viernes, 18 de febrero de 2011

LA CASA DE CHARETE

No había una cosa que me gustara más en mis revoltosos infantiles años, que meterme sin permiso en casa ajena.

Rondaría yo la terminación de mi primer indómito decenio, cuando un día me dio por “visitar” sin consentimiento alguno la casa de mi vecina. La verdad es, que debido a la edad y a mis rebeldes caprichos llevaba ya cierto tiempo planeándolo. Y aunque nada malignas eran mis pretensiones, pues lo único que buscaba con ello era fisgonear y saciar como era costumbre mis ansias de curiosidad, tenía que buscar el adecuado momento en el que realizar este solitario allanamiento de morada.

No sería la primera ni la última vez que penetrara yo sin la más mínima autorización en vivienda ajena, pero esta ocasión, tenía la peculiaridad de ser en la casa de una compañera de juegos. Charete, era ni más ni menos que el nombre de la “victima” de mi próximo ilegal registro, amiga de la infancia y asidua acompañanta y cómplice de mis acostumbradas diabluras.

El haber escogido la casa de mi propia amiga para satisfacer mis inocentes deseos, obedecía ni más ni menos que a los celos que yo le tenía, ya que me imaginaba que un desconocido mobiliario de decoración poseía en su casa de los que yo no disfrutaba. Y con nocturnidad, alevosía y mi pequeña linterna, comencé a invadir la envidiada casa de mi vecina.

Las costumbres de la época y las temperaturas reinantes del verano en el que nos encontrábamos, se fusionaban y era práctica común en aquellos días dejar las puertas de las casas entreabiertas, con lo que no tuve más, que con un pequeño empujón terminar de abrirla para adentrarme ilícitamente en ella.

Nada más entrar quedé confusamente sorprendido, pues un curioso recibidor haciendo de hall de entrada me daba entre penumbras la solitaria bienvenida, en el que se encontraban entre otros elementos un perchero y un paragüero tan dignos, que parecía que me encontraba en una vivienda de gente pudiente. Y con ello, se me desorbitaba la idea que yo tenía de la casa de mi amiga Charete, aunque algo así ya sospechaba.

Pero eso no fue motivo de mi retirada y decidí seguir con mi soñada misión, y nada más traspasar una siguiente puerta me encontré en un salón con el que yo siempre habría soñado. No le faltaba el más mínimo detalle a esta estancia, en la que sus paredes estaban cubiertas de cuadros de diferentes tamaños y temas, y un antiguo reloj de pared de péndulo adornaba además una de éstas. Pero sobre todo, este salón era presidido por una enorme y vistosa chimenea, y de su techo colgaba además, una imponente y llamativa lámpara de araña. No faltaba por allí una majestuosa radio de la época y un sin igual bastonero. Y proseguía desbordándoseme así, el imaginario diseño que en mi mente yo hacía de la casa de mi vecina.

Continué mi laboriosa inspección y franqueé una siguiente puerta, esta me llevó a una señora cocina -pues nunca antes había yo visto nada igual- en la que sus multitudinarios utensilios con lujosa vajilla y cubertería de plata invitaban: tanto a cocinar, como a de las variadas fuentes de deliciosos manjares que allí se exhibían, degustar. Y mi perplejidad ante tanto poderío iba por momentos en crescendo.

La siguiente habitación que ojeé, nada tenía que envidiar a las anteriores, pues era una especie de dormitorio individual con una espaciosa cama, un coqueto tocador y un clásico ventanal, y ésta, parecía ser la morada particular y favorita de mi vecina, en la que además se completaba con un armonioso armario y una balanceante mecedora. Y cada vez me iba encontrando más desconcertado conforme avanzaba la inspección que le iba realizando a la casa de mi compañera de juegos, con lo que la envidia se iba apoderando todavía más de mí.

También me dio tiempo de visitar el cuarto de baño, donde una jarra y una palangana de porcelana acompañaban a una esplendida bañera, y un lavabo, una taza de wáter y un bidel, accesorios estos tres últimos que en mi vida jamás había visto ni sabía además para que servían, eran a mi entender, meros accesorios decorativos.

Enteramente desconcertado me encontraba, pues incluso había observado un gigantesco trastero, cuando yendo por un pasillo -en el que por cierto colgaba un teléfono de una de sus paredes- encima divisé una lujosa y empinada escalera que llevaba a una segunda planta. En ella, se encontraban otra serie de ostentosas dependencias a modo de: otros dormitorios, comedor, sala de estudio y música, y que como las anteriormente ya reseñadas también estaban engalanadas con unos distinguidos elementos como: máquina de coser, cortineros, muebles de escritorio, conjunto de plancha, cómodas, joyeros, candelabros, espejos, sillas, mesillas, floreros y bandejas de plata, que le daban un toque de elegancia a esta casa que a mí me estaban dejando totalmente boquiabierto y maravillado.

Aturdido ante esta refinada hacienda me preguntaba yo ¿Que cómo era posible que en una humilde barriada obrera de casitas bajas como la nuestra, mi vecina y compañera de juegos, tuviera una casa como esta?

Pero cuando yo creía que ya lo había visto todo, adiviné una especie de trampilla en el techo, la cual, imaginé e intuí que me conduciría a una reservada y oculta buhardilla. Y cuando me dispuse a intentar acceder a ella, me lo interrumpió una mano amiga que por detrás se posó en mi hombro y una conocida voz que me decía ¿Se puede saber que haces, jugando con mi casita de muñecas?