martes, 29 de septiembre de 2009

A MIS ENTRAÑABLES COMPAÑERAS

Queridas compis: Siguiendo al hilo de nuestros propios comentarios que hemos dejado en la última entrada de María Jesús "A MIS COMPIS DEL BLOG", donde nos regañaba con más razón que un santo y con su particular sutileza, quisiera comentaros y proponeros lo siguiente:

Sabida es, la trabajosa elaboración que nos lleva preparar y publicar nuestras entradas que se componen de: idear y desarrollar historias, recetas de postres, de cocinas, remedios caseros, ayudas sobre la salud, localización de anecdotas, acompañar nuestros escritos con imágenes, con vídeos o con fotografias, etc, etc. etc. y lo poco numeroso -pero selecto- que somos en nuestro "Club de Fans".

Podríamos ampliar nuestro campo de escritura a contarnos anécdotas propias de las más cotidianas -como hace nuestra querida y ya mencionada María Jesús- con lo que sin renunciar al particular espíritu de cada blog, tendríamos una fuente inagotable de hechos, de sucesos y de relatos, que nos llevaría a estar más continuamente intercomunicados, sin tener que esperar durante días y días, o incluso semanas, a saber de nuestro querido circulo bloguero, al que le pondrémos todos los medios necesarios para que no desaparezca y con ello se pierda nuestra creo sincera amistad.

No tendríamos que rechazar el seguír publicando nuestros trabajados temas de los que se nutre, alimenta y con los que ha destacado o distinguido nuestro blog de cada uno. Y abarcaríamos un extenso terreno del que nos podríamos surtír de mil y una anécdotas que nos hayan ocurrido recientemente o en la lejanía del tiempo, porque ya ninguno somos unos niños, y seguramente todos tenemos tras de si, innumerables cosillas con las que poder distraer a nuestros compañe@s a la vez que estaríamos más estrechamente conectados en el tiempo.

Sobrada y gratamente lo han demostrado en el "AMIME" de Juan: Gelen, Rosa y María Jesús, y repasando los restantes blog de Mercedes, Fátima y el mio propio, encontramos que tenemos un valioso e inédito material, con el que poner en marcha esta nuestra privada exposición de curiosidades compartidas.

Perdonad mi atrevimiento, pero sinceramente creo que si pusiéramos un poquito cada uno, en esta entre todos nueva colaboración, no pasarían tantos Años Luz -cómo diría María Jesús- sin que supiéramos unos de otros.

En espera de vuestros comentarios, decisiones y críticas, recibid un cordial abrazo y saludo de este amigo.

domingo, 27 de septiembre de 2009

ESTE PASADO DOMINGO

Los diferentes contrastes emocionales que me producen un nuevo amanecer, hicieron que como cada matinal mañana de domingo, después de acicalar minimamente mi masa corporal, e introducirme en mi ajustado negro chandal con el que parezco el muñeco de Michelín, saliera para infiltrarme en las Dunas y avanzara sin rumbo fijo por su arboleda, por donde disfrutar del empapado bosque, sintiendo y oliendo la humedad ambiental que presentaba la naturaleza tras las pasadas lluvias del día anterior.

Pero tras una cansina y corta caminata, decidí dar marcha atrás, coger mi vehículo y emprender en solitario una excursión a ruedas con mi navegador GPS particular que son las ansias de descubrir, el cercano pero desconocido entorno de mi Puerto.

Me avergüenzo de mi mismo, por desconocer los límites de mi propia población, de ignorar donde empieza y donde termina mi ciudad.

En la mente llevaba las imagenes del pasado día, en que tras los cristales de los ventanales de mi hogar, contemplaba la esperada pero siempre inoportuna lluvia. Esa intensa tromba de agua, acompañada de resplandores de luces que provocaban los sucesivos relámpagos que se producian, y que con los retumbados truenos me sobrecogía.

Mi exiguo viaje, se desarrolló por lo más lejano de los polígonos industriales del Puerto. Donde pude comprobar la barbarie que con el medio ambiente se está cometiendo bajo la excusa del imparable y necesario desarrollo.

Comprobé boquiabierto, la infinidad de pavimentadas explanadas y asfaltadas carreteras, que acordonan, aplastan, aislan y entierran a criaturas ínfimas que para nada cuentan por no pertenecer a esa categoria de especies en extinción y no tener el renombre: del oso, del tigre, del camaleón, del lobo o del lince.

