viernes, 27 de noviembre de 2009

PERO, YA NUNCA FUE LO MISMO CON ELLA...DESDE AQUEL DÍA EN QUE NOS CASAMOS

Ese mágico ambiente que existe, que se palpa, que se respira y que se vive mientras coexistimos en esos periodos de tiempo antes del matrimonio, se desvanece, se evapora y se difumina, generalmente cuando nos casamos.

Las noches que hasta las tantas de la madrugada, compartimos con la copa en la mano en aquellas arrinconadas mesitas y acogedoras penumbras de los diferentes pub y cafeterías. Y en aquellas salas de cine, la de películas que nos tragamos consumiendo coca-colas, quicos y palomitas. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los paseos que por las pedregosas veredas de nuestro entorno, agarrados del brazo y conversando de nuestros anhelos disfrutamos. Y esas visitas de compromiso, que a nuestras comunes familias les parecían siempre inoportunas y a nosotros atragantados aprietos padecimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Las mutuas charlas, sobre nuestros dudosos planes de futuro por las penurias económicas que nos rodeaban, que llegamos a mantener. Y aquellos bailes en verbenas de barriadas, discotecas, ferias y guateques que agarrados de la cintura gozamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

La de discusiones, jaleos, porfías, debates, altercados, berrinches, riñas, sermones, regañinas, rapapolvos y peleas que tuvimos. Y la de comercios, establecimientos, negocios, locales, almacenes, puestos, bazares, dependencias y tiendas que juntos frecuentamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Las agotadoras jornadas en la playa de las Monjas y de los Curas, en las canteras de Puerto Real, en las cataratas de arena o en las casetas de Feria que vivimos. Y la de exhibiciones, muestras, exposiciones, certámenes, presentaciones, escaparates y festivales que visualizamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

En esos bancos de plazoletas, los cigarrillos, las arropías, las pipas, las castañas tostadas y los secretos que compartimos. Y en la de acampadas, viajes, desplazamientos y excursiones que siempre intervinimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los desayunos, aperitivos, tapeos, almuerzos, meriendas y cenas que degustamos. Y la de bautizos, bodas, velatorios y comuniones que juntos presenciamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Esas comprensibles copitas demás que nos tomamos disfrutando de navidades, carnavales, ferias, semanas santas y cumpleaños. Y las incansables horas de parchís, cartas, ocas y loterías que junto a compañeros, familiares, conocidos, convecinos y amigos departimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Los sabrosos helados, que las calurosas tardes veraniegas degustamos en las terrazas de aquellas heladerías, mientras opinábamos sobre los paseantes ciudadanos. Y los llantos, las risas, las tristezas, las alegrías, las lágrimas, las carcajadas, las penas, los gozos, las euforias, los lamentos y toda clase de sentimientos que acompañados vivimos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos.

Y es que se perdió esa complicidad, ese encantamiento y ese embrujo que habitó entre nosotros mientras perduró esa transitoria relación. Con sus afectuosos saludos, con sus sinceros abrazos y con los intercambios de besos que nos regalábamos. Pero, ya nunca fue lo mismo con ella…desde aquel día en que nos casamos…cada uno con su pareja.

viernes, 20 de noviembre de 2009

ÚLTIMA HOMILÍA

Os he reunido extraordinariamente hoy aquí a todos mis fieles feligreses para anunciaros que este será mi último sermón.

De sobra es sabido, que provengo de una ferviente familia, donde todos sus componentes se han distinguido en mayor o menor medida por la devoción a las Santas Escrituras.

Desde muy joven, me inculcaron la Palabra de Dios y la Doctrina Bíblica como el verdadero camino a seguir en la vida. Hasta tal punto, que ingresé para la formación eclesiástica a una edad tan temprana como el Alba.

Sabía que ir al Seminario, me aportaría una enriquecedora Relación Espiritual con Jesús.

