sábado, 31 de octubre de 2009

AQUELLOS INOCENTES QUINCE AÑOS

Con su edad, que adolecía de experiencias de la vida y más aún en el ámbito afectivo, le llevó a empezar a RESBALARSE en ese apasionante mundo, que “dicen” es el amor. Y es que aquellos inquietos quince años, le pedían algo más que trabajo y diversión.

Con un cuerpo predispuesto para todo, una alterada sangre primaveral y una a flor de piel ansiosas ganas de cariño, pronto llamó el amor a la puerta de su corazón. Ya que se había obsesionado con una joven de largas coletas, extasiante perfume y seduciente andar, que le cegaba la visión y le tenia trastocada su novel razón.

Tras los visillos de su ventana todas las mañanas la veía pasar, sabia que llevaba el mismo camino que él, pero no adivinaba como entrarle, ni que excusa inventarse para entablar una conversación con la que poder acercarse a su adorada muchacha. A media distancia, diariamente la seguía como un perrito faldero sin necesidad de perseguirla, pues coincidían en horarios y en casi lugar de trabajo.

Su silueta la tenía memorizada en su mente y se imaginaba como podría ser cada centímetro de piel de su cuerpo, con la que soñaba algún día poder tocar, acariciar y abrazar.

Estuvo durante meses ideando la manera de dirigirse a ella, llegando a la inocente conclusión de que en invierno y con la lluvia, tendría quizás su mejor ocasión. Y mientras tanto, contaba con tiempo suficiente para pensar de qué podría hablar -si llegara a conseguir su amistad- para ablandarle el corazón a su amada chica.

Algún que otro día, se acercaba demasiado -casi a diez metros- y es que el rastro que le iba dejando ese penetrante olor a jazmín le embriagaba, ya que este le actuaba como un imán que atrae a su amansado metal. Aún así, se contenía en espera de mejor momento y situación.

Esperaría, a que un lluvioso día le diera la oportunidad que tanto tiempo llevaba esperando. Su estrategia consistiría, en ofrecerle su paraguas si ella no llevaba, o bien al contrario si esta disponía de él, él iría corriendo sin el suyo y se pondría a su lado mojándose, esperando a que la chica le ofreciera amparo de la lluvia bajo el suyo. Creyendo el joven, que con que le reconociera como el amigo de un hermano suyo, eso le bastaría.

El trayecto hacia su trabajo, le suponía un flotar entre nubes de algodón, por la sugestión que le provocaba, el aura que desprendía a su paso la muchacha.

Pero la temporada de lluvias casi se acababa y nada, entre lo poco lluvioso que estaba siendo aquel invierno del 74 y que cuando llovía algo, no le coincidía con el horario que él necesitaba, se le estaban acabando los días en que podría poner en práctica, su infantil diseñado plan.

Y una infernal mañana de primeros de Marzo, se presentó el momento adecuado. Llovía a mares y tras su ventanal comprobó que la joven llevaba un ligero paso y también un espléndido paraguas, que por su amplitud y envergadura más bien parecía una sombrilla de playa. Por lo que aprovechó y salió corriendo de casa para darle alcance, pues ya le llevaba unas decenas de metros de ventaja y tenía que ponerse a su altura para que ella le divisara, le contemplara y de él se apiadara.

Pero en la feroz carrera por alcanzarla, RESBALÓ por la acera mojada y al suelo cayó. Se incorporó de inmediato, y ya algo mojado y medio cojeando a su altura llegó. Con una impertérrita mirada, ella le ojeó de arriba a abajo, y como quien mira a un contenedor de basuras, así le trató y le ignoró.

Casi a la par llegaron a sus centros de trabajo. Ella con su intacta estampa por sus botas de agua, su chubasquero y su imponente paraguas, y él, hecho un adefesio, todo empapado como una jocifa y con el corazón hecho trizas.

Él, que se hubiese conformado con una ligera sonrisa, quedó derrotado de esa primera batalla de profundos sentimientos. Y cabizbajo meditaba sobre su inexperiencia y su fracaso.

Comprobó que esa despreciativa mirada, fue suficiente para desbaratar su poca consistente y ridícula maquinación, que le llevó, a que se le desplomara como un simple ídolo de barro, la figura de su adorada efigie.

