miércoles, 19 de agosto de 2009

LA JOROBA DE BERTA

Sobre la pasada década de los sesenta, once estacionales otoños contemplaban a ese raquítico cuerpecillo, de pecosa cara y de frondosa y larga melena rubia, con la que hábilmente simulaba una pequeña pero visible deformidad en su columna vertebral, que además le obligaba a torpemente caminar, cuando quedó huérfana de madre y a cargo de su padre -o este a cargo de ella-. Este, eventual trabajador de faenas del campo y empedernido borrachín de tabernas.

Su padre Julián, al enviudar, sacó a la pequeña Berta de su escuelita de las monjas Las Esclavas y le otorgó la labor de llevar la casa adelante, como si de una adulta mujer se tratara.

Vivían a mediados de la calle Las Cruces, en una casa de vecinos de dos plantas, dos familias residían abajo y dos arriba, con un común: cuarto de baño, patio y también un compartido pequeño pilón con grifo de potable agua.

Berta, era hija única ya que su hermano Cristóbal, tres años mayor que ella, falleció a la edad de ocho infantiles años a causa de una tuberculosis renal, dejándola como sola descendiente de un tormentoso matrimonio, pero de queridos y sufridos padres para ella.

Aún en vida de su Madre, a lo que más tiempo dedicaba la desafortunada niña, -ya que carecía de sincera amistad debido a sus físicos defectos- era a encerrarse en su habitación, semidesnuda y sentada en su sillita de rejillas, delante del gran espejo de un viejo armario, con su cepillo de púas imitación a marfil, peinaba y repeinaba sus cabellos, mientras lloraba desconsoladamente recordando a su único compañero de juegos y querido hermano, añorando aquellos saltos que daban encima de las camas, realizando con sus manos y brazos imitaciones de ventosidades y jugando a las batallitas de almohadas.

Y al morir la Madre, los llantos de la pequeña Berta se acrecentaron, al recordarla y echarla de menos de aquellas faenas conjuntas de pelar los chicharos y las habas del puesto de Agustín Vela de la Plaza, o de cuando con ella limpiaban las lentejas adquiridas en el almacén de Leveque de la calle San Juan esquina con Las Cruces, rebuscando entre estas, las piedrecitas, las podridas o las negras. Y sobre todo, le embargaba la nostalgia de aquellos masajitos que su Madre en su pechito le daba -cuando de bronquios frecuentemente enfermaba- con el Vicks VapoRub comprado en la farmacia de Fernández Prada.

Con la nueva situación familiar, diariamente se acercaba por La Plaza de Abastos, para hacer las correspondientes compras que se utilizarían en las diarias comidas que sus generosas vecinas le ayudaban a preparar y que su padre creía que ella realizaba. De disfrutar jugando a las cocinitas, pasó a tener que hacer de verdad -contando con algunos gratuitos apoyos- este difícil trabajo casero. La pobre niña se defendía como podía de la limpieza y de otras labores menores, que no por ello menos importantes y necesarias del hogar.

Tampoco le podía faltar a su Padre, su botella de aguardiente del antiguo establecimiento de Nicanor en la Placilla. No tenía este, suficiente con sus largas "tertulias" en la taberna de Palomo de la calle Durango, o del bodegón de Merello en Santa Lucía . Y que no se le acabara menos aún, su tabaco de pipa, que le compraba semanalmente en bolsitas en el estanco de Casimiro de la Plaza Iglesia, para que su cachimba, ganada a base de apuestas en alguna de las tascas, no dejara de ambientar con su particular olor toda la vecindad vivienda.

Cada vez que pasaba por delante de la Prioral, ritualmente se santiguaba y rogaba a Dios: por el descanso eterno para su Madre Luisa -fallecida por una pulmonía- y para su querido y añorado Hermano. Pero este "Nuestro Señor", debería de estar ocupado con otros mejores menesteres y su Ángel de la Guarda distraído, pues conjuntamente la abandonaron a su suerte, descuidando su seguridad. Y su desdicha no había llegado todavia a su fin.

