sábado, 26 de diciembre de 2009

Las vueltas que da la vida...................son las vueltas que se da con la cucharilla (y segunda parte)

........... ”favores” sexuales.

El primer día que se lo mencionaron, salió vociferando del bar y poniendo como siete trapos a estos “señores” y amenazándolos con que los iba a denunciar.

Un par de días estuvo desaparecida del bar y no se sabe por donde deambuló y a quien estaría dándole el “necesario” diario sablazo.

La cuestión es, que tardó escasamente tres días en volver aparecer por el citado establecimiento. Y esta vez, llegaba sumisa, rendida, asumiendo y aceptando las proposiciones más que deshonestas de esos “alimañas”.

Persistía Ramona con la cucharilla en mover el café, cuando le vino a la mente los meses que estuvo realizando este tipo de enmascarada prostitución. Que si indignante es para una mujer realizarla por tener la imperiosa necesidad de apenas subsistir, más humillante es aún, tenerla que llevar a cabo para poder costear los problemas económicos creados en su casa, originados por su adicción a los juegos de azar.

Testigos mudos de estas bajezas y vejaciones, fueron portales, soportales y alguna que otra pensión y hostal, de no muy lejana distancia de nuestra de abastos plaza.

La cuestión es, que mantuvo durante un tiempo este malvivir, para poder regresar poco más de a madia mañana para casa, con la cesta de la compra por lo menos… medio llena.

El desprecio que contra si misma estaba cometiendo, lo aceptaba y admitía con resignación pues, más importante que ello, era no dejar sin comer a su familia.

En ese periodo de tiempo, como era normal, ya se fue rumoreando, divulgando y difundiendo estos hechos, hasta que a su familia lógicamente le terminó por llegar los consabidos, graves y tristes comentarios.

Dada la trascendencia que ya habían tomado los acontecimientos -más vale tarde que nunca- en su casa tomaron definitivamente el toro por los cuernos. Empezaron a tenerla acompañada en todo momento y a no dejarla para nada manejar dinero alguno. Además, comenzaron a tratarla especialistas psicólogos y terapeutas en este tipo de patologías y su hija Luisa, se le convirtió en su inseparable sombra, amiga y muleta.

Mantenía esta ama de casa, sus vueltas al café con la cucharilla, cuando su cabeza la trasladó al momento en que su Luisa, que por entonces tenía ya más de cuarenta años y estaba saliendo con su primer pretendiente novio, también de más o menos su edad y que aún no lo conocía la familia pues todavía no había llegado a entrar en la casa, fue dejando de ver con asiduidad a este y enfriándose con ello el ilusionante noviazgo.

Esta hija suya, que era para los hermanos casi una segunda madre, que por la diferencia de edad con ellos había centrado y dedicado toda su juventud a cuidarlos, atenderlos y en definitiva a ayudar en exclusividad a criarlos, descuidó y desatendió su condición de mujer y no había llegado a salir hasta entonces con ningún hombre. Y ahora, le tenía tan absorbido el problema de su madre, que no hacía por sacar tiempo para ella y para esos necesarios e íntimos momentos que cualquier pareja necesita, para por lo menos proseguir con esa deseada sentimental relación.

Transcurrido el tiempo, empezó Ramona a sentirse mejor y con otros ánimos. Le resurgió su orgullo, levantó su honor, su autoestima afloró y su dignidad la quería mostrar por última vez, en ese infierno que para ella fueron esos bares, con toda su envolvente atmósfera de tragaperras, numeritos y mostradores repletos de bestias revoloteando a sus inocentes presas. Quería verles de nuevo la cara a estos indignos “señores”.

Toda la familia se apretó de lo lindo el cinturón, incluso dos de los universitarios hijos dejaron los estudios y se pusieron a trabajar, con lo que a medio plazo consiguieron entre todos reunir el dinero con el que liquidar las deudas que su madre tenía contraídas con las conocidas que le prestaron y con los comercios que le fiaron. Pero a los aprovechados “buitres”, no había que reintegrarles nada, ya de sobra se cobraron sus préstamos a costa de la humillación de la pobre ama de casa… Ramona.

Los especialistas que la trataban, le tenían terminantemente prohibido que frecuentara los ambientes que tuvieran algo que ver con esa adicción al juego y que le habían llevado a contraer esa patológica enfermedad. Aún así, consiguió convencer a su soporte y bastón -Luisa del alma- para que la acompañara, pues quería definitivamente enfrentarse a sus monstruos y fantasmas.