Y con su inocente e ingenua edad, el ánimo por los suelos y la humillación en su rostro, juró este “aprendiz” del trabajo y de la vida “que no volvería a fijarse en una mujer”. Pero el “Simpecado” joven, cometió perjurio en varias ocasiones, porque no sabía él, que el destino le tenía reservado alguna que otra situación más, con la que poder RESBALAR en ese apasionante mundo, que “dicen” es el amor.

miércoles, 28 de octubre de 2009

"SIMPLEMENTE", MUCHAS GRACIAS

De bien nacido, es ser agradecido. Por lo que no puedo quedarme impasible ante esta avalancha de adhesiones y apoyos que me habéis mostrado, y debo daros las gracias.

No seria justo, sobre todo con todas mis compañeras, que permitiera que "pesaran" más unas opiniones extraoficiales, que el conjunto de comentarios del grupo que ellas -junto conmigo- formamos, y que a diariamente compartimos: anhelos, curiosidades, ilusiones, anécdotas o simplemente a través del blog “charlamos”.

Hay veces en las que te tocan los cimientos en los que uno se sostiene y como un terremoto provocan unas sacudidas comprensivas con tal momento que se vive.

Sin pecar de falsa modestia, creo no ser merecedor de algunos exagerados comentarios que me habéis regalado, que sinceramente me abruman y me sonrojesen. Pero pecaría de falso, si negara que me complace y me reconforta saber que aceptáis la manera y la forma de contar mis historias, y que sin necesidad de compartir el fondo, lo respetáis.

Efectivamente, como muy bien habéis explicado, estos nuestros blog que con tanta laboriosidad hemos trabajado cultivando y abonando con nuestras particulares entradas durante este tiempo, y que regularmente recolectamos sus frutos en modo de fraternales comentarios, no vamos a consentir que ninguna auto-invitada plaga -de hirientes críticas- arrase con nuestra cosecha.

Comunicarles a mis lectores detractores, que si son masoquistas, van a seguir teniendo la oportunidad de disfrutar padeciendo o padecer disfrutando con mis escritos, porque van a tener raciones de más de lo mismo.

En otro orden de cosas, deciros que sobre el mencionado ofrecimiento de la Web Gente del Puerto, lo he pensado, meditado, consultado y recapacitado, llegando de momento a la conclusión de que no le encuentro cabida a mis entradas en dicha Web, que no me creo merecedor de ello y que además me da mucha vergüenza. Por lo que en principio, dejemos las cosas como están hasta ahora. Pero muchísimas gracias a todos por vuestras animosas sugerencias.

El cariño que me habéis mostrado, no pueden caer en saco roto, y ha sido suficiente para deciros que no os preocupéis, que no tan fácilmente “os podrán librar de mi”.

¡Hasta muy pronto!



Acotación.
Con tu marítimo nombre enmascarado tras las siglas C.P.O. que das brillo y color a los arrecifes y al fondo del mar, te encuentras desde la lejanía, presente entre nosotros. Y siempre serán bienvenidos tus comentarios sean de la índole que sean. Estás sobradamente invitada a que participes en nuestro comunicativo festín, sin tener que darnos explicación alguna, de porqué en ocasiones te ves en la necesidad de intervenir a corazón abierto.
Mi más sentido agradecimiento por todo lo que tu ya sabes y ¡déjate notar!

jueves, 22 de octubre de 2009

jueves, 15 de octubre de 2009

HARÁ MÁS DE TREINTA AÑOS YA

Hará más de treinta años ya, que el destino me concedió el grato honor de conocerlos.

Creo recordar, que fue en unas navidades que junto a su hijo y otros amigos, fuimos a su siempre acogedor hogar y allí les conocí. Lugar en el que un bullicioso conjunto de hijos de todas las edades más otros parientes, ambientaban de lo lindo aquella íntima reunión familiar. Y se me ilumina el semblante, cada vez que rememoro aquellos agradables momentos, que junto a mis amigos y su familia, con ellos compartí.

En todos estos años, con más o menos frecuencia no he dejado de verlos. Yo creo contemplarlos, con la misma fresca y lozana imagen de siempre, como si el tiempo no hubiese pasado por ellos. Aunque reconozco, que me traiciona el cariño que les siento, y que desgraciadamente no es así.

Sus ya casi octogenarios pasos por la vida, les ha dejado -como es natural después de sus históricas briegas de existencia- mermadas algunas facultades físicas -sobre todo a ella-, que sin embargo no le impide fajarse a esta como una Amazona, para enfrentarse diariamente a la difícil tarea de ama de casa, madre, abuela y esposa.

Este querido y humilde matrimonio, trajo a este mundo una descendencia significativamente numerosa, la cual, ya les dieron sus frutos con innumerables nietos e incluso algún que otro biznieto.

