepto por la mía, claro. Por lo que mi ausencia de malicia e ingenuidad estaban fuera de toda duda.

Como unos auténticos "salteadores de diligencias" acechábamos a los "coches de caballos", para en cuanto pasaban, correr tras ellos y subirnos encima del eje trasero y ocultarnos tras la capota del carruaje. Y así darnos un incomodísimo -pero gratis- paseo. Pero los que no habían conseguido montarse, vociferaban -en venganza con los otros- una retahíla al "cochero" algo así como: ¡látigo atrás, que los niños van detrás! ¡látigo atrás, que los niños van detrás! con lo que comenzaba ese conductor a soltar latigazos a diestro y siniestro hacia la parte trasera, provocando con ello que los "polizones pasajeros" saltaran a toda prisa del carruaje, poniendo fin a tan aventurera excursión.

Los domingos tenían doble lectura, era la cara y la cruz de la misma moneda, lo mismo tenía por una parte que soportar el aburrimiento y la incomodidad, que por otra gozar del placer y de la felicidad. Por que debía asistír temprano a misa en la Capilla de la SA.FA. y encima vestidito con la que se le denominaba "ropita de los domingos" y algunas veces incluso tenía que aguantar encuellado, ese trapo que es el más inservible que se ha inventado -salvo si se utiliza de servilleta o babero- que es la "corbata", que con un elástico al pescuezo, no me dejaba ni respirar. Y si me ponía muy protestón, me encasquetaban unos vergonzosos "tirantes" en el pantalón.

Pero aún con malas ganas, lo sobrellevaba como un jabato, porque obtenía después mi recompensa. De la manita de mi padre -y portándome bien aunque me costaba- llegaba al Parque Calderón para montarme en "las Cunítas", que se encontraban enfrente del bar "La Colmena" entre el kiosko de "Luís" y el "Club Taurino" y que eran unas especies de barcas sujetadas a unos hierros -donde nos agarrábamos- que se unían en un eje central y que hacían de singulares columpios. Y unos tarugos en los bajos, producían precipitados y desconsolados frenos que ponían fin al balanceo y a tan excitante y "espacial" viaje. Porque yo les indicaba a los que columpiaban mi barca: ¡más fuerte, más alto, más arriba, hasta la Luna! Que si me hubieran hecho caso, allí hubiese llegado, unos pocos años antes que el astronauta "Neil Armstrong".

Al salír de las atracciones, de nuevo cogidito de la mano, mi padre tiraba hacia el antiguo "Auditorio del Parque" donde el "Maestro Dueñas" con su "Municipal Banda" deleitaba a un paciente público con sus "Musicales Marchas", mientras que yo le jalaba hacia los sombrajos de unas palmeras para atender y presenciar a un espontáneo "Orfeón" de chiquillos, que a unos pocos metros, competían con los músicos cantando unas infantiles canciones que decían: Había una vez un barquito chiquitito, había una vez un barquito chiquitito, que no sabía, que no podía, que no podía navegar, pasaron un dos tres, cuatro cinco seis semanas, pasaron un dos tres, cuatro cinco seis semanas, y aquel barquito y aquel barquito y aquel barquito navegó. Y si esta historia, parece corta, volveremos volveremos a empezar..... O otra también: Ahora que vamos despacio, ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras tralará, vamos a contar mentitas tralará, vamos a contar mentiras. Por el mar corren las liebres, por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas tralará, por el monte las sardinas tralará, por el monte las sardinas.....

Lo extraño y diferente siempre me ha fascinado, ya que recuerdo que incluso de muy pequeño antes de entrar en mi primer colegio, le pedía a mi madre que me diera una vuelta por la plaza de abastos, donde realizaba -si podía- las oportunas compras. Sitio en el que me encontraba con los más singulares y a la vez queridos personajes -es lo que me parecía a mi de chiquitín y comprobé de mayor- como: a "Tonino" vendedor de cupones y donante de gratuitos bastonazos, al "Baba" cargador de sacos, cartones, chatarra y siempre por las calles descalzo, al aguador "Romualdo" piropeador a lo bestia de cualquier mujer que se atreviera a cruzarse en su camino, o a "La India" con su fatigoso andar y coloreado bastón. Y no dejaba de pedirle a mi madre al día siguiente, que de nuevo me llevára para volverlos a contemplar, por lo que ya por entonces parece ser que me agradaba lo distinto y especial. Y es que siempre he tenido desde mi más tierna infancia una cierta predilección por estas y otras tantas peculiares personas, que acompañadas de sus más o menos pronunciadas "taras" físicas, psíquicas o intelectuales, -queramos o no- han formado y son parte de la más reciente historia de nuestra Ciudad.