Es por eso, por lo que se encontraba con su hija en el mencionado bar, para intentar saborear ese último café, con el que cerrar esa herida abierta, que le había ocasionado ese mal trago de vida, que fue esa época de su pasado inmediato.

Mientras cabizbaja seguía moviendo el café con la cucharilla, no se percató que su hija se había levantado para dirigirse a la barra del bar a saludar a una persona conocida que acababa de entrar en el establecimiento.

Cuando alzó la vista, contempló como su Luisa se encontraba sumergida en un efusivo abrazo, acompañado de un apasionado beso, con un desconocido caballero -pues lo tenía de espaldas- con lo que Ramona inmediatamente interpretó que sería su pretendiente y desconocido novio.

Al separarse la pareja de tal caluroso saludo y verlo a él de perfil, descubrió una pequeña pero marcada cicatriz en la mejilla derecha que le vino a recordar a alguien. Un poco incrédula se encontraba, cuando le observó un tatuaje en el antebrazo izquierdo, que le certificó ser la persona que le estaba viniendo a la memoria, y que no era otra, que uno de esos aprovechados buitres carroñeros que devoraron su honra.

Luisa, al tal “caballero” lo cogió de la mano para acercarse con él hacia la mesa en la que su madre se encontraba con la intención de presentárselo, mientras esta cavilaba a velocidad supersónica en su mente sobre la mala suerte que había tenido no ella sino su hija, que para una vez que esta se había acercado a un “hombre” el elemento con el que se había topado, y no pudo hacer otra cosa Ramona, que agachar e intentar esconder la cabeza -como un avergonzado avestruz- y continuar dándole vueltas y vueltas y más vueltas a ese ya frío y sorpresivo café, con su sudorosa mano y la ya tan manoseada cucharilla.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Las vueltas que da la vida...................son las vueltas que se da con la cucharilla (Primera parte)

Corría la década de los ochenta, por la que Ramona rondaba la edad de los sesenta años. Y había acudido a ese famoso bar de alrededor de la placilla con su hija por última vez. Quería despedirse de ese ambiente y ese entorno definitivamente tomándose un inquietante y a la vez desafiante café.

Tras arrojar el segundo terrón de azúcar en el vaso, cogió la cucharilla y comenzó a menear el café dándole vueltas mientras repasaba mentalmente las lejanas y cercanas vicisitudes de su vivida existencia. Empezó a juguetear con el esparcido azúcar y la ligera y flotante crema del café, mientras le venían a la mente a una vertiginosa velocidad las épocas más trascendentales de su ya larga vida.

Cada varias vueltas de la cucharilla en el vaso, significaba diferentes periodos de las vivencias que Ramona sobrellevó. Y ella misma se hacía unos vívidos y descriptivos recuerdos sobre unos en concretos recientes acontecimientos, los cuales, le habían supuesto un antes y un después en su ya más que aceptable edad.

Esta ama de casa, que de jovencita padeció como tantas otras en sus carnes nuestra bélica contienda, y con una normal escasa escolaridad para la época y sobretodo por su femenina condición, se casó a temprana edad con un viudo mayor que ella de esta confrontación civil, para así aligerar la carga de su numerosa familia y contribuir con este enlace en lo posible, a ese su parentesco entorno.

Su descendencia fueron ocho hijos, una hembra -la mayor que la aportaba su marido de su anterior matrimonio- y los siete restantes suyos propios de su único casamiento, varones, a los que por cierto les llevaba esta hermana unos considerables años.

Una extensa familia, que sacó Ramona adelante con la inestimable ayuda de su marido, por ser este un trabajador incansable, apreciado y muy requerido del gremio de la construcción, que aportaba al hogar, semanal y mensualmente muy buenos cuartos.

Otras vueltas al café con la cucharilla, y estas le llevaron al día en que enviudó. Que con la insuficiente paga de viudedad que le quedó, no le llegaba para mantener el normal ritmo de vida al que durante tantos años estuvieron acostumbrados en ese hogar. Que sin llevar unas pomposas vidas, por lo menos no pasaron ningunas grandes necesidades durante toda esa trayectoria familiar, salvo la común a todos, escasez de alimentos de primera necesidad de la época.

