viernes, 22 de octubre de 2010

INOLVIDABLE DESPEDIDA DE SOLTERA

Una adolescencia rebelde y contestona, y una juventud inconformista y errante hicieron de Elena una mujer con vigoroso temple. Pero a la vez, seguía manteniendo una innata sensibilidad.

Su pronta emancipación familiar, la llevaron a ejercer labores durante varios lustros en las más diversas ocupaciones. Lo mismo limpió escaleras de comunidades, como cuidó de niños y ancianos. Así mismo, sirvió mesas y ayudó en cocina de bares, y también atendió tenderetes ambulantes.

Mujer de difícil acceso, no abrió su corazón al amor hasta inaugurada su cuarentona edad. Pero esta larga espera no fue para nada en vano, pues su conquistador caballero fue el príncipe azul que ella siempre deseó. Y de esta sentimental relación afloró su único y hermoso retoño.

Elena era una mujer como tantas… trabajadora por partida múltiple, pues al desempeño de su profesión actual en una contrata de limpieza, debía sumarle además, las arduas tareas de ama de casa, de esposa y de madre de una pequeña de ahora tres añitos de edad.

Cuarenta y cinco años contemplaban a esta dichosa señora, que felizmente compartía su vida con su querido marido y su hija, formando entre ellos un inseparable y dichoso trío que iba levantando pasiones de envidia sana y admiración por todo su alrededor.

En los últimos tiempos desde que nació su hija, no había frecuentado salidas con sus amistades, pues volcada al cien por cien a la crianza y cuidado de la niña, salvo el horario de su necesario trabajo y algunas horas de guardería de la pequeña, no había habido otros momentos de separación entre ambas, y menos aún, para salir de marcha con amigas o conocidas.

En las últimas semanas le estaban proponiendo un grupo de compañeras de trabajo, que se sumara junto a ellas a una despedida de soltera que le andaban organizando a una amiga en común, pero en repetidas ocasiones Elena a tal ofrecimiento había dado la negativa como respuesta. No quería retirarse de su hija por el disfrute de unas amenas horas de chácharas y copas.

Llegado a oídos de su marido tal situación, no dudó este ni un momento de animarla a que se apuntara a la amistosa y fémina celebración. Durante varios días estuvo él alentándola para que se decidiera a asistir a la fiesta, dejándole entender que no solamente tenía su apoyo, sino que además le resultaría beneficioso a ella aprovechar el evento de reunión y diversión para despejarse un poco durante ese ratillo de esparcimiento.

Terminó su pareja por convencerla y casi a regañadientes aceptó acudir Elena a la organizada despedida de soltera de su amiga. No sin antes, hacerle prometer a su esposo, que la llamaría si hiciera falta durante la fiesta en caso de que la niña para algo la necesitara.

Bastante numerosa resultó ser al final la asistencia a la amistosa celebración de despedida de aquel viernes antesala del venidero enlace. Y a vespertina hora comenzó la festiva gala femenina, para evitar que se prolongara de madrugada.

La organizada fiesta transcurrió por los habituales derroteros en los que suele derivar este tipo de reuniones. Los lingotazos, cánticos, bromas, cubatas, aplausos, chistes, consejos, whiskys, risas y demás licores, se intercalaban entre algún que otro picante espectáculo. Y fueron estas bebidas alcohólicas, circulando a un vertiginoso ritmo por todas direcciones, las que se convirtieron en las auténticas protagonistas de la festiva velada.

Una de las primeras en ausentarse de la reunión fue Elena, pero no sin antes haber disfrutado de lo lindo de una cuantas copas en este inolvidable homenaje de despedida de soltera.

De regreso al hogar familiar, con la noche ya encima, y con los reflejos afectados por la ingesta de alcohol, conducía distraídamente su vehículo con las luces apagadas, descuido por el que arrolló en un despintado paso de peatones, nada iluminado y escasamente señalizado, a un viandante que la calle cruzaba y que en los brazos algo portaba.

Al darse cuenta del atropello cometido y asentir su responsabilidad por el despiste -producto del estado de embriaguez en que se encontraba- fue tal el terror que le vino, que tras un primer momento de frenada para echarse abajo del coche y comprobar lo ocurrido, se echó atrás de esa primera intención y reinició la marcha a toda velocidad para desaparecer y quitarse de en medio cuanto antes. El enorme miedo que le atenazó y el reconocimiento de culpabilidad, hicieron que no empleara la sensatez de apearse para auxiliar a los posibles accidentados.

Lo que en esos instantes más deseaba en este mundo y de todo corazón, era llegar a su casa para confesárselo a su marido, echarse a llorar, y sobre todo, besar y abrazar a su hija.

Al llegar a su domicilio, inesperadamente se encontró la casa a oscuras y con la ausencia de sus seres queridos. Parece ser que el marido, al comprobar que a la pequeña le empezó a subir la fiebre y que no paraba de llorar, decidió en vez de importunar a su mujer en la fiesta, marchar con la niña a urgencias del hospital más cercano. Lugar al que no consiguió llegar, pues la fatalidad de unos adversos elementos y una imprudente conducción, hizo que segara sus vidas mientras cruzaban un paso de peatones.