viernes, 26 de febrero de 2010

Con este frío.........casi ni me la encuentro.

Y es que las bajas temperaturas, provocan que los pellejos se encojan sin que podamos hacer apenas nada para evitarlo.

Yo en concreto, entre que la tengo más bien pequeña, mi oronda barriga que casi no me deja verla y escondida entre tanta ropa con la que en estos tiempos nos abrigamos, es que me las veo y me las deseo para localizármela.

Me la regalaron mis padres al nacer, dicen que me dijeron que aunque de pequeño no la iba casi a utilizar, que más adelante y ya de mayor, es probable que me hiciera mucha falta. Y efectivamente, no hay día que pase, que no la saque a paseo y le de un buen meneo.

La mía en particular, con su genuino aspecto, tiene unos pliegues entre su piel que son los característicos del tiempo que ya tiene, además de su cansancio y desgaste. Pero me da coraje cuando me he comido una bolsita de cheetos, porque si me da por cogérmela, me la pringo con las manos.

A buen recaudo y bien tapadita la suelo llevar. Y no me gusta ir por ahí mostrándola si no es meramente necesario e imprescindible. Porque ya su viejo y fatigado aspecto, reconozco que no es un gozo para la vista y tampoco la alegría de la huerta.

Por la calle cuando suelo ir con las manos metidas en los bolsillos, la verdad es que sin que la gente se de cuenta, algunas veces me la voy tocando. En alguna que otra rara vez, me la han visto en los cuartos de aseos de caballeros y aunque he apreciado una sarcástica risita, para nada me he sentido acomplejado.

Nunca he deseado como otros -que llegan incluso a cambiársela por otra- tenerla más grande. Con su diminuto tamaño -que está acorde con mi estatura- me basta y me sobra con la mía para el inevitable y escaso uso que diariamente le doy. Como se suele decir… ¡¡Chiquitina pero matona!!

Con su animal olor, su carnoso tono y su adiposa textura, aguarda impávidamente su oportunidad para salir al exterior con la que mostrar sus condiciones, sus dotes y su valía. Y no ambiciono ir por ahí metiéndola y sacándola por otros lugares, la mía se conforma con su reservado, acostumbrado y particular, lugar de relax, recreo y disfrute.

A algunos hombres les encanta ir pavoneando y resaltando su paquete, en cambio a mí, ni me gusta, ni la mía tiene el volumen necesario para ello, claro. También me fastidia bastante cuando de regreso de un día de playa, la traigo toda llena de granitos de arena. Y si se me ha mojado, ni que decir como se me queda de arrugada y reducida.

Arropada entre muslos y michelines viaja conmigo a todas partes. En algunos sitios suele ser mi carta de presentación y en otros en cambio, mi postal de despedida.

Me viene ahora a la memoria, aquella madrugada cuando regresaba a casa. Con la solitaria compañía de una monumental borrachera, fui asediado por tres chicas que me intentaron atracar con navajas en las manos aprovechando mi bochornoso estado. Al escuchar la famosa frase de “la bolsa o la vida”, no tuve yo mejor idea que bajarme la cremallera y sacármela de su tranquilo refugio. Pero al exponer su penosa apariencia, más encogida que de costumbre debido al sobresalto del momento, hice desistir al trío de novatas asaltantes que marcharon corriendo y a carcajadas por el lamentable aspecto que esta presentaba.

Pero tengo que admitir -aunque se piense que peco de presumido y vanidoso- que hay algunas personas -pocas eso si- sin distinción de mujeres y hombres, que me la quieren coger.

Dado que su contenido es muy apreciable por mí y que por supuesto duerme conmigo, no dejo que le metan mano mientras entre sueños descanso. Por otra parte, le tengo dicho a mi mujer, que si me la toca, que no me la exprima tanto, que me la deja toda engurrumia.

Cuando voy a la sanidad pública el Urólogo no le echa la más mínima cuenta, pero cuando lo visito en su consulta privada, me la deja totalmente desinflada.

Como es lógico, hay momentos en los que está más abultada que en otros, pero si se pone descaradamente hinchada, para tenerla bien contenida y que no desparrame, le pongo una gomita.

Me acompañará hasta el final de mis días, aunque reconozco que su curtida piel, tan trabajada y manoseada después de toda una vida, va pidiendo a gritos que cambie ya de cartera.

viernes, 12 de febrero de 2010

Desde aquí abajo, para los de ahí arriba.

Por las cuencas de los ojos de mi calavera, aun siguen brotando lágrimas de pena.

Aquí, a metro y medio bajo tierra y en lo más profundo de esta cueva, yace mi esqueleto a la espera de que alguna escavadora perteneciente a una constructora de urbanística promoción, algún topógrafo o simplemente el fortuito destino, localicen mis conservados huesos después de más de ochenta años.

Desde este singular y subterráneo aposento, he contemplado durante todos estos años, las visitas de curiosos excursionistas, espeleólogos y de profesionales en geología, mineralogía e incluso de catedráticos en historia. Y lo que con más curiosidad escuchaba, era siempre las “sabias” explicaciones que estos, a los profanos acompañantes que le seguían les daban, sobre lo que estas tierras y piedras ocultaban.

Pero de entre todas las visitas recibidas durante estos años, la que con más festividad recuerdo fue, la que a comienzos de los años treinta realizó su majestad Don Alfonso XIII con su séquito. Un cortejo de alto linaje y de autoridades, acompañó al bigotudo Monarca de aparente enclenque aspecto, que con su bastón de apoyo y mando Carey, su sombrero Panamá, su ligero andar y su excelso vocabulario, por encima de mí pasó y paseó, sin echarme la más mínima cuenta.