Antes de salir de la plaza de abastos, enfrente del carrillo de severo, se colocaba un pobre hombre mutilado de guerra, al que le faltaba una pierna y que apoyándose en su única muleta de madera, extendía un pañuelo gris con rayas azules, solicitando la caridad de quien se la pudiera otorgar. Recuerdo que mi madre, siempre que pasábamos apartaba de su monedero una monedita de peseta de lo disponible ese día para la compra y me dejaba que yo le hechara la "pesetita en el pañuelito".

Y nada más salir de la placilla "al cole". En esa calle Luna, -entonces calle José Antonio -junto a ultramarinos "La Giralda", se encontraba la "Casa de los Sancho", que en su primera planta se situaba el "Colegio de la Divina Pastora", donde me esperaban la directora "Doña Francisca y la Srta. Lola".

Al atravesar el umbral, me dirigía por un gélido pasillo, que al fondo a la izquierda me llevaba a una habitación-sala que hacía de improvisada aula, donde me sentaba en algún hueco que quedara libre de entre los diversos y alargados bancos de madera, que sin respaldos formaban nuestro escolar mobiliario. Enfrente, la mesa de la Srta. Lola, a un lado un crucifijo entre las fotos de un "calvo militar" y la de un "joven repipi reciémpeinado" y al otro lado un "ábaco" para aprender a contar, una "pizarra" que tapaba una ventana y un "mapa de España", con sus vascongadas y las Baleares encima de las Canarias. Hasta muchos años más tarde -creo que incluso fuera de mi edad escolar- no supe yo que las Canarias, más que cerca de nosotros, estaba de las costas Africanas. Detrás nuestra en un rincón, una amenazante puerta que guardaba no se cuántas gigantes y hambrientas ratas, que nunca hice el mérito suficiente para con ellas poder jugar.

Muchas mañanas aparecía por el cole con mi "careta con gomita de monstruo" del carrillo de severo, pero la astuta y perspicaz Srta. Lola, enseguida intuía y averiguaba mi identidad.

En mi celeste maletita de plástico con asas, transportaba mi pizarra con marco de madera, a la que se sujetaba un borrador de trapo. En esta aprendíamos a escribir letras, números y garabatos con un pizarrín blanco. "El Catón" venía a ser el primer libro de lecturas, ya que el cuaderno "La Cartilla" trataba básicamente de la presentación de las letras y en general del alfabeto o abecedario. Con los cuadernillos "Rubio" practicábamos y perfeccionábamos mediante intermitentes puntitos y rayas: dibujos, trazos, números, letras y palabras. Y cuando habíamos aprendido a leer y escribir a "La Enciclopedia" nos pasaban.

En este colegio estaría dos ó tres años, antes de ingresar en la "SA.FA." -Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia, junto a mi barriada- en el curso 2º de E.G.B.

Pero cuando me recogía mi madre de esta primera e infantil escuela La Divina Pastora, nos metíamos en el ya mencionado ultramarinos La Giralda, donde el siempre serio "Pepín", la amable "Angelita", el postrado y enfermizo "Bartolo" y el siempre dispuesto y servicial mozo "Cuqui", nos atendían "a granel", en esas "fiadas compras" que semanalmente se ajustaban y liquidaban, ya que era el proceder de la época con los fieles y habituales clientes, dado que solía ser el modo en el que en las empresas a los trabajadores pagaban.

