miércoles, 22 de diciembre de 2010

LUIGI Y ANTONIETTA

Bañada por las aguas del Adriático se encuentra Termoli, localidad de unos 30.000 habitantes perteneciente a la provincia de Campobasso en la región italiana de Molise, población natal y residencia de:

Luigi, un maduro y apuesto caballero del mundo de la farándula, que se vanagloriaba de sus casanovescas conquistas en las mismas narices de su pareja Antonietta, y ésta, una bella joven descendiente de una famosa familia de artesanos jugueteros de la zona, de agraciado físico aspecto, pero que era el hazmerreír de él.

Estos, formaban una pareja singular como pocas, ya que daban bastante que hablar a sus conciudadanos de los que eran sobradamente conocidos, pues sus trapos sucios eran lavados y exhibidos públicamente sin el más mínimo reparo ni pudor. Y varios eran ya los años que se les conocía compartiendo los éxitos y fracasos de la vida trashumante que la pareja llevaba, motivada ésta, por la singular profesión que a los dos les ocupaba.

Ella, siempre estaba sometida a los caprichos de él, y no solamente eso, sino que además era continuamente su pareja quien hablaba por ella y movía los hilos de su vida como si ésta fuera una marioneta, además de no dejarla que delante de nadie expresara totalmente libre sus propias opiniones.

La joven, tenía asumido un papel de sumisa compañera, hasta el punto de soportarle a Luigi que fuera él quien llevara siempre la voz cantante en esta sui géneris relación. Y es que por más que ella quisiera manifestar sus individuales pareceres, él la manipulaba para que terminara esta declarando lo que a su pareja más le convenía.

Luigi, hacía que quedara la inocente Antonietta como si ésta tuviera una lengua de trapo, cada vez que mostraban sus desavenencias delante de los habituales oyentes que se concentraban a presenciar el esperpéntico espectáculo que frecuentemente por la calle montaban. Lugares por cierto, por los que era imposible a ella verla sola.

A él, nunca le interpusieron demanda alguna de abusos ni de maltrato, aunque era raro, el aldeano que no fue testigo en más de una ocasión de como Luigi a ella le ponía la mano encima. Y Antonietta pávida y sumisa, acataba que como títere a su capricho su pareja la manejara.

Ella, sin rechistar padecía que su pareja le metiera mano cada vez que a él le apetecía. Y con su cara pálida y servicial comportar, la joven sentía hasta en sus mismas entrañas el arbitrario tejemaneje que Luigi de ella hacía, mientras que éste, pura sangre latino y buscador de continuos amoríos, satisfacía sus verdaderos deseos en otras externas y extrañas faldas fuera del común hogar.

Los lugareños de la comarca, zona por la que frecuentemente esta pareja por lo general se movía y además habitaba, se aglutinaban para observar las reñidas conversaciones que Luigi y Antonietta mantenían, discusiones estas, que a veces eran interrumpidas por los asistentes ya que incluso aplaudían y sonreían, ante la perplejidad y la fija mirada de ella.

Este mujeriego caballero, que se hacía el gracioso haciendo chistes y bromas sobre su pareja ante esta concurrida masa de pobladores del lugar para divertírlos con unas sonadas disputas, también tenía que escuchar cómo Antonietta en estas peleas dialécticas ponía su propia guinda, pues a estos burlescos comentarios de él, eran contestados por ella con hirientes mofas sobre Luigi. Y es que a la enclaustrada vida que la ingenua Antonietta llevaba, respondía ella con toda su verborrea desahogándose por esta inmerecida reclusión en las pocas oportunidades en las que él por el exterior la sacaba, sitios por los cuales ésta, casi pintada como un payaso y vestida de colegiala por él era exhibida.

Antonietta, con su carmesí cara, pelirrojas trenzas, singular voz que parecía salida de ultratumba y pecosa nariz, mantenía siempre un aspecto fresco y juvenil que nada hacía adivinar el aislamiento en el que se desarrollaba su particular vida, pues sus dicharacheras palabras pronunciadas en público no eran sabiamente entendidas por el respetable, sino que eran tomadas sólo como simpáticas replicas a las chulerías de Luigi.

Pero su graciosa media lengua enmudecía, cuando a solas compartían las aburridas horas de la hastiada vida que padecía en el hogar. Y a los frívolos tocamientos que sufría de él, ella lacia y muda se comportaba, como respuesta a estos caprichosos manoseos y utilización de su pareja.

Ella le veía partir -por la tenoria vida que él llevaba- de la común estancia que compartían en busca de otros brazos que le pagasen por su donjuanesca pinta con algo más que sentidos abrazos, mientras la triste Antonietta cabizbaja se quedaba en su particular habitáculo, recordando a la habitual concurrencia y a sus incomprensibles aplausos. Aún así, sus ojos no eran capaces de derramar por él, la más mínima lágrima.

Y harta de seguir en esta vida siendo un pelele en manos de su pareja, fantaseaba la joven Antonietta con el sueño irrealizable de dejar de ser del ventrílocuo Luigi… su muñeca.