De buena tinta se, que el gran afán de ella, es tenerlos a todos juntos y a su alrededor. Y de él -con sus aproximadas dos décadas de ganada y merecida jubilación- que se ha convertido en un tardío narrador, que levanta la sana envidia de cualquier aspirante a escritor.

Casi todos los días a temprana hora de la mañana, se les ve bajar de su modesto hogar -un piso en una planta alta de unos bloques de viviendas sin posibilidad de ascensor- y dirigir su marcha hacia el camino de los enamorados -nombre que muy fácilmente podría haberse puesto en homenaje a ellos- donde él, acomoda su de siempre tranquilo andar al ya dificultoso de ella, y emprender el recomendado y necesario caminante paseo hasta La Puntilla. Donde al llegar, realizan la ganada y obligatoria parada de descanso, antes de iniciar, el pausado camino de vuelta.

El regreso, les conduce a su acostumbrada visita a un supermercado de la zona, donde realizan las necesarias diarias compras para el hogar. Faena, que les entretienen, les dan vida y de camino saludan a algún conocido amigo o a alguna que otra vecina.

Siendo aquí, donde yo hago mi usual aparición y me los suelo encontrar. Con él, realizo un trueque de ¡Buenos Días! de respetuoso saludo, y con ella, intercambio un par de besos, con los que sellamos nuestro mutuo cariño y afecto.

Y esta común pero entrañable para mi, rutinaria escena de las mañanas, espero y deseo de todo corazón, seguir reviviéndola por mucho tiempo.

domingo, 11 de octubre de 2009

Situación difícil de olvidar para mi.

Creí que hoy sería como todas las mañanas, en que disfrutaría durante unos momentos del típico matutino café. Pero no fue así.

Cuando no había hecho más que empezar a saborearlo, apareció por el bar un antiguo vecino de mi desaparecida barriada 18 de Julio, con una señora borrachera de altos vuelos.

Nada más reconocerme, se me abalanzó dándome un abrazo como nadie hasta ahora me lo había dado. De su boca salían halagos de alegría como si tuviera un altavoz, y con la media lengua típica de los borrachos apenas se le entendía lo que quería decir.

Para mi, el espectáculo era dantesco y digno de una película de Cantinflas, por lo que no sabía donde meterme, lo normal para una persona casi solitaria, tímida y vergonzosa como yo.

No paraba de dirigirse a mi, con primo para allá y primo para acá, aunque por suerte para mi no pertenece para nada a mi familia. Y es que desde pequeños, la suya, nos ha tratado así, por la cuestión de que vivíamos en la misma calle a solo unos veinte metros su casa de la mía, además de que tienen los mismos apellidos que nosotros pero al contrario.

Como para mi, la situación se estaba convirtiendo en un papelón vergonzoso e insoportable, ya que las miradas de todo el bar estaban siendo dirigidas hacia nosotros y yo me estaba poniendo más rojo que la sangre, decidí dar un último y rápido sorbo a mi recién comenzado café, depositar un euro como abono de mi consumición y despedirme a toda prisa como el que tiene que ir a apagar un fuego.

Raudo y veloz, como delincuente que es perseguido por la policía, me entremetí en el pinar más cercano, para tomar unas bocanadas de aire puro y fresco con lo que poner fin a tan singular, incómoda y lamentable escena del bar. A donde ahora mismo, mientras estoy escribiendo, estoy sopesando si mañana tendré la vergüenza de aparecer por allí o no.

viernes, 9 de octubre de 2009

................y Clara, decidió cambiar de cuna.

Clara vino al mundo antes de tiempo y en medio de un conflictivo parto, que originó a la madre una estancia hospitalaria más larga de lo normal y a ella una obligada permanencia de unas semanas en la sala de Neonatos.

Los dos primeros días de vida, venía por forzosas visitas su Padre -mientras la Madre se recuperaba descansando en una habitación del hospital-, a mirarla toda encableada ella tras la transparencia de la incubadora, sin que la dirigiera la más mínima palabra de aliento y de cariño, con lo que empezó ella a pensar, que vaya progenitor más seco le había tocado.

A partir de su tercer día, asistían a verla ya sus dos ascendientes y lo que creía ella que iba a suponer unos minutos de felicidad, se convertían en unos momentos de jaleos y discusiones entre sus Padres ante su incubadora y en plena estancia de Neonatología, con lo que comenzó a sospechar de la mala relación que los dos mantenían.

Pero se consolaba la bebé Clara, queriendo entender que sería, los nervios del primer momento de unos novicios Padres, ante tan importante acontecimiento.