Desgraciadamente no le duró mucho su "encargo" de ama de casa a la novata Berta, ya que un día de regreso de las compras hogareñas, subiendo por la calle San Sebastián y antes de llegar a la esquina del Reloj de Sol, una ráfaga de fuerte viento precipitó de un balcón una no muy bien asentada maceta de geranios, con el infortunio de caerle en la cabeza de su ya delicada complexión corporal. El desgraciado macetazo, dejo inconsciente y tendida en medio de la calle, como una más de las esparcidas compras, la frágil figura de la niña.

Quedó la inocente chiquilla del tal golpe recibido, en un coma profundo. Y deshauciada por la Medicina, ya nada se podía hacer por ella más que pedir a sus escasos familiares, conocidos y convecinos, que rezaran por la pequeña Berta.

Conocedoras del tan trágico suceso, las monjitas de las Esclavas, contactaron con otras religiosas que atendían un orfanato en la calle Cielo, las cuales sin pensárselo dos veces, se ofrecieron para gratuitamente cuidarla y atenderla en sus instalaciones, mientras no llegaba la hora -supuestamente no lejana- del fatídico desenlace.

Todo hacía presagiar de que este momento llegaría en unos días, unas semanas o como mucho unos meses, según los pronósticos de los expertos facultativos. En las posteriores semanas estuvieron visitándola algunos doctores del ambulatorio de la calle Diego Niño, sin embargo pronto dejaron de hacerlo. Pero como en la medicina ocurren casos a los que no se les encuentra explicación, su estado se prolongó durante unos larguísimos quince años, sin el más mínimo decaimiento de las monjas en su compromiso de mimos y atenciones a la niña, cuando sin que nadie lo esperara ni se contara con ello, milagrosamente esta despertó de su letargo corporal y abrió los ojos después de esos tres largos lustros.

Los médicos na daban crédito a lo sucedido y empezaron de nuevo a tratarla, pero sin abandonar Berta por estrecho deseo de ella, las dependencias de su acogido y amparado hospicio. Ya que se convirtieron estas Hermanas de la Caridad y este lugar, en su postiza y única familia, y en su nuevo hogar.

Por entonces, tampoco ya vivía su Padre. Julián se había refugiado totalmente en el alcohol inmediatamente después del accidente de su Hija. Y una cirrosis hepática, se lo llevó a mejor vida.

En los siguientes meses, fue paulatinamente recobrando el habla y la movilidad de sus extremidades, pero no así la memoria.

Y un día, aprovechando la soledad de la habitación, con extrema dificultad se bajó de la cama, se dirigió a un enrejado ventanal -tamaño de una puerta- abrió como pudo las dos cristaleras de esta y los rayos de sol entrantes, hicieron en estos grandes vidrios transparentes de involuntario espejo, en el que se reflejaba todo su cuerpo por completo. No conocía para nada a esa mujer que contemplaba, y tras unos instantes, se desató y dejó caer al suelo una especie de camisón que llevaba, pero siguió comprobando que nada le recordaba ese desnudo cuerpo femenino de ahora veintiséis años. Ni esa cara, ni ese recortado cabello, ni esos pechos, ni esos brazos, ni ese pubis, ni esas piernas, ni ese trasero cuando giró su cuerpo, pero subiendo la mirada por la espalda, observó una pronunciada curvatura con la que le empezaron a venir vivencias de su niñez, de sus seres queridos y a recobrar en parte la perdida memoria.

Fue esta deformidad, su siempre sombra y amiga íntima desde su nacimiento, y aunque culpable de sus complejos, con la que mantenía las más largas y solitarias conversaciones. Y se alegró infinitamente, de recuperar lo único que le unía y le quedaba de su triste pasado, a su fiel e inseparable joroba.

sábado, 8 de agosto de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (séptima y última parte)