Mi aprendizaje de Seminarista, transcurrió durante nueve agotadores y a la vez apasionantes años. El primer año “pre-seminario”, fue para ir conociendo a Dios mediante la oración y el encuentro con el Resucitado. Los tres años siguientes, realicé los estudios de “Filosofía” como la rama del saber. El quinto año ejercí mi “Año Pastoral”, tiempo en el que tuve que demostrar en un destino Parroquial mis conocimientos de los cuatro años anteriores. Y mis cuatro últimos años de formación Seminarista, los dediqué a los estudios de las ramas de la “Teología”.

Cumplí con rigor, los establecidos cánones que rigen el periodo de formación en el Seminario. Dediqué más horas de maitines que nadie, en pos de la Verdad. Me aprendí de principio a fin del Antiguo Testamento los 21 libros históricos, los 7 didácticos y los 17 proféticos. Y del Nuevo Testamento los 5 libros históricos y los 21 didácticos. Para todo ello, además del Latín, me especialicé particularmente en Griego, Hebreo y Arameo.

Durante mi Vida Litúrgica de Seminarista, siempre actué respectivamente acorde a los tiempos de: Adviento, Navidad, Cuaresma, Pasión, Pascua y Pentecostés, con una Meditación y una Esperanza dignas del mejor Pastor.

Siempre sostuve, que el Seminarista no nace en el Seminario, sino que ya lleva ese compromiso, ese entusiasmo y ese fervor por la Fe en Dios, en su propia sangre.

Mi Ordenación Sacerdotal, fue una fiesta para mi familia, mis amigos y para las familias de mis amigos. Y en todo este tiempo, como un verdadero Discípulo, he divulgado la Sabiduría y los Sagrados Textos del Evangelio entre todos mis feligreses con una desmedida Pasión.

He sostenido de siempre, la absoluta infalibilidad y ausencia de todo error de la Biblia, estas Santas Escrituras que todo lo explican. Comprendí perfectamente el Mensaje de los Libros Santos.

Como ya sabéis, hace poco acabo de “celebrar” mis Bodas de Plata de mi Sacerdocio. Tiempo que me ha dado para realizar miles de celebraciones religiosas entre la Santa Misa, el Enlace Matrimonial, la Eucaristía de la Comunión y de Confirmación, el Sacramento del Bautismo, Procesiones, Misas de Difuntos, Ofrendas Florales, etc. etc. etc.

Mis peticiones de Ora Pro Nobis al Santísimo, siempre llevaban una sobrecarga de Ilusión y Esperanza más allá de lo normal.

Como Presbítero de mi Parroquia, he sido el Pastor y Guía de mi comunidad Cristiana que durante todos estos años he difundido La Pastoral, con una Devoción y un Misticismo a prueba de toda duda de mi compromiso con la Palabra de Dios.

Mi fidelidad a Él, continuamente estuvo argumentada. Y la Corona de Espinas y la Herida Abierta en el Corazón de Jesús, fueron la estrella que me ha guiado de siempre en este Camino del Señor.

Mi capacidad de escucha, dialogo y comunicación en esos habituales encuentros Catecumenales, no han hecho más que refrendar mi solidaridad con la Juventud, la Familia y la Infancia. Y he divulgado durante todo este tiempo las diferentes maneras de servir a nuestro Divino Creador.

Mi Veneración al Espíritu Santo, mi Devoción por el ritual gesto de la Señal de la Cruz, el que El “Verbo” se hizo carne y habitó entre nosotros y la explicación de la Santísima “Trinidad”-palabra esta que por cierto no figura en la Biblia- han sido referente en toda mi trayectoria Sacerdotal.

Mi ceremonia Litúrgica se ha adaptado a los nuevos patrones que Nuestra Santa Madre Iglesia nos recomendaba con el cambio de los tiempos. Y mis Catequesis de la Doctrina de Cristo han sido elogiadas y “envidiadas” por otras Parroquias.

En mis Homilías, he promovido los Escritos Pastorales, he recomendado la Vida Cristiana y las pautas Doctrinales, siempre entre todos los asistentes Feligreses al salón parroquial.