De fondo en la tienda de comestibles se escuchaba procedente de esa caja de madera llamada radio, la sintonía del "Cola-Cao", que decía algo así como: Yo soy aquel negrito del África tropical, que cultivando cantaba la canción del Cola-Cao..... Y también la de "La Ratita Presumida" con el famoso diálogo: -ratita, ratita ¿te quieres casar conmigo? -¿y por la noche, que harás? -dormir y callar, dormir y callar -pues contigo me he de casar -tra lará larita, barro mi casita.....

domingo, 12 de julio de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (tercera parte)


La jungla de asfalto aún no había hecho presencia por la mayor parte de nuestros alrededores, por lo que estábamos rodeados de ásperas calles, de pedregosas plazuelas y de abruptos caminos. Con el consiguiente resultado de que a la más mínima lluvia se formaban un sin fin de ríos, lagunas y charcas, que aprovechábamos para competir con nuestros espontáneos barquitos, que flotábamos con cualquier trozo de material que se dignara a sobrenadar entre las aguas, como: maderas, plásticos, trapos, corchos, etc. Después aparecía por casa empapado y chorreando como un auténtico personal de salvamento marítimo y recibía mi correspondiente reprimenda, que era el coste por evitar que nuestras sencillas "embarcaciones" naufragaran.

No todo fueron dichosos momentos, yo sufrí como cualquier indómito niño: regañinas, rapapolvos, riñas, correcciones y castigos. Pero era una infantil criatura de lo más normal, que sufrió picotazos de avispas y de abejas por incordiar en sus avisperos y colmenas, que le mordieron perros y le tuvieron que vacunar contra la rabia, que se pinchó con más de un clavo mohoso y le vacunaron no se cuantas veces del tétanos, que se cortó en innumerables de ocasiones con cristales por andar descalzo o por jugar con latas y navajas, que le amorataron los ojos por molestar a algún adolescente, que le pincharon en un pie con un clavo jugando a la lima, que le abrieron la cabeza a pedradas en varios casos, que se dislocó varios tobillos -dos para ser exacto- por su torpeza con los patines, que se cayó en un sin fin de oportunidades de la bicicleta, que se rompió sus paletas dentales en una de sus tantas caídas durante los juegos, pero con todo ello, sin llegar a ser ningún "Tom Sawyer", ningún "Manolito gafotas"ni ningún "Daniel el travieso".

Había un episodio que me incomodaba bastante, hasta el punto de desaparecer por unos momentos mientras duraba dicho trance. Nuestra calle, además de ser la ruta de los incansables arrieros con sus burros cargados de fina arena, era la principal vía de acceso para la Playa de la Puntilla. Y muchas tardes pasaban por delante nuestra, una mujer con dos niños y una niña dirección a la misma y más tarde de vuelta. Aunque tengo que reconocer que dichas criaturas no fueron agraciadas con el don de la belleza, lo que allí se formaba al paso de esta familia, era un espectáculo que a mi me avergonzaba de tal manera, que me refugiaba en casa y lo contemplaba a través de la ventana. Porque empezaba gran parte de la adulta vecindad a gritar -y con ello arrastraban a la imitadora e inconsciente chiquillería- unas voces que decían ¡los feos, los feos, ahí vienen los feos! ¡los feos, los feos, ahí vienen los feos! Y yo sufría lo indecible por ese "Vía Crucis" que esa pobre mujer tenía que soportar un día si y otro también.

Intentaba yo acentuar la vista y el oído para percatarme y acompañar, cuando algún vecino o compañero de juego partía para la "granja de los Natera"-hoy calle golondrina- que se encontraba junto a un depósito de butano y al desagradablemente famoso "patio de Valdés" -hoy plazoleta de Enrique Bartolomé-, donde acudían a comprar leche o huevos, para yo mientras tanto aprovechar y hacer mi particular "visita zoológica" a: vacas, cerdos, pavos, caballos, gallinas, ovejas, conejos, gansos y cabras.

En los alrededores de la plaza de toros existía una escasa y desordenada arboleda. Entre los árboles que más abundaban eran los plátanos de sombra, que algunos todavía quedan, y que sus frutos esféricos despeluchábamos para conseguir una especie de pelusas irritantes, con las que nos incordiábamos bastante. Pero el que se mantiene impertérrito al paso del tiempo -aunque a mi me parece ya algo más raquítico- es el que denominábamos el "árbol gordo", que a unos pocos metros de la puerta preside la entrada principal de la plaza, -y que nunca he sabido de que clase de árbol se trata- al cual por sus agujeros introducíamos nuestros más estimados tesoros, que escondíamos en los huecos de su tronco. Este era nuestro "árbol de la ciencia" -que no el de Pío Baroja-, debajo del cual manteníamos los "trascendentales" parlamentos de quién había ganado o perdido, a que próxima diversión jugábamos o simplemente descansábamos sobre su majestuosa sombra.