Mientras fueron transcurriendo los primeros años de su viudez, no se fueron apenas percatando de la estrechez económica en la que estaban inmersos. Debido, a que ella iba tirando de la pequeña paga más aportando todos los meses a esta, cantidades de unos ahorrillos que su difunto marido trabajada y laboriosamente había conseguido acumular.

A tres de sus hijos les seguía todavía costeando los estudios universitarios y otros tres de sus vástagos se les llegaron en ese tiempo a casar. Circunstancias estas, que también propiciaron que menguara considerablemente esos caudales ya mencionados. Pero todavía le quedaban cinco bocas que alimentar más la suya.

Continuaba dándole vueltas al café con la cucharilla y rememoró cuando se le fue aproximando el momento, en el que esa saca de reservas estaba a punto de quedar completamente vacía, que le llevó a lanzarse a la calle a vender tiras de esos números clandestinos con lo que intentar conseguir unas pesetillas, para aportarlas a la ya presente paupérrima economía familiar.

Les tuvo a sus hijos -aunque estos no se percataron debido a que confiaban plenamente en su madre- ocultada la realidad financiera del hogar.

Para conseguir despachar los susodichos números, tuvo que empezar a deambular: por su barrio y alrededores, por comercios, por almacenes y por todo el entorno de la plaza de abastos. En concreto, por los bares que envuelven esta singular zona tanto de permanentes como de ambulantes ciudadanos. Y en particular, este renombrado y afamado bar del entorno de la placilla, donde se encontraba intentando degustar por última vez junto a su hija un café, es el que con más asiduidad frecuentaba por ser uno de los puntos donde conseguía más números vender.

La reiterada asistencia a este establecimiento, le dio lugar a tener alguna que otra vez que pedir alguna consumición. Y la calderilla restante de la vuelta del abono de estas consumiciones, empezó a echarlas en las denominadas máquinas tragaperras. ¡Maldita fue la hora, en que echó la primera moneda!

Sin apenas darse cuenta, se vio en poco tiempo atrapada, en esa tela de araña que envuelve la ludopatía a tantas y tantas personas que osan poner sus manos, su patrimonio y sobre todo sus frágiles mentes, en esas exprime-entrañas que son estos artilugios de sacar dinero.

Seguía con el meneo al café con la cucharilla, cuando recordó el día que a su familia le llegó conocimiento de este problema. Que Luisa -la mayor de sus hijos- se hizo cargo de la administración de la casa. Y que aunque ella -por expreso deseo e insistencia suya- seguía siendo la encargada de hacer diariamente la compra del hogar, su hija por aquellas fechas le entregaba 1.500 pesetas todos los días, para que las realizara.

Pero este irreprimible impulso de jugarse los dineros era superior a ella y a diario los perdía en estas máquinas tragamonedas.

A media mañana, ya se había gastado casi todo el dinero dedicado a la cesta de la compra, por lo que tuvo que empezar a pedir prestado a amigas y a asiduos clientes del bar. Y dejar fiado en puestos y almacenes del entorno de la plaza de abastos.

Pero llegaron como era lógico, los días en que empezaron a negarles las compras fiadas porque no las pagaba, y los préstamos porque no los devolvía ni a sus conocidas ni a esos asiduos clientes del mencionado bar. Y estos últimos, resultaron ser unos auténticos “buitres”.

Sabido estos, de su falta de control, de su adicción al juego y de su imperiosa necesidad económica, empezaron algunos de estos “carroñeros” a insinuarle, que a cambio de los préstamos les ofreciera......................................................................................

viernes, 11 de diciembre de 2009

MI FELIZ CUMPLEAÑOS

Recuerdo con cierta nostalgia y melancolía, mi cincuenta aniversario. Y es que esa celebración de cumpleaños, fue tan redonda como ese señalado número.

La víspera de ese gran día, me encontraba emprendedor y atrevido. Y le dije a mi pareja que esa noche yo iba hacer la cena, que me dijera donde estaba la cocina. No tenía yo ganas de buscar los planos del piso.

Mientras cocinaba con todo mi cariño -después de leerme sólo 5 veces la forma de preparación- una sopita de ave con fideos de un sobrecito de Gallina Blanca caducado de hace solo dos meses, abrí para acompañar tan opípara cena, una latita de magro de cerdo -sin caducar- no fuérase que se quedara con hambre la invitada comensal.