Entre estas bóvedas, se han producido desde que estoy aquí innumerables e insospechados hechos, y aunque mi existencia se aproxima ya al centenario, para mi edad de trece infantiles años han sido engorrosos de comprender, como por ejemplo: malhechores que al cobijo de estas cuevas se han ocultado de su persecución y han aprovechado para repartirse el botín de sus atracos, reuniones donde se han fraguado las más innobles traiciones, íntimos amigos batiéndose en duelo por el amor de una misma mujer, etc., etc., etc., e incluso, he visto fusilar a muerte a decenas de personas. Estos últimos hechos, creo recordar se produjeron a finales de los años treinta. Y es que tengo entendido, que por esa fecha hubo aquí una guerra civil entre hermanos de la misma España.

Y es que yo, por aquellos finales años veinte y entre los silvestres alrededores de mi querida Sierra de San Cristóbal, como cada atardecer, jugueteaba con otros niños de esta descampada zona. Y nuestro acostumbrado juego del escondite, me llevó a adentrarme en esta conocida gruta, que tan asiduamente era utilizada por nosotros durante el día como lugar de recreo, descanso y guarida.

Pero en esta ocasión, no vinieron mis compañeros de juego a buscarme. Se echó la noche encima y la oscuridad reinante se apoderó de mi quedando paralizado por el miedo que el silencio y la soledad me provocaba. Era tal el terror que me invadía, que me fue imposible alzar la voz para gritar pidiendo socorro y ayuda.

A ciegas y a tientas conseguí hallar un recoveco en la caverna. Y en ese escondido, frío y oscuro rincón, me puse en cuclillas para intentar con esa posición fetal, resguardarme del fresco, del desasosiego y del pánico que se había apoderado de mí.

Así comencé a pasar la noche, con unos continuos sobresaltos por los escandalosos revoloteos y chirriantes sonidos de los murciélagos, además de unos inquietantes escalofríos provocados por el miedo y por la gélida temperatura nocturna.

Con la lógica ceguera con la que me encontraba por la falta de luz en la cueva, me desplacé unos centímetros hacia un lado intentando localizar otro lugar que me refugiara algo más de estas impertinentes aves de la noche, ya que la tenebrosidad que me ocasionaban empezó a desquiciarme la mente y hacerla vagar entre tinieblas. Pero este movimiento en falso, me llevó a caer en un -para mi- invisible socavón de esta gruta de las Canteras.

Escasamente sería metro y medio la profundidad de este foso por el que me despeñé y aunque me di un fuerte golpe en la cabeza, al poco tiempo dejé de sentir dolor. No se si fue porque me dormí o porque fallecí.

Con la primera claridad del amanecer, escuché los pasos de un par de operarios en excavaciones de este yacimiento, que se acercaban con la desgraciada intención para mí, de taponar y cubrir la zanja que dejaron el día anterior descubierta al terminar su jornada laboral, y en la que yo, infelizmente me encontraba “tumba”do.

Sin que se percataran de mi presencia en el agujero y todavía con la tibia luz del alba, procedieron con grandes rocas y tierra a rellenar y recubrir la cavidad hueca que me cobijaba, para continuar con los yacimientos trabajos de esta mi querida Sierra.

Seguramente ya andaba muerto antes de este taponamiento, no se si por el golpe recibido en la cabeza, por el frío o por las dos circunstancias. La cuestión es que para nada sentí dolor físico -más bien una gran pena- cuando despistadamente me “enterraban”.

Sobradamente, tiempo he tenido para aprenderme el mapa que compone la geografía de estas canteras de nuestra sierra, que con sus cuarentenas cuevas, sus pasadizos subterráneos, sus iluminadoras claraboyas, sus oscuras bóvedas, sus pronunciadas rocas, sus peñascosos montes y que con un sin fin de sinuosos recodos entre sus pétreas paredes, adornan estas enigmáticas grutas.

Con la compañía -entrantes y salientes a estas cuevas- de grillos, escorpiones, mosquitos, ratoncillos, arañas, gusanos y de ya mis amigas panarrias, y con la vistosidad que a su entrada les da el musgo, las higueras y algún que otro crecido helecho, con las inscripciones en sus muros e incluso algún que otro modernos graffiti, formamos una singular estampa, en la que yo -como convidado de piedra- sobresalgo, porque nada pinto en este cuadro.

Reconozco que la localización de mi esquelético cuerpo, no aportaría novedad alguna para ningún arqueólogo, antropólogo o paleontólogo que se precie, por no pertenecer este óseo armazón, ni al paleolítico, ni al mesolítico, ni al neolítico y que para datar mi antigüedad no les van hacer falta utilizar conmigo el famoso carbono 14, ya que a simple vista se puede comprobar que no pertenezco ni a la edad de piedra, ni a la de bronce, ni a la de hierro.

Pero aun soportando las cosquillas que provocarían los técnicos en recuperación de restos al despegarme con sus delicadas brochas la tierra adherida en mis conservados huesos, la verdad es, que desearía que de una vez por todas encontraran mi reumático esqueleto. Y que aunque no llegasen ya averiguar lo que fue de mi y porqué y como estaba aquí, que al menos me diesen santa sepultura. O mejor aun, que me incineraran y expandieran mis cenizas por mis queridas Playas o mis añoradas Dunas.

Para quien tenga la curiosidad de buscarme entre estas subterráneas cavidades y me quiera localizar, dando con ello término a este para mi ya superlargo juego del escondite, mis señas son: Yacimiento Cuevas Las Canteras, de este inigualable mirador de la bahía que es nuestra Sierra de San Cristóbal, entre sus entrañas, en un oscuro rincón de una de sus frecuentadas grutas, a metro y medio bajo tierra.