Una de las distracciones que más me apasionaba era "El Cine". Intentaba sonsacar todo lo que podía para entremeterme entre esa marabunta de público de esos descubiertos "Cines de Verano". Saborear chucherías y envidiar a ese gratuito público que desde sus balcones cercanos fizgoneaba nuestras abonadas proyecciones. Aquellas destapadas y otras cubiertas salas cinematográficas que ya solo quedan en nuestra memoria. Cines como: Florida, Moderno, Victoria, Central Cinema, Colón, Macario, Cinema España y Teatro Principal son de mi época infantil y ya nada queda de ellos. De todos tengo mis particulares anécdotas como: que del Victoria me echaron más de una vez por estar comiendo pepitas, las cuales compraba a unos vecinos del cine a través de un ventanal a ras del suelo. Que en el Florida y sus bancos de madera, una chica confundida me dio una bofetada por que un sentado gracioso de al lado le rozó el culo. En el Moderno una vez en plena película se estropeó el proyector y nos tuvimos que ir sin terminar de verla y sin recuperar nuestro dinero. Algunas veces en el Central Cinema como no tenía dinero para la entrada me quedaba en la puerta y cuando iba casi a media película, gratis me dejaban pasar. Las correrías que montábamos en esos "gallineros" del Teatro Principal, con la de insípidos y masticados chicles que lancé para las butacas de platea. Cuando en el Macario apagaban las luces y a coro repetíamos y gritábamos "Macario enciende la luz que me mareo eo eo". Pero sin lugar a dudas, del que tengo los más gratos recuerdos es del Cine Colón con aquellos asientos de metal, que por estar junto a la Plaza del mismo nombre y a la del Castillo, las esperas del comienzo de las proyecciones se hacían más llevaderas, agradables y distraidas.

Todas estas proyecciones "adornadas" por supuesto al comienzo, con la imprescindible propaganda del régimen NOticiario DOcumental (NO-DO).

También he precenciado el auténtico "Cine de Barrio" en las paredes de los bloques de la barriada Crevillet, donde los vecinos sacaban las sillas de sus casas y al frescor de esas veraniegas noches llegué a contemplar cintas cinematográficas de tal categoria. Y en mi propia escuelita de la SA.FA. en el salón de actos los domingos por la tarde proyectaban previo pago de la correspondiente entrada -más barata esta para los alumnos del colegio- unos inolvidables films como: aventuras de Tarzán, de Drácula o Los Tontos en el Oeste.

Los viernes solía haber "Misa" a media mañana en mi colegio y una hora antes dejaban que el que quisiera se fuese a confesar. Yo como de costumbre todas las semanas iba a ello. Y al Padre Martinez lo tenía desesperado, porque como yo no diferenciaba lo que era pecado de lo que no era, le contaba toda mi vida desde que me levantaba hasta que me acostaba de lunes a domingo de todas las semanas. Y este me apremiaba a que fuera acabando que tenía más niños esperando. Pero pecara lo que pecara siempre con "dos Ave María y tres Padre Nuestro" quedaba por "Dios"perdonado.

En la droguería "Cárave" junto a la panadería La Pastora, recuerdo que mi madre compraba entre otras cosas: "papel higiénico El Elefante", "estropajo de esparto" y esos tarugos de "jabón verde Lagarto". Y en casa en el gran barreño de cinz, con el "lavadero de madera" me distraía refregando ese ladrillo verde de jabón a las sucias y mugrientas ropas. Y mi madre se ilusionaba creyendo que la estaba ayudando.

En el "refino de Trini" de la calle creo que San Bartolomé, nos hacíamos con esos "parches para la ropa" que nuestras madres nos cosían en los codos de camisas o jerseys y en las rodilleras de los rotos o desgastados pantalones.

En La Placilla, "Calzados Heredia" solía ser quién nos suministraba casi siempre de los "zapatitos tenis", "playeras", "babuchas" y "alpargatas".

Cuando mi padre me enviaba a comprarle su paquetito de "Ducados" al estánco del desagradable "Navarro", este siempre detrás de sus negras gafas donde escondía su tuerto ojo, yo hacía a la ida y a la vuelta de espontáneo "contorcionista" para conseguír subirme en ese protege-esquina "cañón de hierro" empotrado en uno de los ángulos que conforman las calles San Bartolomé y Los Moros.

Y recordándo a comerciantes desagradables no me puedo olvidar de la "Papelería Cortés", donde acudía a comprar cuadernillos Rubio y barritas de recambios de tinta para mi bolígrafo azul. Allí una pareja atendía con una tal antipatía y malaje, que se ganaron a pulso que les sustrajera en el descuido de una Navidad, un pastorcillo para mi pequeño, rústico y despoblado Belén.