Mi Agenda Pastoral, no ha dejado nunca de estar cargada de motivaciones, reglas concretas, mensajes y fuerza de Espíritu con lo que he sabido sobradamente transmitir durante mi vida Diocesana, la Palabra de Nuestro Altísimo Salvador.

He llegado incluso a Flagelarme como Penitencia pidiendo Perdón por los pecados de mis prójimos Creyentes o Paganos.

Pero con todo ello, mis múltiples plegarias siempre han estado a la espera de una “Señal Divina” que me siguiera manteniendo la Esperanza de que fueran escuchadas y tenidas en consideración, para poder continuar Predicando el Evangelio y el Mensaje Cristiano. Y creo, que no ha sido así.

Mis Ruegos durante todas estas décadas a Dios de que se “manifestara” de alguna forma, interviniendo en nuestro Mundo Terrenal para al menos suavizar las atrocidades de toda índole que están padeciendo tantos hombres, mujeres y sobre todo niños, parece ser que no han sido tenidas en cuenta por Nuestro Señor.

Por lo que me ha llevado un cierto tiempo de reflexión y he entrado en un estado de decepción, que me ha originado algunas caóticas charlas con mis Hermanos Sacerdotes, los cuales me han señalado de estar atravesando una “Crisis de Fe”. Y a estos compañeros de mi Jurisdicción Cristiana, les he asegurado de que no es así, sino que he dejado absolutamente de Creer.

No puedo seguir desde este mi Púlpito, pidiendo a unos padres que acaban de ver fallecer a su pequeño hijo y seguidamente lo van a enterrar, que recen al Creador y que aunque lloren no estén tristes, ya que el Señor lo ha llamado a su lado. Porque esto más que un consuelo es una absoluta crueldad, por poner un ejemplo.

Con el Prelado Superior que gobierna nuestra Diócesis, he mantenido unos encuentros en los que no me ha sabido explicar ni convencer de porqué seguimos esperando a que actúe Nuestro Salvador, y cuanto más debemos aguardar.

No se me puede acusar de falta de Devoción y de pérdida Fe y de Esperanza. Al contrario, tengo más que nunca, unas renovadas ilusiones por estas tres palabras que forman las Virtudes Teologales que son: la Fe, la Esperanza y la Caridad. Pero puestas estas, no al servicio de Dios y al de la Santa Iglesia, sino al de esas personas que día a día se van dejando la vida por ayudar a la población más necesitada en las hambrunas, en las enfermedades, en la miseria, en la educación, en las desigualdades sociales, en la explotación de todo tipo, en las catástrofes naturales, en los conflictos bélicos y en el desarrollo.

Y después de una larga meditación por mi parte, y tras seguir echando en falta el más mínimo “Signo Divino” de atención por mis rezos, oraciones y plegarias he decidido finalmente, “colgar los Hábitos”. Mi Sotana me “aprieta”, y no puedo seguir difundiendo el Santo Evangelio de Nuestro Todopoderoso Salvador. Ya que mi “actual” Ética y Moral, me impide continuar con esta labor Sacerdotal mientras contemplo el “Inmovilismo” de Nuestro Dios ante todos estos fatales acontecimientos que observamos en nuestros días, que lo que me hacen es confirmar que no es tan Todopoderoso, o que no tiene Corazón, o simplemente que No Existe.

Admito, que con esta medida que he tomado, os habré desilusionado y desengañado a todos mis seguidores fieles feligreses, pero no os preocupéis que a mí me sustituirá inmediatamente otro Sacerdote Hermano. Y además, más decepcionado estoy yo con Dios.

Conozco de sobra, las labores sanitarias y sociales que desde hace ya largo tiempo realizan tantos y tantos Misioneros por gran parte del mundo -y que algunos en este desempeño han perdido incluso la vida- a la vez que Predican la Doctrina Cristiana bajo el Mandato y Tutela de la Santa Madre Iglesia. Y desde aquí, quiero expresar mi admirado reconocimiento por todos estos Hermanos y Hermanas.