Como se que le gusta la ensalada, también añadí a tan extraordinario banquete, una tarrina de ensaladilla sabrosona, que sin importarme el precio le traje del Mercadona.

Ya que la ocasión lo requería, abrí especialmente para ella, un rioja -bueno un tinto Don Simón en tetabrik cosecha del año anterior- para acompañar los manjares que con tanta laboriosidad me encontraba preparando. Y de postre, le tenía para sorprenderla unas natillas de vainilla del Supersol, que las venden de dos en dos.

Mientras disfrutábamos de tal deliciosa cena, le tenía puesta de fondo música sentimental y ensoñadora en mi tocadiscos de los años setenta. María Jesús y su acordeón, nos deleitaba una y otra vez con su compleja letra y difícil de aprender canción de los pajaritos. Y es que cuando yo me pongo romántico, acierto de pleno con las más apropiadas melodías para tan señalados momentos.

La verdad, es que estuvo durante toda la comida con una cara enojada como si estuviera enfadada por algo. Y es que no se, nunca entenderé a esta mujer. Con el empeño que le puse yo a tan extraordinario momento y el dispendio que hice.

A lo mejor se acordaba todavía del día en que fui a meter unos calzoncillos en la lavadora -que me dijo que era una maquina que da vueltas- y los metí en el microondas. Y es que un error lo comete cualquiera.

Terminada la cena, le invité a que me acompañara a tirar la basura, a lo que me contestó con un rotundo ¡No! Con lo que le repliqué que después no me echara en cara que no salíamos juntos a ninguna parte.

Aún así, no se lo tuve en consideración y al volver de arrojar los desechos caseros le hice la siguiente observación ¡prepárate, que mañana partimos para visitar la capital, con lo que salimos a primera hora de viaje!

Y así fue, con los primeros rayos de luz de la mañana, cogimos el tren y a temprana hora del amanecer llegamos a Cádiz.

Ella, arrastraba una maleta creyéndose que iba a no se que lugar lejano y remoto. Maleta que tuvimos que dejar en consigna de la estación, para no seguir innecesariamente cargando todo el día con ella.

También tengo que admitir, que para nada escatimo esfuerzos en el día de su onomástica, y le hago de ofrenda anual un barridito al piso. Y es que me gusta colaborar con las faenas domésticas. Además… ¿que mejor regalo podría ofrecerle en el día de su santo? Y no cojo la fregona porque me da calambre, que si no…..

Sin regatear en gastos, nos sentamos en una cafetería donde se puso ciega de chocolate con churros -bueno en verdad, quién repitió fui yo-. Y tras permanecer disfrutando del frío de la mañana más de hora y media en la terraza del establecimiento, marchamos para ir bajando tan singular e insólito desayuno -reconozco que estaba un poco lejos- andando hasta el Corte Inglés.

Allí, gozamos de una jornada matinal que nos llevó a recorrer todas y cada una de las tiendas y locales comerciales de los que dispone esa gran superficie. Por lo que estuvimos paseando y viviendo una mañana de escándalo e inolvidable por la Capital.

La veía quizás un poquito tensa. Tal vez no se le había olvidado aquella vez que llamaron a la puerta y al abrir dije ¡Hola Einstein! Y resultó que era ella, que venía de la peluquería. Pero es que ¿quién no se ha confundido alguna vez?

Al medio día y antes de salir de la capital con regreso a casa, nos metimos en un autoservicio -self service o buffet libre- que yo ya llevaba localizado en un mapa de negocios de restauración, porque como soy muy meticuloso y perfeccionista no me gusta dejar nada a la improvisación, y por siete euros por persona, nos podíamos poner como el kiko.

Sin embargo, ella no comió mucho y no se porqué, yo en cambio probé de todos los platos y repetí sólo tres veces. Y es que era un lugar y sobre todo un día y una ocasión tan especial….. Pero, por si esto me fallaba, yo ya lo tenía todo controlado y en casa le guardaba para almorzar, a escoger entre una latita en conserva de cocido madrileño Litoral o una de fabada La Asturiana. Y es que a mi me gusta tenerlo todo controlado y planificado, sobre todo en estos grandes, maravillosos e íntimos momentos.