Enfrente de "La Falanje" -hoy Centro Cultural Alfonso X El Sabio- me entretenía curioseando ensimismado en esos reducidos pero fastuosos escaparates de la "Juguetería de Pérez Grant", donde nunca me parecía suficiente el tiempo que le dedicaba a visualizar la de atractivos juguetes y recuerdos que en ellos se exponían.

De la "Navidad" recuerdo ayudar con la "masa" a mi madre, hacer figuras de tortitas con el borde de un vaso bocabajo y esos rosquitos caseros sabor a matalauva, las "peladillas" y el turrón que mi padre nos compraba y la caja de polvorones que en el trabajo le regalaban. Las figuritas de barro de los "nacimientos" que terminaban en alambre. El vino dulce "Padre Lerchundi" y la botella de "Anís del Mono". El "aguinaldo" que "discretamente" solicitaba el "barrendero" y el "cartero" llamando a casa y entregándote una estampita con su imagen deseandote unas felices fiestas. Y no puedo olvidar, mi "pandereta" de niño, que en una de mis recientes mudanzas, desgraciadamente ya se llegó a jubilar.

De la "Semana Santa" las desesperantes esperas de las procesiones, el ayuno de carne los viernes durante la "Cuaresma", las "matracas" y esa "pelotita con goma" para botarla en la palma de la mano y para hacerla llegar al culo de las niñas y con ello poder "ligar" en los mínimos casos o por lo general hacerlas enfadar.

Y de la "Feria" en los primeros años de mi niñez me vienen unos gratos momentos de aquellos días de exposiciones de ganado en el Palmar, con sus veladas en el Paseo de la Victoria, su gruta de la Virgen y de los patos con su metálica barandilla, los coches de caballos, su matasuegra, su tren de los escobazos, su ola, su tio-vivo y su carro de las patás.

Un año de aquellos llegó la televisión a casa. Mi padre en cómodos plazos la pudo pagar. Bonanza, La Casa de los Martinez, Los Intocables, El Tunel del Tiempo, La Casa del Reloj y Misión Imposible fueron series y programas que en aquella época seguí. Además de los dibujos animados: El Gato Felix, El Ratón Mikey, Popeye, Porky, La Hormiga Atómica, El Lagarto Guancho, El Gato Silvestre o el Oso Yogi. Y que decír de aquellos minutos -que tanto echo de menos- en los que aún no nos bombardeaban con tanta publicidad y que disfrutábamos de ese Cine Mudo Cómico con los inolvidables: Buster Keaton, Harold LLoyd, El Gordo y El Flaco o Charlot.

Si mi padre se colaba por casa con un "papelón de pescaito o de mijitas del freidor" era un acontecimiento en mi hogar. De esos desaparecidos y añorados freidores de antaño y no del actual, único y de firma tan famosa, de pescado y marisco congelado que desde aquí no quiero publicitar.

Cuando había Toros en el Puerto, se formaba en la Plaza de Abastos incluso desde antes de empezar la corrida las "Colas de la Carne", recuerdo que por aquellos años se formaban dos filas, una para las mujeres y otra para los hombres, de las cuales un funcionario-guarda, hacía pasar de dos en dos al establecimiento vendedor. Y aprovechaban para hacer su Agosto vendedores de patatas fritas, churreros, el Cafetín y el Bar Los Pepes.

Del Parque Calderón, en su final aquella escalera -en la que tanto jugamos- que se dividía en dos y se volvía a unificar que comunicaba con el antiguo y desaparecido Puente de San Alejandro, ese lateral del Parque sobre el "Rio Guadalete" con su reja de hierro, su contínuo banco de piedra desde principio a fin en el que con las carreras y los saltos, tantos sustos a nuestros padres dábamos y por donde nosotros tanto disfrutábamos. Y como me quedaba curioseando en la entrada del Parque a ese "Fotógrafo" que con su cámara en trípode y su larga y abierta gabardina escóndía la cabeza como un avestruz, entremedio de unas telas cuando se disponía a los escasos clientes fotografiar.

Y que decír de la "Horchata" que mi padre me compraba, o de esas "Tajaitas" -ahora ilegales- famosas y sabrosas que sobre un canasto vendían por la Placilla o delante de los Bares "Los Maera" o "La Mezquita".