Tras varias semanas del alumbramiento, fue llevada a planta a la habitación de su madre - que se estaba terminando de recuperar de unos problemas durante y posparto-, con lo que creía ella, que cambiarían las cosas del tira y afloja que constantemente mantenían sus Padres y que había padecido en las aisladas visitas que los días anteriores les habían ofrecido.

Sin embargo, no fue así. Y lo que había presenciado en salteados momentos en la silenciosa sala de incubadoras, se acrecentó de manera ostensible en aquella nueva estancia hospitalaria, donde, desde su recién estrenada cunita de habitación, malvivía contemplando y escuchando los continuos altercados y las habituales disputas de sus queridos Padres.

Aquel ambiente no era el más idóneo para la reciennacida. Ni sus continuos llantos conseguían interrumpir las frecuentes peleas. Y el mutuo respeto entre ambos, el gozo y la felicidad, brillaban por su ausencia.

Estaba teniendo Clara, unas primeras semanas de vida de auténtica tortura, llegando la pequeña incluso a sopesar la conveniencia o no de seguir manteniéndose con vida, dado el inapropiado seno familiar al que la cigüeña la había traido. Porque si esto le estaban formando en pleno hospital ¿qué desagradables sorpresas contemplaría y padecería desde la cuna de su hogar?

Siguió soportando a sus Padres unos días más. Y llegó a enterarse por fin del porqué de esa mala relación de sus progenitores.

Su llegada a este mundo había propiciado esta fuente de conflictos, ya que no había sido un embarazo deseado, ni fue un bebé buscado, ni brotó como fruto de un apasionado amor. Más bien, fue el producto de un accidente en un intercambio de desahogo sexual entre dos personas, que ni se querian, ni tenían nada en común.

Y con esta triste información recibida, ya no se lo pensó más y decidió cambiar de cuna, esperando tener más suerte en la próxima ocasión. Con lo que en la siguiente madrugada, realizando un esfuerzo sobrehumano, dejó de respirar la pequeña Clara.

Entre los varios motivos del fatídico fallecimiento que les explicaron a los Padres el personal Sanitario, se encontraba la Muerte Súbita, que es la muerte repentina e inesperada de un lactante aparentemente sano.

En las siguientes horas, se la practicó la correspondiente necropsia, se la lloró y se la "incineró".

Pero en un futuro no muy lejano e indeterminado periodo de tiempo después, una nueva y diminuta criatura surgía de entre "sus propias cenizas" como el Ave Fénix, llegando de nuevo la pequeña Clara a un lozano nido, donde unos acogedores y amantes Padres, la recibieron con los "brazos abiertos" mostrándoles un recíproco Amor y a su flamante nueva cunita.

jueves, 1 de octubre de 2009

PEQUEÑO GORRIÓN

Sobre las ocho y media de la mañana de hace pocas fechas, contemplé como una diminuta ave se estrellaba contra un monumental escaparate de un negocio. Cuando me acerqué para verificar la dimensión del suceso, pude comprobar que el desgraciado pajarillo era un pequeño gorrión.

Y es que las grandes cristaleras de los locales comerciales como de otros edificios, ocasionan un efecto espejo que les provoca estos mortales impactos.

Recogí a la avecilla y pude constatar que dificilmente respiraba pues estaba agonizando. Por lo que decidí inmediatamente acercárlo a los pinares para que su desgraciado final le llegase rodeado de la madre naturaleza. Es lo único que podía hacer por él.

Y aún asi, mi acelerada carrera no fue suficiente y se me murió en las manos antes de conseguír llegar a las Dunas. Derramé unos lagrimones y lo deposité en la superficie del bosque para que la naturaleza hiciera el resto y siguiera su curso.

Pasé un día más triste de lo normal. Y por la noche cuando bajé a tirar la basura, llevaba en mente una retorcida e infantil idea.

Cuando deposité los resíduos, me encaminé hacia el mencionado escaparate comercial. Provisto de una munición que constaba de dos diminutas piedrecillas, y con alevosía y nocturnidad, apedreé la cristalera del local comercial con más rabia que fuerza, pues no le ocasioné el más mínimo estropicio ni arañazo.

Lo siento, pero ya he dicho en varias ocasiones, que no soy un ciudadano ejemplar, ni modelo de persona a seguír o a imitar.

Esta actitud visceral, fue un arrebato de desahogo y una acción que como mínimo -para vengar su muerte- le debía al pequeño gorrión.