Zonas pantanosas y extensos humedales, que con una rica microfauna, se la desprecia, por el insignificante tamaño de sus seres vivos.

Observé, como siguen construyendo naves y más naves industriales, a sabiendas de que no hacen falta, porque gran parte de las ya construidas se encuentran aún vacias y otra parte de ellas a punto de sus negocios cerrar.

Mi insociable expedición, me proporcionó el placer de visionar unas especies de asustadisas aves desconocidas para mi, o por lo menos no recordaba haberlas visto con anterioridad, salvo en los televisivos documentales.

Cómo inesperado espantapájaro, ahuyentaba a todo bicho viviente al que me dignaba acercar, al contrario que en mis queridas Dunas, donde formo ya parte, de la paisajística aurora dominguera.

Siguiendo el trayecto, mi desamparada odisea terminó por llevarme al Poblado de Doña Blanca, donde unos gratos recuerdos de mi adolescencia me vinieron a la memoria, dado que en más de una ocasión, allí llegaba junto con un grupo de amistad, en nuestras bicicletas BH, parando en su plazoleta única y principal, donde en el bar del Poblado, comprábamos unos litros de Casera de naranja o de cola para saciar la desesperante sed, a la vez que degustábamos los bocadillos de mortadela o chorizo, mientras descansábamos apostadamente sentados sobre unos escalones, que después del largo transitar encima de la bici, nos parecían comodísimos butacones.

Y hora y media después camino de vuelta, compré el Diario de Cádiz y unos churros, y de nuevo en mis Dunas, me acomodé en una de las mesas de hormigón, donde me regalé un opíparo desayuno, que me puse como el Conde de Romanones.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

PINCELADAS DE TRISTEZA

Una nueva estancia hospitalaria llegaba a su fin. Y tras veinticinco interminables días con sus correspondientes noches, en esa solitaria y fría habitación del sanatorio, salía Esteban acompañado de un matrimonio amigo, tras su reciente y fracasado intento de privación voluntaria de su vida.

Las continuas angustias, depresiones y ansiedades, le habían dado lugar otra vez, a querer acabar con sus amargas penas, cortándose nuevamente sus maltrechas venas.

No era la primera, ni sería la última ocasión, en que este joven pintor atentara contra su existencia, amparandose en sus desavenencias consigo mismo.

Psicólogos y Psiquiatras no daban con la tecla, después de varios años de revisiones, tratamientos y sesiones psicoterapéuticas, para reconducir su atormentada mente, con la que poner fin a tan individuales y trágicas decisiones sobre su persona. No encontraban estos especialistas, la manera de sonsacarle toda la información que necesitaban de su oscuro interior, ni de desentrañarle sus abrumadores misterios. Sabían que algo les ocultaba y que seguramente ese algo, sería la clave y el responsable de sus trascendentes y fatídicos actos.

Este joven y autodidacta pintor de 34 años, vivía en una casa señorial. Ya sin padres y siendo vástago único, suponía la terminación de una estirpe que había representado durante varias generaciones un renombrado linaje en nuestra ciudad.

Desde la temprana edad de la adolescencia, resaltó por su actitud hippi y estilo bohemio sobre su vida. De espíritu libre y nada convencional, se formó individualmente a si mismo, empezando a fraguarse un tipo de existencia desordenada e inconformista con todo lo establecido a su alrededor.

Su particular instrucción y desarrollada pintura, quedaba reflejada en lienzos que brillaban por sus claroscuros bodegones, seniles retratos, siniestros paisajes y enigmáticos desnudos.

Los apagados colores empleados en sus telas y tablas, transmitían un decadente y progresivo estado de ánimo, que era fiel reflejo de sus amarguras, desdichas, frustrados deseos y personales derrotas.

Las dedicadas e inacabables jornadas a su vocación, no tenían principio ni final, ya que en los mismos habitáculos que le hacían de improvisado taller, mismamente pernoctaba.

No tenía establecido horarios ni descansos. Y mal alimentado, por la ingesta solamente de vino y frutas, estaba entrando en un estado de salud precario, que le agudizaba más aún su inestable raciocinio mental.

Sin la colaboración de ningún representante, algún mecenas, un desinteresado bienhechor, o galerista cualquiera, sus acabadas obras dormían en el olvido, en la torreta principal de su majestuosa pero vacía y solitaria vivienda. Finca de la que se fue poco a poco deshaciendo. Y mal vendiendo a avispados anticuarios: los vestigios, antiguallas y reliquias del mobiliario. Así como del ajuar y del valiosísimo menaje de sus queridos antepasados. Todo, para poder seguir subsistiendo, ya que era incompetente como nadie para vender cuadro alguno.

Su adolescencia quedó marcada por unos desorbitados sentimientos hacia su prima Elena y su amigo Rafa. Le perseguía la memoria de aquellos maravillosos años, en que en los termales baños, quedaba absorto al contemplar la descubierta espalda con sus marcadas paletillas de su prima, que nunca acarició pero en silencio deseó, así como del desnudo torso de su amigo, que aunque siempre quiso jamás besó.

Ese triángulo de profunda e inseparable amistad, fue su delirio de gozo y más adelante la frustración que le condujo a su permanente y penoso calvario. Ya que la prolongada e idílica confraternidad, terminó en una relación de pareja entre sus dos ansiados e inconfesables amores.

Perdido el encanto de ese terceto de pasión, cayó en un profundo agujero negro que le absorbía su vitalidad, sus aspiraciones, su intelecto y su juicio. Y como solitario náufrago en medio de un inmenso océano de dificultades, se dejaba caer de cuando en cuando hacia las más oscuras profundidades, en modo de intentos de suicidios. De los que hasta ahora, desgraciadamente para él, nunca airoso había salido.

Esporádicas visitas de este dúo de inseparables amigos, recibía en su particular ambiente y morada. Y su fragilidad emocional, debida, a estos a la vez dos desengaños amorosos, era una constante que estaba presente en su rutinaria vida y pictórica obra.

Y de tarde en tarde, se le veía abandonar su reducido hábitat y adentrarse en un cercano bosque, donde periódicamente retocaba en el tronco de un ancestral eucalipto, unos gráficos que representaban un aparente corazón con los nombres de los tres protagonistas. La renovada y caduca fina piel del tronco de este árbol, le hacía que con indeterminada frecuencia visitara, este su más preciado tesoro de su adolescente juventud, para que la madre naturaleza y la huella del tiempo, no terminaran por difuminar, este para sus adentros, sui géneris mapa de amor.

jueves, 3 de septiembre de 2009

EL SONAJERO

María tuvo que alargar corriendo la mano hacia la mesita de noche, para alcanzar las gafas que le confirmara que ese hombre que estaba en su cama y la estaba amando era su marido. Pues el agradable trato, cariño y pasión a la que estaba siendo sometida, era sorprendente y desconocido para ella.

Su marido Roberto, se esforzó hasta la extenuación para intentar satisfacer a su esposa, hasta el punto, de que el agotamiento le dejó sin fuerzas ni para hablar.

María no quería ni preguntarle que es lo que le pasaba y tras unos instantes de jadeante descanso de él, lo primero que le dijo a su marido fue: ¡Muchas gracias, cariño!

Seguidamente le hizo la observación, viendo que no hacía por levantarse, de que eran casi las ocho de la mañana y que llegaría tarde al trabajo, a lo que este, con un exhausto habla le anunció: que no pensaba ir más al maldito taller.

Si antes la había dejado con sus mimos y caricias ya sorprendida, ahora con este comunicado, quedó totalmente perpleja.

No tuvo más remedio María, que preguntarle a su pareja por lo que le estaba ocurriendo, a lo que él escuetamente le contestó con un: ¡Es que anoche, estuve muerto!

La asombrosa contestación recibida, la dejó totalmente sin reacción. Y callada quedó esperando a que él le siguiera explicando lo que le estaba pasando.

Tras unos instantes de sepulcral silencio, comenzó Roberto a relatarle la secuencia que la madrugada anterior había "vivido" y que fue la siguiente:

-Me vi delante de dos seres que se me presentaron como Dios y Satanás, los cuales me comunicaron que había fallecido y que se encontraban deliberando con cual de ellos me tendría que marchar, ya que la balanza del Bien y del Mal sobre mi persona y mi paso terrenal, se encontraban en una misma igualdad.

-Que me habían llamado a su presencia, porque en estos casos, dejaban que el "interesado", expusiera los comentarios y los datos que quisiera aportar, para determinar con ello el desequilibrio final de la balanza.

-Les dije que con mis 42 años de vida, me parecía un autentico atropello y una injusticia llegar tan pronto a este tan triste final.

-Que aunque tenía mucho que decir, más tenía que callar.

-Y les conminé a un acuerdo, que consistiría en dejarme una jornada más de vida con la que poderla compartir con mi Mujer y con mi pequeño de unos meses Dani, a cambio de aceptar marcharme indefinidamente al Infierno.

-Que Nuestro Creador, no se mostró muy conforme con mi ofrecimiento, pero que como es un "Ser" de pocas discusiones, aceptó a regañadientes mi propuesta, de la que el demoníaco Lucifer, se frotaba las manos de placer.

María no podía creer lo que acababa de escuchar, e intentaba convencer a su marido, de que todo ello formaba parte de una maldita pesadilla. Pero Roberto sabía, que ella era la equivocada y que todo lo relatado de la pasada noche, nada tenía que ver con angustiosos y temerosos sueños, sino con la auténtica realidad.

No quiso seguir su mujer contradiciéndolo. Y lo dejó que fuera actuando a su capricho y antojo durante todo el día, esperando y confiando que con la terminación de la jornada, él se desengañara y aceptara que el origen de tales alucinaciones y delirios provenían de un maldito sueño.

Por si acaso, le preguntó su señora, si tenía algunos asuntos de papeleos que dejar arreglado, a lo que Roberto le contestó que no pensaba perder ni un minuto de su último día de vida, con: bancos, últimas voluntades, aseguradoras, testamentos, ni notarios.

Y a media mañana, Roberto, María y su chiquitín Dani, marcharon a un cercano parquecito, donde el pequeño bebé disfrutaba sentadito junto a sus padres a la sombra de unos generosos árboles, contemplando el jugar de otros críos, algo mayores que él, entre toboganes, balancínes, laberintos y columpios. A la vez que curiosamente giraba la cabeza y alzaba la vista, con cada revoloteo de los variados y coloreados pajarillos, que con sus inconfundibles cantos y diferente piar, animaban el parquecillo.

Terminado el disfrute de la estancia familiar en el parque, llevó Roberto a su mujer a un bar que solían frecuentar, donde sabía él que a María le gustaba tomar unos aperitivos y también tapear.

Poco después del ligero almuerzo -ya de vuelta en casa- y de una pequeña siesta del bebé, la cual aprovecharon sus padres para regalarse reciprocamente una nueva apasionante sesión de desenfrenado amor, se encaminaron a la playa, donde pasarían la jornada de tarde.

Allanado en la orilla con su pequeño Dani, Roberto le distraía con el vaivén de las olas, los cubitos de arena y las diferentes y variadas conchitas marinas. Mientras que María, sentada bajo la sombrilla, a su marido e hijo desde lejos los miraba, y a la vez intranquila meditaba.

En esos momentos sonó el móvil de su pareja, y ella lo destapó comprobando que era un mensaje proveniente del número "666", creyendo que se trataba de una macabra broma, le dio a la tecla de leer mensaje, y le apareció un texto que decía: ¡Según nuestro acuerdo alcanzado, dentro de unas horas pasaré a recogerte, espero que estés preparado. Belcebú.!

Casi le da un infarto a la pobre María. Y apresuradamente borró el mensaje del móvil para que su marido no lo descubriese, no fuérase que este se atormentara más de lo que ya lo estaba.

Roberto, disfrutó de una jornada vespertina playera junto a su pequeño Dani, como jamás lo había hecho nunca.

Y ya de regreso en el hogar y llegada la noche, sentado en su habitual butaca mecedora, pensativo se encontraba en: que ya no volvería a cambiarle unos pañales a su hijo, en que dejaría de verle esa carita que medio tapaba su amplio chupete, que ya no lo lavaría más en esa recién estrenada bañerita, que ya jamás disfrutaría con su corretear y sonoro andador por el pasillo y el salón, y sobre todo, que no vería -mientras envejecía junto a su amada María- crecer a su pequeño Dani.

Reflexionaba, pero aceptaba que le había merecido la pena, haber vendido su alma al Diablo y con ello vagar infiernamente toda la eternidad, a cambio de gozar las últimas horas de su vida junto a sus seres queridos. Y se llevaba en la mente y en el corazón, -entretanto se le empezaban a caer los párpados y con ello a cerrar los ojos de un inesperado "sueño"- la imagen de María conteniendo como podía el llanto para no preocupar a su bebé, -aunque se le escaparon unas lágrimas- y la del pequeño que en el regazo de su madre, -ajeno a lo que estaba aconteciendo- con la noble y sincera sonrisa que brilla y alumbra la cara de los críos, miraba a su padre mientras con una manita abrazaba su favorito peluche y con la otra meneaba y hacía sonar su gratificante y distraído sonajero.