A mi madre le gustaba leer el periódico "El Caso" donde se desentrañaban los espeluznantes crímenes de la España de Franco, que en poco se diferencian de la de Don Juan Carlos.

Por casa había en aquellos tiempos un gran crucifijo en la habitación de mis padres, me recuerdo de rodillas rezando por la noche al ir a dormir ante la cama que compartía con mi hermano mayor, y de solicitar bendición al Señor de los alimentos antes de su consumición, entre aquellas paredes que más tarde se empapelaron con aquellos famosos "papeles pintados" de la época", de tener un viejo y gran baúl" de madera y latón -que era como nuestro gran bazar-, en el que lo mismo podía encontrar: nuestras gorras -la mia azulina-, las planchas de hierro, el metro de madera amarillo y plegable, un abrecarta, las cajitas con viejas fotografías, un infiernillo, una palangana de lata, una cajita con un bote de "Linimento Sloan"-el tio del bigote-, latas vacías de Cola-Cao o de galletas que luego se emplearían para guardar todo tipo de legumbres en la "alacena". Y brotó y creció en nuestro corral una "palmera", la cual se encuentra en la actualidad trasplantada en el colegio Menesteo, adonde la llevaron operarios de jardines del Ayuntamiento cuando fueron a derribar nuetro famoso barrio.

¡Vamos hacerle un "gazpacho" a Francisquín! vociferaba cualquier componente de la chiquillería con la que yo me juntaba. Y ahí corría yo todo lo que podía -¿o no?- dándome con una mano palmaditas en una nalga -como jinete que a su caballo fustiga- creyendo que con ello más velocidad cogía. Pero estos terminaban cogiéndome, bajándome los pantalones, los calzoncillos y echándome: yerbas, escupitajos, papeles y tierra, como ingredientes básicos de este tan rico y famoso "plato típico Andaluz".

De imágenes para el recuerdo me quedarán: las fuentes donde teníamos que ir a por agua para llenar en nuestras casas las tinajas, las calles de chinos pelúos, los arrieros, los limpiabotas, ese heladero y su carro con dos ó tres tapaderas para diferenciar los sabores y que se desgañitaba con el agradable grito de ¡Al rico mantecado heladooo!, los hombres con boinas, los acomodadores de cine, el brazalete de luto que se cosía a las camisas y las chaquetas, los diteros, los isocarros de tres ruedas con los que se repartían las cervezas y refrescos en cajas de madera o las mujeres sentadas de lateral en las motocicletas. Por cierto la de chiquillas que yo paseé sentadas de lado sobre la barra de mi primera bicicleta.

Y es que haciéndo un símil de las famosas memorias del indomable poeta chileno Pablo Neruda "Confieso que he vivido", yo cambiándole el verbo y sobre mi niñez, mi infancia y mi adolescencia "Confieso que he jugado".

sábado, 1 de agosto de 2009

"YO, TAMBIÉN FUI NIÑO" (sexta parte)


La familia de mi vecina "Pepa la gorda" -que tuvo esta, veintitantos partos y más de quince criaturas le salieron adelante- eran todos gente de "la mar", por lo que era raro el mes que no andábamos comiendo esas tiras de "pescado seco" duro y salado, que nos duraban durante horas y horas mordisqueándolas como buenamente podíamos, como cuando de pequeño y aún siendo niños de carrito, nuestras madres nos compraban en la panadería "La Pastora", esos picos largos, gruesos, duros e inacabábles llamados "Suspiros", para aliviarnos nuestras encías y tenernos entretenidos hasta el medio día.

Por aquella época, enfrente de nuestras casas se encontraba la "huerta de Josefa", por donde hoy se ubica los pisos de Saroca y alrededores. Esta tal Josefa fue quien levantó el bar "El Berrenchín". Y un día de aquellos, esta amaneció muerta. Pero en cosa de unos momentos nuestro "sabio" vecindaro -que ya quisieran los investigadores del equipo norteamericano del C.S.I.- entre chismorreos, murmullos, cotilleos y habladurías resolvieron el caso. Llegaron a la conclusión y sentenciaron, que eso era obra de su sobrino que "la había suicidao".