Pero mi actual sentir y aspiración no es el de Evangelizar para un Ser Sobrenatural, por lo que me volcaré comprometidamente -sobre todo con el mundo de la Infancia- con las Misiones y Obras de esas anónimas “Personas de Buena Voluntad y de Carne y Hueso”, que apoyan y trabajan para otras tantas más desafortunadas que ellas, sin necesidad de Ensalzar a ningún Divino Espíritu. Y esta será desde ahora mi futura Labor Pastoral, por los siglos de los siglos… Amén.

viernes, 13 de noviembre de 2009

MI AMIGO HUGO

Tendría yo 11 ó 12 años cuando casualmente en plena calle coincidimos. Conectamos de inmediato y nos hicimos íntimos amigos que compartimos infinidad de fatigas e innumerables aventuras. Éramos inseparables siamesas sombras el uno del otro.

Como él no estaba escolarizado -no llego ahora a recordar porqué- me acompañaba a diario hasta la puerta de mi escuelita. Y a la salida -como si mi madre fuera- allí me recogía.

La de diabluras que cometimos con la excusa de nuestra infantil edad, y en la de desordenes y alborotos que juntos nos vimos inmersos. Y la de carreras que echábamos disputando el lugar del vencedor en la meta.

Poseía una triste y noble mirada, que se hacía querer. Disfrutaba como nadie, con que el viento golpeara su cara. Esa cara pálida, que transmitía confianza y generosidad, y que nunca daba un no por respuesta a cualquier ayuda que se le solicitara.

Éramos estrechos compañeros, que repartíamos tanto los desayunos como las meriendas en partes iguales. Y su favorita pasión y mayor gozo era esos baños nocturnos, que desnudos nos dábamos juntos con el reflejo de la Luna en la Puntilla, ante la solitaria presencia de las fisgonas estrellas.

Recorríamos huertas, pinares y orillas de playas como nuestras favoritas zonas de juegos. Pero con lo que más disfrutaba era con la pelota. Reconozco que era un gran futbolero, aunque no tuvo oportunidad ni padrino, para en este campo, poder demostrar sus diestras cualidades.

Tenía una especial habilidad para evitar patinar o escurrirse entre las descubiertas rocas, cuando con la marea baja íbamos a mariscar, cosa que a mí frecuentemente me ocurría.

Le gustaba ir a cazar pajaritos. Y sobre todo, que corriéramos detrás de palomas y gaviotas, esas que nunca conseguíamos atrapar ni alcanzar.

De una cajita de música que yo atesoraba, escuchábamos continuamente su reducida melodía, me tenía aburrido con su constante solicitud para que una y otra vez la hiciera sonar. Y me insistía, que le tocara con mi armónica de juguete unos desafinados acordes, que yo era lo único que me había aprendido. Sin embargo no se porqué, le irritaba el sonido del silbato. La verdad es que poseía un fino oído para la música.

Era como el que más, escandaloso y revoltoso cada vez que me acompañaba en alguna de las visitas, que de cuando en cuando yo solía hacer por las granjas cercanas. Y le enloquecía, que nos perdiésemos jugando al laberinto entre los cañaverales de la zona.

En mi bicicleta paseábamos como dos auténticos enamorados. Lo mismo íbamos hasta La Colorá, como al Tiro de Pichón, que al Lejío. Pero siempre haciendo sonar mi escandaloso timbre, que a él tanto le encantaba escuchar.

Conseguía arrastrarme con mucha frecuencia a los bajos del antiguo puente San Alejandro. Creo que era su lugar habitual de pernocta y morada, ya que yo no le recuerdo casa a su familia, por lo que en las gélidas noches allí entre mantas y cartones se refugiaban.

En más de una ocasión cruzamos juntos el peligroso Canal del Guadalete. Poseía una destreza innata para la natación que me dejaba asombrado de su resistencia y aguante sobre las corrientes marinas y las turbulentas aguas.

Aunque los dos teníamos la ilusión de viajar cuando fuéramos mayores en globo, los sueños de futuro de ambos eran totalmente dispares. Y en algunos gustos también teníamos nuestros desacuerdos. Por ejemplo, él a los gatos no los podía ni ver, y a mí en cambio siempre me habían encantado estos animales.

A veces, cuando íbamos a buscar higos y sustraer perillos y ciruelas nos perdíamos por la zona de los terrenos de Doña Rufina. Y nos servía de referencia y guía, la majestuosa figura del Molino Platero, en el que nos refrescábamos como animales, en su pilón-bebedero.

Por las vías del tren paseábamos muy a menudo. Pero colocábamos continuamente nuestras orejas en los raíles, para saber cuando se acercaba el siguiente ferrobús.

Hasta tal punto llegó nuestra amistad, que me hizo prometerle que nunca le abandonaría por una preciosa chica. Y sellamos nuestro juramento, como se hacía en aquella época, con un corte en las manos y uniendo nuestras sangres de fraternales hermanos. Éramos unos leales amigos como nadie.

Pero nuestra relación de amistad duró escasamente un par de temporadas, ya que le perdí la pista en una floreciente primavera. Su figura acompañada, la vi perderse en el horizonte y ya jamás supe de él.

Yo, que por mi honor y su amistad hubiese mantenido la promesa por toda la eternidad, no me hizo falta, puesto que mi “cánido” amigo Hugo, quiso a temprana edad formar familia, y me abandonó por una vistosa y linda callejera perra.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Bondades y miserias del orden alfabético

Estamos destinados para muchas circunstancias de la vida por nuestros Apellidos. Y por consiguiente, por el “orden alfabético” de los diferentes listados en los que estos se encuentren enmarcados. Como por ejemplo: para plazas escolares, para las diferentes elecciones, para solicitud de médicos, para realizar cursillos, para asuntos sociales, para conseguir empleos, etc., etc., etc., e incluso también se estaba condicionado a estas listas, para los destinos militares en la ya por suerte desaparecida Mili.

Y es de este último “listado” del que les voy a escribir. Ya habrá más adelante seguramente ocasión, para contar alguna que otra anecdotilla de este periodo de mi vida. Pero ahora, vamos a lo que vamos.

Tengo que reconocer, que cuando les hecho una visual ojeada a las fotografías de la época de mi “servicio militar obligatorio”, se confunden los diferentes sentimientos que el vistazo a estas me ocasionan.

Por una parte, esa obligada privación de libertad en nombre de la patria -que no se lo que significa- para defenderla de no se que enemigos, reconozco que me dio la oportunidad de conocer a jóvenes de los lugares más recónditos de una lejana y desconocida geografía para mi, y a convivir fraternalmente con ellos.

Pero por otra parte, siento la rabia de que tal circunstancia secuestrara más de un año de mi incipiente juventud, y que me privara durante ese tiempo de mis seres queridos, de mis amistades, de mi trabajo y en general de mi tierra.

Realicé el periodo de instrucción en esa maravillosa tierra que es Alicante, a las afueras de su capital. Ciudad de la que poseo instantáneas fotográficas en papel y en la mente, que me hacen recordar, tanto muy amargos como otros gratos momentos de aquellos maravillosos años de mi inocente juventud.

Una vez acabada esta primera etapa del servicio militar obligatorio, -los 45 días de instrucción reglamentarios- me destinaron a Cartagena, ciudad por las que en sus calles se aglutinaban militares de los tres Ejércitos debido a la existencia de estos tres Cuerpos, repartidos entre esta ciudad y las localidades de su alrededor.

En los primeros días de este nuevo destino, nos llevaron a cumplimentar unos documentos, y no se que es lo que se me pasaría a mi por la cabeza, que cuando fuimos a rellenar estos impresos, donde se nos pedían los datos personales de cada uno, en el apartado que preguntaban por la profesión, me dio por poner auxiliar administrativo, cuando no era esta la auténtica realidad. Porque aunque yo trabajaba en una oficina o despacho, no eran estas mis funciones, ni mi cometido, ni mi trabajo, ni mis dotes.

La cuestión es que tal circunstancia provocó a las pocas semanas su efecto inmediato.

Cuando andaba yo, con mi petate repleto de desánimos en aquellas primeras semanas, en los que me refugiaba al amparo de la amistad de los diferentes compañeros para poder seguir y salir adelante, debido a la inmensa nostalgia que me provocaba la lejanía de los Míos, y me encontraba al borde del precipicio que separa la cordura de la locura, por no poder soportar -al contrario que otros muchos compañeros- las diferentes obligaciones que encomendaban, las continuas imaginarias, las múltiples guardias y en definitiva la disciplina y las miserables órdenes dadas, más la ya mencionada añoranza de mis seres queridos, se produjo un inesperado acontecimiento.

Y es que en medio de una clase teórica a la tropa, de funcionamiento y manejo de un armamento -creo recordar que de una ametralladora antiaérea- fueron a por mi y se me llevaron -tembloroso y con un escalofrío y un miedo interior por no saber de que se trataba todo esto- a la presencia del Brigada encargado de los destinos del personal militar.

Cuando saludé reglamentariamente a este Mando y me presente a él, se dirigió a mi preguntándome ¿tu eres auxiliar administrativo? a lo que tuve que confirmárselo con un titubeante ¡sssi, miii brigaaada! ya que ahora no era el momento de echarme atrás y reconocer que había mentido, pues serían peores las consecuencias por falsear el cuestionario, que la misión que me pudieran encomendar, sin saber para nada este llamamiento porqué y para que, estaba teniendo lugar.

Mi mayúscula sorpresa, fue enterarme de que el cartero ayudante de nuestro batallón se había licenciado, y que como yo era el siguiente que figuraba como administrativo en una “lista por orden alfabético”, pues me había tocado a mí.

Este suceso cambió en buena parte mi estado anímico y la forma y manera de tomarme la Mili, porque aunque seguía estando lejos de mi familia, con este nuevo destino: tenía más fácil acceso a los posibles permisos, conllevaba también el librarme de todos esos obligatorios servicios que al resto de la tropa les tenían encomendados, así como apenas restricción de horarios, un pase para salir y entrar en horas extraordinarias del Cuartel y sobre todo lo más importante para mi, es que quedaba liberado de armas.

Por lo que tuve un resto del servicio militar obligatorio digno de las envidias de todos mis compañeros, a los cuales yo les compensaba realizándoles gustosa y gratuitamente los más insospechados y estrambóticos recados por la ciudad de Cartagena, favores que me eran pagados con su cariño, su respeto y su amistad.

Desde mi privilegiado puesto de cartero del batallón, repartía diariamente la ansiada y deseada correspondencia a la tropa. Esas cartas que lo mismo transmitían buenas que malas noticias de los hogares de cada uno, pero que solía ser por aquel entonces, la única vía de contacto que uno tenía con los suyos.

Y antes de venirme licenciado para casa, tuve que presenciar como dos soldados compañeros y un joven suboficial de mi compañía, caían por el fuego NO ENEMIGO, sino por el de sus propias armas.

Y es aquí donde quería llegar en estas notas, haciendo mención de esas NULAS informaciones que jamás creo haya difundido el ejército -por lo menos de manera pública que me conste- de los jóvenes que han perecido por suicidio durante el periodo del servicio militar obligatorio. Chicos desterrados de sus lugares de residencia y apartados durante meses de su familia, con la consiguiente depresión a la que estaba siendo sometida sus frágiles mentes por la dichosa Mili. Y todo, por no hacerles pasar previamente, por un mínimo estudio psicológico a estos, para comprobar si eran MENTALMENTE APTOS para su incorporación a filas. Ya que no todos los jóvenes estaban psíquicamente preparados para enfrentarse a tal “guerra” y menos aún, para dotarles de armamento y munición.

Esta sinrazón, sesgó la vida de innumerables jóvenes, destrozando con ello a un sinfín de familias.

Y no he dejado de preguntarme desde entonces ….. ¿Qué hubiese sido de mí, si hubiera sido otro, “el orden alfabético”?