sábado, 8 de mayo de 2010

AMOR ROTO

Una cómplice pero tristísima mirada, se intercambiaron por última vez aquellos enamorados, cuando a él, junto a otros compañeros a la fuerza le reclutaron. Ojeada, con la que se despedían unos seres que se atraían, pero que hasta el momento nunca se hablaron. Y cargados como bestias en aquel camión, fueron transportados camino del Frente, aquel atardecer de primeros de Septiembre.

Estos consabidos y silenciosos pretendientes, llevaban tiempo de forma recíproca cortejándose a media distancia y, era Vox Populi en el entorno, de los sentimientos que ambos reservadamente se dedicaban.

En ese ultimo vistazo a su joven amada, observó como ella, con su traje de grandes lunares, desconsoladamente rezumaba una enorme pena, pues esas obligadas y secuestradas partidas siempre mal acababan y, de ellas nunca se regresaba.

Estos jóvenes, con sus avergonzadas y sensibleras pasiones, se reservaron vírgenes para el venidero mañana, sin que ellos contaran, con que una zancadilla del destino sesgara su incorpórea relación y, que con su idílico porvenir terminara.

Se hizo la noche y se escondió la traidora luna, con lo que desde ese vehículo de carga, no se divisaba la más mínima sombra. Y el anochecer puso en marcha ese transporte, por las sendas pedregosas de sus vecinales alrededores.

El forzado escuadrón presentía en su éxodo, cómo las flores nocturnas que solían abrirse durante la noche, se mantuvieron cerradas ese crepúsculo en señal de anticipado duelo, por el paso ante ellas de los más que previsibles futuros difuntos.

El silencioso y tortuoso viaje duró toda la madrugada y parte de la mañana, al final del cual, les llevaron a una especie de cuartel, mientras esperaban su turno de batalla. Guerra en la que ni querían participar, ni en la que ellos se alistaron.

Le colgaron a cada uno unas insignias como distintivo para diferenciarles supuestamente del enemigo. Y al toque militar de corneta, iban desfilando de uno en uno, por aquellas cubiertas trincheras que más bien parecían catacumbas por el sepulcral ambiente que por ellas se respiraba.

Cuando al consabido joven le correspondió entrar en combate, atravesó de punta a cabo las escarbadas zanjas que le llevaron al campo de batalla. Este descampado aparentemente desértico, escondía tras su extraño perfil, innumerables enemigos que a su paso le salían de detrás de unas artificiales tapias.

Pertrechado con su reglamentario armamento se dispuso a enfrentarse a sus adversarios en la contienda. Infantería esta, que tanto a caballo como a pie, con fraudes, trampas y todo tipo de armas y artimañas, de él se jactaban y una y otra vez lo herían durante la batalla.

Unos pobladores lugareños, desde una distante y protegida atalaya, se mostraban impasibles ante el acribillamiento al que estaba siendo sometido el obligado contendiente, en una desigual lucha, que más bien parecía corresponder, a una auténtica emboscada.

Con unos supuestos himnos de guerra, acompañaba el enemigo estos combates en los que siempre cobardemente, era afligido por la espalda. En pocos momentos quedó mal herido y casi sin fuerzas, pero como se resistía a doblegarse ante el enemigo, este, sirviéndose cobardemente de un señuelo, le atravesó con su bayoneta.

Herido de muerte, con un balanceo de su cuerpo desafiaba a sus oponentes manteniéndose en pie y, mientras se desangraba por la nariz, por la boca y por la espalda, otro enemigo -queriéndole dar el tiro de gracia- a traición le clavó su machete en la nuca. Hecho este, que le seccionó la cerviz e irremediablemente le obligó a postrarse ante los bélicos contrincantes.

Los vecinos moradores que contemplaron el desigual combate, reclamaban con unos moqueros al General de la milicia ganadora, que mutilaran al derrotado obligado guerrillero y, que varios apéndices a este le amputaran.

La caballería del ejercito enemigo, exponía su exánime cuerpo en señal de victoria y poderío.

Y al pobre joven, en esa vergonzosa exhibición de rival abatido, vencido y mutilado, se le adivinaban dos ríos de lágrimas de sus amplios y descubiertos ojos. Lágrimas, que no eran solamente del dolor y de la humillación a que le habían sometido, sino del recuerdo que en los últimos momentos de su vida a la mente le vino, de aquellos campos, prados y dehesas, por los que tanto corrió y jugueteó con sus compañeros. Terrenos estos, en los que conoció a su callada y silenciosa joven amada. Amor roto, de una vaca y un toro.