Como la fama es efímera, pocos meses después de mi triunfal día -por el partidillo de fútbol- en mi escuelíta de la SA.FA., también tuve mi día de condenación. Y es que en una "redacción libre" que nos ordenó nuestro ya nombrado Don Justo, escogí el tema "personajes de fantasías, fábulas y leyendas", sin tener el más mínimo reparo de meter en el mismo paquete a : La Bruja Piti, El Ratoncito Pérez, El Hombre del Saco, Don Quijote, Los Reyes Magos y Dios. Claro, se montó la de San Quintín en mi clase, -con lo orgulloso y contento que iba yo con mi redacción- me "condecoraron" con mi correspondiente "Cero" y me condenaron a ayudar a misa al "Padre Martínez" durante un mes entero.

Otro día, jugueteando con un "Niño Jesús" de barro de mi madre -que tenía este más años que Dios- y al cual ella le tenía bastante aprecio por que fue un regalo de su "Madrina", le rompí un dedito de una mano, pero como si fuera cosa de magia, por arte de "birlibirloque" lo hice desaparecer escondiendomelo en un agujero de la nariz. Pero al poco rato, tuve que confesar mi fechoría y desvelar el truco de mi ilusionismo, ya que me estaba molestando y me impedía bien respirar, por lo que me llevaron al hospital y con unas pinzas me lo tuvieron que sacar.

En los primeros años de mi niñez, como aún no había llegado el gas a mi hogar, recuerdo acompañar a mi madre a la "carbonería" que había en una de las esquinas de "La Plaza del Castillo", de donde salía con un cubo cargado de "carbón", destinado este para cocinar, que se metía en la hornilla por un hueco, se le prendía fuego con papeles y se le echaba aire con el soplillo de esparto o con un simple cartón que ayudaba a avivar la candela del fogón, y otro cubo en el que llevaba "cisco-picón" para la copa o brasero, y en este había que menear la brasa de vez en cuando con una paletilla de hierro para evitar que se apagara el fuego. De regreso, yo me entretenía pintando las paredes con un "tizón de cisco", con lo que ya iba poniendo "contenta y calentita" a mi madre. Le decía que cogiera por la calle La Palma y a la altura de los portones y ventanales con rejillas de la bodega "le permitía" que descansara, para yo aprovechar y "extasiarme" con esos vinícolos olores que manaban -y siguen haciéndolo- de dentro, procedente de esos encerrados y embriagadores vinos bodegueros.

De aquella época me vienen también imágenes de una tienda de la calle ganado, poco más arriba de la Plaza de Abastos, -creo que propiedad de la familia de la zapatería del "brusco" Mauricio León, donde mi madre lo mismo compraba "sillitas de nea", "esterillas de esparto" o algúnos que otros "canastitos y cestos de mimbre".

También de ir un sin fin de veces al "zapatero remendón". Este reparador del calzado con sus siempre manchadas manos de tinta y pegamento y su maculado delantal, en esos pequeños oscuros talleres con su profundo olor a disolvente y piel, con esas expositoras y empapeladas paredes de insinuantes almanaques, postales, posters, recortes de periódicos, banderines, imagenes religiosas y dedicadas fotografías, con ese cuerno hueco relleno de engrudo y sus latas de betún, al que lo mismo le solicitábamos: un cosido, un ensanche, unas tapas o un remiendo, que teníamos que ir varias veces preguntando por el mismo zapato, porque este tenía tal amasijo de desordenados calzados que ni él mismo atinaba a encontrárlo. Que te hacía volver un día si y otro también para podérlo recuperar arreglado. Y había que amenazarle con que si al día siguiente no te lo tenía listo te lo ibas a llevar, para que así te lo consiguiera terminar.

Perseguía a corta distancia -porque no querían cargar conmigo- a algunos chavales que acudían al "Liberato" de la calle Vicario. En esta librería que atendía la querida "Juana" se compraban: los peródicos, las revistas, los coleccionables cromos, las novelas y fotonovelas de Corin Tellado, los tebeos y las famosísimas novelas del Oeste de Marcial Lafuente "Estefanía". Con la particularidad de que si estas publicaciones ya las habías leído, podías cambiarlas por otras nuevas o usadas a un precio más barato.