Con su carrillo de chucherías, "Adela" -que padecía unos andares fatigosos y agotadores- nos proporcionaba unos endulzados: caramelos Sugus, piruletas, chupa-chups, frutos secos, palotes, citratos y chicles. De estos últimos estaba la variedad para las chiquillas que se llamaba "Niña" que llevaban unos cromos en su envoltura, y la de los niños que se denominaba "Bazooka"que acompañaban unas calcomanías o unas mini historietas del personaje "Bazooka Joe".

Pero si queríamos comprar algunas más sofisticadas distracciones nos acercábamos al kiosko del "chato", que se encontraba en la calle Federico Rubio -entre la calle Conejitos y la calle Santa Lucía- el cual nos suministraba: trompos, cuerdas para estos, cintas de pólvoras para las pistolas de misto, bengalas, petardos o triqui-traques -que eran unas tiras de pirotecnia infantil- que a más de uno, algún que otro susto nos causó.

Siguiendo un poco más para abajo esa calle -en la esquina siguiente- nos metíamos en el ultramarinos y estanco de "Martín" para acompañar a algún adolescente, a comprar sus primeros cigarrillos "Celtas" o "Ideales".

También le comprábamos -cuando se podía- algunas golosinas antes de entrar en el colegio, a una viejita que se sentaba con su correspondiente canasto en la puerta de la SA.FA., chuches que degustaríamos en el correspondiente recreo. Y que era esta, la abuela de "Gregorio", un singular chaval de nuestro barrio.

Una chiquilla de la barriada -que no era de nuestro frecuente grupo de juegos-, me atosigaba y seducía como una auténtica "Mata-Hari", "Salomé" o "Dalila", -de lo que se ha librado la pobre-hasta el punto de que a través de la persiana ventanal me hacía llegar: notitas, dibujos e incluso cuadros al óleo pintados de su propia mano. Como yo no le hacía el más mínimo caso, con el tiempo se aburrió y dejó de "perseguirme y acosarme". Pero siempre que hemos coincidido en algún lugar, incluso yendo hoy en día con su marido e hijos, nos hemos lanzado un cómplice saludo, que con una implícita mirada, nos llevaba añorar aquellos tiempos.

Cuando podía mi madre, me compraba en "la bota de oro" unos zapatos "Gorila" los cuales eran duros como el hambre, pero que regalaban una "pelota de goma verde" que me servía para envidiar al resto de la chavalería. Y si la convencía, al salir de la zapatería le hacía que me comprara en el "carrillo de severo", a las puertas de la "Placilla", unas pepitas, o unos chicles "Dunkin", -que regalaban unas pequeñas figuritas verdes de animales que yo coleccionaba- o unas "arcatufas", o unos pocos de los que popularmente llamábamos "chochitos" -altramuces-.

Los Reyes Magos me trajeron un año un sombrero de vaquero, que mi madre me apartó en el tenderete juguetero que aquella gruesa mujer, -creo recordar que se llamaba Isabel- extendía en la Placilla junto al carrillo de severo, y por lo que se ve, se confundieron y me reservaron uno de adulto. Por lo que cuando me lo ponía, me entraba la cabeza entera hasta los hombros. Y aunque era el "hazmereir" del barrio, yo me sentía como el auténtico John Wayne en "La Diligencia" de John Ford.

Por otra parte, cuando nos distraíamos con algún juego más sexista y casero, las niñas lo hacían con sus "muñecas y cocinitas", y yo destrozándole a mi madre las pinzas de tender la ropa formando unas elaboradas "pistolas de madera", y si pasábamos a los "recortables", las chicas tijeretában a sus: hadas, princesas o enfermeras y yo recortaba a mis: policías, marinos o bomberos. Y mientras, otras ya adolescentes escuchaban en la radio el programa de "canciones dedicadas", las voces de: Gloria Lasso, Antonio Molina, Marisol, Juanito Valderrama, Joselito, José Guardiola o Antonio Machín. A la vez que también visionaban y leían las románticas y sentimentales "fotonovelas de Corin Tellado".

lunes, 6 de julio de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (segunda parte)


La sabiduría y el ingenio infantil hacía que las carencias de juguetes no nos afectaran en demasía, pues nos fabricábamos nuestros propios artilugios de juegos como: los zancos, que con dos latas vacías agujereadas por los laterales les introducíamos unas cuerdas que sujetábamos con las manos, o los tirachinas para apuntarles a los pajaritos que nunca dábamos, o los paracaídas con un trozo de plástico y unos hilos atados a un pequeño muñeco de goma, o unas pelotas echas con arrugados papeles con plásticos y trapos, o los arcos y flechas con raíces ramas y retamas, o unas patinetas con un trozo de madera y tres cojinetes, o los cometas que por descampados y playas venteábamos.

En algunos juegos al comienzo empleábamos unas expresiones infantiles como cantinelas o letanías para sortear, señalar, eliminar o nombrar al que se libraba o se quedaba como: "pinto, pinto, gorgorito", "en el arca de Noé", "pito, pito, colorito", "una vieja mató un gato", "pico, pico, mandurico" o "tu la llevas, tu te quedas, dásela a quién tu más quieras".

El sábado era día de zafarrancho -limpieza general- por lo que me tocaba meterme en un gran barreño de zinc con agua y jabón. La verdad, no me gustaba mucho y menos cambiarme de ropa.

En días de mucho calor y si no nos habían podido llevar a la playa nos metía mi madre -como una auténtica antidisturbio- un manguerazo en el corral de la casa, donde teníamos arriates con geranios, hierbabuenas y otras plantas. Pero si mi madre nos encaminaba por la tarde para un baño playero, ahí iba esa mujer con el lastre de cuatro niños de corta edad a su alrededor -cargados de los bártulos correspondientes- más un bebé en brazos, cogiendo ese camino que se iniciaba en nuestra calle y que atravesando pinares y dunas nos llevaría hasta la mismísima playa de la Puntilla. Donde con "gran agrado" nos recibían mis tías paternas con un sarcástico ¡anda mira que bien, "aquí está otra vez" Lola con sus niños!, ya que parábamos con ellas en sus casetas de madera playeras.

Al regreso de los baños nos compraba mi madre -cuando podía- unos politos de nieve gusto a limón de la marca Camy, que aún conservo su intenso sabor en mi boca.

Cuando yo podía, las mañanas calurosas me las ideaba para marcharme con otros chavales mayores al espigón de esa playa -previo cambio de ropa por la de bañador que realizábamos en los pinares y donde estas prendas guardábamos entre sus matorrales- para desde unos trampolines que formábamos en las rocas con maderos de andamios o con traviesas de la vía férrea, darnos -si la marea era la adecuada- unos inconscientes y peligrosos chapuzones.

Entre toda esta chavalería había una niña por la que yo suspiraba y ante la cual mi corazón se aceleraba, pero le perdí la pista de la noche a la mañana porque su familia marchó a vivir a otra barriada. Desgraciadamente años después tuve la mala noticia por un familiar suyo de su fallecimiento. Y un hermano de esta criatura -también desafortunadamente ya desaparecido- que formaba junto a ella de nuestro grupo de juegos, me mandó más de tres veces al hospital a terminar las brechas de sangrar, porque al muy bestia siempre se le iba la mano cuando medio juego-medio pelea nos lanzábamos piedrecitas en nuestras disputas habituales, y él en vez de piedras lanzaba cantos.

Hablando de pedradas, era la manera que teníamos para "atesorarnos de dátiles" de las variadas palmeras que poblában la zona, además competíamos a ver quién terminaba antes de apedrear - en los alrededores de la plaza de toros- todas y cada una de las letras que formaban el rótulo de la bodega "DUFF GORDON".

Junto a esta firma se encontraba por la época el asilo de ancianos "Las Hermanitas de los Pobres" cuyas tapias saltábamos a diario para recuperar las pelotas que embarcábamos cuando en sus cercanías al fútbol jugábamos.

Yo me buscaba las trazas para escaparme a los pinos, donde disfrutar de los elaborados columpios, para coger piñas, piñones y distraerme en una arboleda que se situaba donde hoy está el instituto Mar de Cádiz construyendo cabañas, las cuales luego el correspondiente guardabosques deshacía. Siguiendo por esa zona nos saltábamos la verja de la "bodega Gómez" para "cosechar productos" de una serie de árboles frutales que este recinto sin vigilancia alguna poseía.

Lo que de pequeño me parecía grandes extensiones, de mayor me parece reducidas dimensiones. Es el caso de un inmenso cañaveral -creía yo entonces- que había en la zona en la que hoy hay unos bloques de pisos entre las calles "Niño del matadero", "Quiebro", "José Cándido" y "Avenida del ejercito", cañaveral que era uno de los lugares preferidos cuando jugábamos al escondite y al que le sustraíamos numerosas mazorcas de maíz que luego en casa tostábamos.

Junto al mencionado cañaveral se encontraba la "huerta de José" en la que "se nos pegaban las manos" a: granás, ciruelas, tomates y lechugas. En las albercas de esta huerta nos refrescábamos con un agua fría-helada de pozo. A cambio de lo que habíamos cogido, sus hacendados dueños "nos obsequiában" con una larga visita al interior de las pocilgas. Aún así, no eran mala gente los propietarios de la misma.

En cambio por la "huerta de Miguel" -lo que fue Ecopuerto y ahora es Supersol- "como unos auténticos hortelanos recolectábamos": brevas, nísperos y limones. Y cuando nos atrapaban nos metían "desnudos" en sus sucios estanques, cosa que a mi mucho no me disgustaba, ya que entre varios niños y "niñas" yo me encontraba.

Y por la "huerta de Malacara" los frutos nos decían "cogednos" por lo que no podíamos evitar de hacernos acopio de algunas unidades de: almendras, higos, peras y manzanas. Además de por sus terrenos baldíos jugar a los indios, a las guerrillas y a la pelota casi todos los sábados por la mañana.

Por el campo de "el flika"-aceite del Puerto de la época- donde hoy se encuentra el Parque de Europa, acompañaba a otros mayores a rebuscar lúas -hormigas aladas- que luego ellos utilizaban de cebo para atrapar pájaros con sus trampas. Además de coger moras y hojas moreras para mis gusanos de seda.

Si queríamos pasar el tiempo con algo más reposado y apacible siempre nos quedaba la opción del jocoso y ameno "juego de la Oca" o del soporífero y tedioso "parchís".

Y cuando estábamos hartos y cansados de juegos nos distraíamos con las canciones y cánticos populares como: "soy la reina de los mares", "Antón, Antón, Antón pirulero", "ratón que te pilla el gato, ratón que te va a pillar", "al pasar la barca me dijo el barquero", "que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva", "el patio de mi casa es particular", "pase-misí, pase-misá", "tengo una muñeca vestida de azul", "cinco lobitos tiene la loba", "debajo un botón, ton, ton", "el cocherito leré", "tengo una vaca lechera"o "quisiera ser tan alta como la luna, ¡ay! ¡ay!".

Las noches eran de una variada sonoridad inaguantables, porque: con las charlas de las mujeres sentadas en las casapuertas hasta las tantas de la madrugada, con el burro que tenía un vecino de al lado, con los perros de otra vecina, con los gallos de una de más allá, con las peleas de los gatos por los tejados y con los ronquidos de mi padre, ni con los actuales colchones "Lo Monaco" las hubieran hecho soportables.

viernes, 3 de julio de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (primera parte)


Hace unos pocos días, no recuerdo por que medio informativo: si el televisivo, el periodístico o el radiofónico, ni porqué noticia fue, me vino a la mente el famoso Mayo del 68. Y con ello empecé a preguntarme: ¿por donde andaría yo entonces? ¿que estaría yo haciendo por aquella época? ¿que edad tendría yo en aquellos momentos?. Con una simple operación matemática y su resultado, se contestaron todas mis preguntas, al caer en la cuenta de que "yo, también fui niño".

El atillo que portaba la cigüeña que me trasladaba, vino a caer en una discreta vivienda de la ya desaparecida barriada 18 de julio y en concreto en la calle A -hoy avenida del ejercito-. Lugar que llegó a ser: mi cuna, amamanto, crianza, desarrollo, enseñanza y educación.

Fue mi edad infantil la que coincidió con los extraordinarios acontecimientos de esa mencionada fecha.

En una zona repleta de vecinos de todas las edades y rodeada de una diferente variedad de tipos de naturaleza como: terrenos dedicados al cultivo, lecherías, tierras de regadío, granjas, campos de labranza, hueverías, bosques y dunas, pasé mi niñez, mi infancia, mi adolescencia y mi juventud.

Recuerdo como en una habitación dormíamos cuatro hermanos, dos niñas en una cama y dos niños en otra. Cuando llegó el quinto hermano, fue a parar encunado a la segunda y última habitación de la casa, con mis padres.

En los días festivos, fines de semana y vacaciones, desde primera hora de la mañana me echaba a la calle después de tomarme mi correspondiente tazón sucedáneo de café -achicoria- con migotes de pan duro. Algunos sábados y domingos pasaba temprano por las casas un tal "guarigua" con una canasta cargada de deliciosos dulces que nos sabían a gloria, pero que no siempre había dinero en casa para poderlos comprar.

La chavalería con la que generalmente me juntaba para el disfrute de juegos y aventuras, solía tener uno, dos o más años que yo, por lo que siempre interpretaba el papel de aprendiz de brujo en las distracciones y entretenimientos. Nombres de los que recuerde ahora mismo son: Lolo, Tere, Pepe, Milagri, José Luis, Maricruz, Carlos, Charo, Juanito, Loli, Emilio, Isabel, kiko, Manoli, y Vicente.

Yo que no era tonto, me gustaba jugar con las niñas: a las prendas, a los médicos, a las carretillas y al escondite, aunque también nos distraíamos: al elástico, a la comba, y al coger. Con los niños jugaba a otras cosas como: las chapas, el trompo, las canicas, el clavo, el salto mua, el aro, Juanillo el tonto quiere aprender un oficio y al burro de la ventana. Y luego compartíamos entre críos y crías otra serie de pasatiempos comunes como: la gallinita ciega, las sillas, las cuatro esquinas, el látigo, el pañuelo, la rayuela, pies quietos, al bote pelota, un dos tres pollito inglés, el patio de mi casa, el corro de la patata, ratón que te pilla el gato, etc., además de otra serie de distracciones que en las puertas de los hogares desarrollábamos como eran: los cromos, el veo-veo, las cocinitas, los recortables y los tebeos.

En el hueco de la mañana practicaríamos tres o cuatro juegos diferentes, antes de almorzar un plato de puchero -si es que se podía ese día- o uno de un guiso de papas con papas, para variar. Y seguidamente a continuar disfrutando de aventuras y de la edad.

Teníamos tiempo para dos o tres juegos más, antes de que tuviéramos que regresar a merendar -él que para ello tenía- un trozo de pan con azúcar, con mantequilla, con unas onzas de chocolate, con aceite o con manteca colorá. Y a continuar con el variado repertorio de divertidas actividades infantiles, mientras no llegaba la hora de cenar, en la cual degustaríamos un huevo pasado por agua en su huevero o bien en una taza migado con trozos de pan y sal.

Fueron años de gozo y disfrute sin ningún tipo de compromisos ni responsabilidad y a la vez cargados de inexperiencia, ingenuidad y sin malicia alguna. Y eran momentos también en los que empezaban a brotar las primeras inocentes atracciones entre los diferentes componentes de la chavalería.

Generalmente no había entrado en las casas la televisión por lo que las voces fantasmales que en los hogares se oían procedían de las popularmente llamadas "arradios", que con sus prestigiosos y afamados seriales, reunían en torno a dicho invento a las amas de casa, abuelas, vecinas y a otros familiares, que aprovechaban su escucha para: coser, bordar, zurcir, tejer o realizar otras labores caseras.

Programas célebres de la época de este entretenimiento que yo recuerde fueron : "Matilde, Períco y Periquín", "El consultorio de Elena Francis", Fiestas en el aire" y "Ustedes son formidables". Y otros programas radiofónicos que causaban furor por aquellos momentos fueron las radionovelas, con sus inolvidables "Lucecita", "Ama Rosa", La intrusa", "El clavo" o "Simplemente María".