Tengo que reconocer, que en cuanto al lujo y a los placeres refinados, sobretodo en cuanto lo que a comidas se refiere, me parezco bastante a un sibarita.

Está visto y comprobado, que cuando yo me pongo espléndido, decidido, derrochón y romántico no hay quién me gane a ello.

Pero desde la noche anterior y durante toda la mañana, me estuvo diciendo con un retintín que se había apuntado a clases de judo, y no se con que intención me lo recordaba tanto. Pero por si acaso, pensaba yo para mis adentros, voy a tener que quitarle un fregaito de cuando en cuando -por lo menos una vez al mes- no vaya a ser que la tome conmigo y me quiera utilizar de sparring.

Cuando ya por la tarde llegamos a casa, nos apetecía echar una siesta, cosa con lo que yo ya contaba y para lo que ya le tenía preparada otra más de mis fastuosas sorpresas.

Me presenté en el dormitorio con un nuevo e insinuante pijama azul con dibujos de patitos y le dije ¡aquí tienes a tu príncipe azul, haz conmigo lo que quieras! Yo sabía que ante tanto desembolso efectuado sin reparar para nada en gastos y a la desplegada batería de originalidad e ingenio mostrado durante toda la celebración -ya que la ocasión así lo requería- más mi atractivo encanto personal, no se me podría resistir y me obsequió por mi cumpleaños con un ¡Anda y vete al otro cuarto a dormir y a roncar......zopenco!

viernes, 4 de diciembre de 2009

LA CAZA, ESE ¿DEPORTE? Y ESE ¿ARTE?



Lo siento mucho pero, en este tema soy intransigente.

Que al maltrato y matanza de animales por pura diversión se le llame deporte, además de bestial y salvaje con estos indefensos seres, es una chufla y un desprestigio para los auténticos deportistas.

No comprendo que haya personas que empleen su tiempo de esparcimiento, en aniquilar animales y mostrar sus cadáveres como trofeos a familiares y amigos, e incluso algunas adornan los salones de su vivienda con las cabezas embalsamadas de sus sacrificadas victimas.

La caza, ha existido toda la vida para la evolución, alimento y manutención de nuestra especie. Pero no hay que confundir al cazador que realiza esta práctica para alimentarse él y su familia, con ese otro matón de animales que ejercita la caza para rellenar sus horas de ocio y recreo.

Sabemos que debe existir un control de algunas especies que con gran facilidad se multiplican creando unos excesos de superpoblación que arruina cosechas o amenaza ganado, dificultando con ello la labor de los incansables y necesarios agricultores y ganaderos.

Pero aprovechar esta excusa para realizar las salvajadas que desde las administraciones públicas, determinando las épocas de levantamientos de vedas y de medias vedas con la cómplice aceptación de estas, de gran parte de ecologistas, conservacionistas y naturalistas me parecen un auténtico crimen.

Las administraciones nos cercan espacios públicos ofreciéndoselos a estos “asesinos legales” para que practiquen su preferido pasatiempo de matar.

Creo sinceramente, que a esa persona que se levanta el fin de semana, coge su escopeta y se marcha a disfrutar asesinando animales, no se le puede llamar deportista y ni siquiera cazador, sino más bien asesino-matón. Sin olvidarnos de lo que generalmente hacen con sus perros de caza, que cuando ya no les sirven los abandonan o los matan.

No soy para nada naturista ni vegetariano, sino más bien todo lo contrario. Yo soy el primero, que disfruto de lo lindo comiéndome un buen muslo de pollo, un filete de cerdo, un arroz con conejo, unas chuletas de cordero o un entrecot de ternera. Pero estos animales han sido criados para este fin y las personas que llevan a cabo su sacrificio para nuestra nutrición, no con ello disfrutan de su muerte, sino que es su trabajo y el sustento de su vida familiar. Y considero esencial el papel de los honestos ganaderos, agricultores y granjeros.

Ahora eso si, hay que diferenciar entre las granjas de toda la vida, de esas otras granjas cinegéticas, que son explotaciones dedicadas a la producción indiscriminada de animales con destino al abastecimiento en terrenos brindados para la caza. Animales que compran los cazadores en estos comercios, se los llevan enjaulados y los sueltan en los terrenos elegidos para dispararles y acometer su exterminio.

Entre estos desleales granjeros, taxidermistas, armeros y demás, tienen formados un rico comercio, con el que se lucran entre todos, a la vez que propician el mantenimiento del placentero pasatiempo que esos cazadores obtienen, con la innecesaria caza de recreo y matanza de animales.

Nos siembran los campos de nuestra geografía además de muerte, de balas, de cartuchos, de perdigones y de venenos, creando una contaminación por nuestros montes, marismas, ríos y humedales, que interfieren en el normal desarrollo vital de las especies. Y que nos llevarían décadas y décadas descontaminar, aunque dejaran hoy mismo este hobby sanguinario.

Los muy “machotes”, sea con la denominada variedad de caza menor o caza mayor, que juegan al tiro al blanco con conejos, gaviotas, codornices, ciervos, tórtolas, liebres, cabras monteses, estorninos, zorzales, palomas, rebecos, faisanes, jabalíes, urracas, gamos, patos, zorros, perdices, corzos, etc. encima nos quieren hacer creer, que con esta masacre animal están mirando por los ecosistemas. Y son ellos mismos organizados, los que repoblan lugares, fincas y cotos para posteriormente y con la excusa de controlar las superpoblaciones de algunos animales en su hábitat, poder practicar su afición favorita de matar.

Para mantener una estable población de ciertos animales en su hábitat, no es necesario sacrificar inhumanamente a una parte de ellos montando estas circenses cacerías donde unos “señoritos” desfogan su adrenalina cometiendo estos “legales crímenes”, además de pavonearse con el sufrimiento del animal.

Después de haber empleado sus armas, sus perros, sus redes, sus lazos, sus cepos y todo tipo de trampas y artimañas para confundir, desconcertar y sorprender a los inocentes animales, regresan los “heroicos” matarifes relatando sus hazañas y presumiendo de ellas. Y encima les tenemos que soportar sus declaraciones de que les encanta el campo y que es su pasión pasar un día entre amigos disfrutando de la madre naturaleza.

Sea con la modalidad con perro, con perro y hurón, cetrería, salteo, lanceo, vaqueo, ronda, montería, rececho, batida, etc. la finalidad es la misma, la de perseguir, acosar o sorprender con cualquiera de estas emboscadas, tretas o engañosas maneras de las que disponen, y asesinar a los indefensos animales.

Sus talantes chulescos y que por lo general vayan en cuadrillas y armados, dan muestras de su bravuconería y de sus valentonadas actitudes.

Nunca la muerte y el sufrimiento de los animales pueden ser cultura popular, ni arte, ni deporte. Y para mi, esos cazadores clandestinos o furtivos, me merecen el mismo nulo respeto que estos otros que bajo la tutela de unos permisos y unas administrativas autorizaciones, salvajemente aniquilan a unos indefensos animales. Queriéndonos además convencer, de que miran por el equilibrio de la fauna, mientras disfrutan y se recrean con la muerte y el salvaje sufrimiento.

Aunque no le deseo mal a nadie, si espero que a estas personas les pase como a esos cuatro cazadores de la famosa película “La caza” de Carlos Saura y se terminen “caZando” entre ellos, para que tengan el mismo padecimiento y final que sus victimas.

Ya lo dije al principio, en este asunto soy intolerante, inflexible y no me caso con nadie. Y por mucho que se me quiera convencer de lo contrario no se va a conseguir, por lo que sería una auténtica perdida de tiempo para quien lo intente.

Vuelvo a recordar, que hay que diferenciar la persona que caza por necesidad, de esos otros “valientes”, que con su escopeta en ristre, aguardan camuflados como míseros cobardes para llenar su zurrón de inocentes piezas, con las que luego fanfarroneará, alardeará y se jactará, además de que enaltecerá su ego.

Y por último, a los “sabihondos y listillos” de la Real Academia Española de la Lengua, que en una de sus acepciones sobre la palabra “Cinegética” la definen como el “Arte de cazar”, yo les rogaría que subsanen este craso error en su significado, y la califiquen como el “Arte de matar”.

Posdata

Bonito ejemplo de Amor por la Naturaleza les están dando a las posteriores generaciones estos miserables asesinos. Y se sentarán con sus hijos o nietos para juntos contemplar esa proyección, con la que cuántas “falsas lágrimas” derramarán con los críos más de uno…....... mientras ven la película Bambi.