Por la placilla en la calle Sierpes, se encontraba la ferretería "La Plaza", donde comprábamos "trampas para ratones", que yo me encargaba sigilosamente de preparar en mi casa al llegar la noche, con sus correspondientes cebos que eran trozitos rancios de queso. A la mañana siguiente, como a todos les daba miedo y eran bastante escrupulosos, acudía yo mismo a revisar los cepos y recuperar algún que otro ratoncito-cadáver, que como hacía cuando se moría algún pajarito me disponía a meterlo en alguna cajíta de grandes cerillas o de cajetillas de tabaco que hicieran de féretro, para darle por algunos de nuestros alrededores campos, su "Santa Sepultura".

¡Mamá, mamá, Francisquín está chupando! gritaba mi chivata hermana mayor, porque como era más pequeño y si el "búcaro" estaba lleno, me pesaba demasiado y tenía que poner la boca -si quería beber agua fresquita- en el "pitorro del botijo".

Mi sensato e ilustrado hermano mayor, le pedía a los "Reyes Magos" un par de libros de "Enid Blyton", alguno de "Los siete secretos" y otro del "Club de los cinco". Y antes de la hora del almuerzo del mismo día de Reyes, como ya se los había leído quería jugar con mi "Fuerte Apache Comansi" a lo que yo me negaba en rotundo -como buen hermano-, pero le permitía que diese unas vueltas con mi coche autodirigido mediante un cable de metro y medio "Ferrari Payá", conseguido este, con un vale de cáritas para juguetes, en el antiguo "economato de Terry".

Tenía mi madre una cajita de lata de bombones, con la imágen de "The Beatles", de cuando todavía no eran aún famosos y formaban cinco componentes el grupo. Y en esta bombonera guardaba: nuestros escapularios, un rosario, religiosas estámpas y una "Biblia", que admito esta nunca haber leído, ni saber de que va y desconocer quién es su autor.

Muchos sábados por la tarde-noche, ibámos a visitar a mi abuela Justa, que vivía en la empedrada de "chinos pelúos" calle caldevilla, pero antes de llegar a casa de esta, mientras mi padre y mi madre degustaban su cafetito, sentaditos al fresco alrededor de una mesa en el antiguo Bar Felipe -hoy Bar Manolo- acompañandolo mi madre con un dulce "gañote merengue" de la antigua confitería "La Perla", yo con otros chiquillos, jugaba enfrente en "La Plaza Peral" al esconder y al pillar. Y cuando llegaba la oscuridad, entre escondites, carreras, brincos y saltos, detrás de aquellos antiguos y azulejados bancos, con sus enrredaderas plantas sobre sus marquesinas y celosías, aprovechábamos y como siguiendo un litúrgico rito, meábamos.

Por aquellos tiempos mi padre "ahogaba sus penas" en el "Bar Triana" de la calle San Bartolomé, que lo dirigía por entonces el añorado "Eusebio" y le acompañaba de camarero su empleado "Vitoriano". Solíamos muchas tardes y noches ir a "recoger a mi creador" a este establecimiento. Mientras él moldeaba la barra del bar, yo disfrutaba viendo la televisión -que no había en casa- comiéndome una dulce "chuleta de crema", que mi madre me compraba en la casi enfrente confitería de "Perico". Nos hicimos tan asíduos en este bar, que la amistad creada llevó a que este tal Vitoriano, a mi hermano pequeño lo llegára hasta apadrinar. Durante varias temporadas estuvimos parando en plan familiar en esta taberna. Y dependiendo del día y la hora en la que allí nos hallásemos, lo mismo veía en esa "hipnótica pantalla" de aquel lúgubre salón: una corrida de toros, un partido de fútbol, un parte de noticias, -que aún no se llamaban telediarios- los chiripitifláuticos, a Herta Frankell y su perrita Marilín, a la Familia Telerín, el concurso Un Millón para el Mejor, el musical Escala en Hi-Fi, los Intocables, Crónicas de un Pueblo, el Fugitivo, los Estudio 1, los Invasores o Historias para no dormir. Y si todavia no tenía bastante mi padre, hasta aguantábamos: la despedida y cierre, el himno nacional, la carta de ajuste y piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii