domingo, 20 de marzo de 2011

La misteriosa caja de polvorones

Transcurría las vísperas de navidad de uno de los primeros años de la pasada década de los sesenta, cuando estando aún en fase de prueba un tipo de material para conservar diferentes clases de productos alimenticios, llegó a nuestra Santa Ciudad una pequeña partida de cajas de polvorones con este tipo de envases. Y de esta serie de recipientes, que estaba elaborado con una fina capa conglomerada de madera, no sé porqué ya nunca más se supo de ellos pasadas esas señaladas fiestas.

Uno de estos “cajones”, de cinco kilos de pasteles navideños como: polvorones, mantecados, alfajores, roscos de vino y también de anís, aterrizó no sé cómo en mi casa -si fue adquirido por mi Madre en su habitual tienda de ultramarinos, o recibido como aguinaldo por mi Padre en su lugar de trabajo- pero la cuestión es, que esas navidades nos pusimos como el Kiko comiéndonos todos aquellos dulces de pascuas. Y yo tuve la curiosa idea, de conservar esta caja como recuerdo de aquella fastuosa y añorada navidad, y, con el tiempo fui descubriendo, la fabulosa cualidad que esta poseía de seguir perpetuamente preservando los sabores y olores de estas exquisitas masas navideñas, con lo que me posibilitaba trasladarme a anteriores periodos de mi vida cuando en esta caja literalmente me zambullía y de sus aromas me embriagaba. Y cada vez que necesito viajar al pasado, utilizo esta MI particular y extraña “máquina del tiempo”.

Es comprensible, que la nostalgia sea la que me empuja a destapar esta caja para con ello, rememorar trances tanto ácidos, como amargos, y por supuesto también dulces los mayormente, ya que estas esencias que están impregnadas en este envase, son asociadas por mí, con todo tipo de históricas y particulares situaciones de mí pasado.

El paso del tiempo dio lugar a la triste desaparición de mis progenitores, y por consiguiente, al reparto legal y proporcional de un modesto legado patrimonial en el que para mí, el bien más preciado, deseado y valioso no era otro, que el de esta monumental y “vacía” caja de polvorones. Y sin ningún tipo de impedimento ni traba alguna, logré hacerme con la consentida posesión de este heredado bien.

Almendra, canela, vino, limón, vainilla, coco, chocolate o anís, son algunos de los sabores y aromas tradicionales que encerrados en “mi máquina del tiempo” aún distingo yo cada vez que entreabro esta caja. Y con cierta periodicidad la utilizo, para recordar y viajar por mis anteriores y añoradas épocas vividas, y poder así, "reencontrarme con mis seres queridos".

Al realizar este retrospectivo y biográfico viaje, suelo relacionar todo tipo de acontecimientos con una serie de vocablos y dichos, que obedecen al lenguaje de la época, el lugar, la edad y la situación vivida y, que los cambios sociales y el avance de la cultura, los han acorralado hasta el punto de encontrarse estos hoy en día, casi en peligro de extinción. Pero para ser lo más fiel posible a estas particulares vivencias y honesto con la realidad, algunos de estos términos y expresiones mencionaré a la hora de estas íntimas escenas relatar, aún a riesgo de parecer en alguna ocasión un poco soez, burdo o maleducado, porque seguramente habrá alguien a quien este léxico ya casi desaparecido, algunos recuerdos le haga rememorar.

Cuando abro la caja y suelo dar el correspondiente intenso suspiro, me transformo en una especie de sinestésico -o sea, persona capaz de oler los sabores- y al percibir estos encerrados aromas me sumerjo y me concentro en esas lejanas épocas, con las que veo pasar ante mí, innumerables momentos de “la película de mi vida”.

No existe ningún orden cronológico a la hora de realizar estas excursiones por mi pasado. Y lo mismo visiono al transfullero de un amiguete jugando conmigo al bolindre, dejándome mi bolsita de bolis toda esparrulía, como a la pejiguera pandilla “obsequiándome” de regreso de la barbería con un sinfín de pamplis en el cogote con la recordada retahíla de “el que pela estrena”. Además también me encuentro en otro momento, a borricate de un vecino mayor, mordisqueando como no, una de aquellas “naranjas tontas”. Y también regresando totalmente escardao de las ingles y los muslos de unos decepcionantes días semanasenteros de camping en Arcos. Así como de aquellos celestes pegotes de carburo, que salpicándolos con un poco de saliva, presenciábamos esa misteriosa efervescencia que los disolvía. E igualmente contemplo de nuevo a mi Madre, que sentadita en su sillita de nea y con palangana envinagrada a mano me desliendra la mollera, por estar padeciendo uno de aquellos habituales por entonces episodios, de tener la cabeza llena de pipi.

Otras veces compruebo al oler estos conservados gustos, siendo amamantado de pequeñito por una altruista vecina -ya que no lo pudo hacer por problemas físicos mi propia madre- como también me veo en la orillita de la playa junto a mis hermanos disfrutando con los tetes y las pililas al aire y la piel toda engurrumía, o rehuyendo de las olas que me provocaban aquellas temibles jogaíllas y de las peligrosas agua mala, mientras una fuerte brisa de levante juguetea con mi santo escapulario. Así cómo lo que disfruté “chupándome la pipa” por aquellos infantiles años, o de cómo por las noches cuando no podía dormir, que en vez de contar ovejitas yo tenía una lista más infinita que contar, que no era otra, que la de veces que al día por ser yo un mentirijilla falsamente había dicho “palabrita del niño Jesús”.

En un nuevo olfateo por las esencias de esta caja de polvorones, me provoca una nueva pasada de imágenes biográficas que me permite recordar aquellos apartados de la taberna La Burra, en los que empezábamos hacer nuestros primeros pinitos de tertulias de inconformistas adolescentes, y cómo a comenzar a endulzar nuestro gaznate, dándole incontroladamente al moyate. Además contemplo, cómo en aquella tasca que regentaba un espigado y vetusto cartero, paso junto a unos añorados amigos horas de diversión entre juegos de cartas, de dados y chistes, mientras nos olvidamos del resto del mundo ahogando nuestras inquietudes y tiempo libre en los vasos de aquellos quitapenas dándoles al pirriaque, bajo la atenta mirada y seria atención tras el mostrador de este rudo y socarrón tabernero. Y es que éramos por aquella época casi unos tajarinas, que dedicamos aquellos escasos mozuelos años divagando entre intrascendentes charlas, risas, mostradores y copas.

En este catálogo de acontecimientos que al husmear en esta “mi máquina del tiempo” me viene a la retina, diviso por ejemplo, aquel compañero de juegos que ya por entonces apuntaba a una orientación sexual distinta a la mía, por aquella época en la que “no existían” homosexuales ni gays, sino que a los de la acera de enfrente o cáscara amarga se les llamaba maricones o más suavemente chai, con el que departí inolvidables travesuras pero que también me rallaba las tripas dada vez que le escuchaba decir por cualquier cosa ¡Cáspitas! y que fue responsable en más de una ocasión de las continuas achocauras con las que un día sí y otro también regresaba sangrando a casa, y de que además este fue el sieso manío que abrió mi primera arcancía, y por supuesto, de ser uno de los habituales que me “regalaban” una y otra vez las seguramente inmerecidas cachetá. E igualmente me veo, junto a mi hermano pequeño y un amigo de este, paseando por la primera pavimentación que tuvo la Avenida del Ejército cuando yo todavía no era ni un zagá, calle por la que empezaron a circular con más seguridad: motocarros, amotos y fregonetas.

No dejo de observarme en este escaparate de imágenes mentales cuando percibo estos agradable gustos, en aquellas indisciplinadas carreras tras las pelotas cambembas de nuestra infancia, así como, sufriendo de las malajes cebaúras que en los pies este juego me provocaba por no disponer de las zapatillas adecuadas. Además contemplo, como al jugar a las prendas con mis vecinillas, nos observaban al liquindoy algunas madres o hermanas mayores. También me observo, cuando me dio por ponerme en mi casa en huelga de hambre -ante el disgusto únicamente de mi madre- porque ella no quería zurcirme un pantalón al que yo le tenía mucho “cariño” y que pretendía tirarme, pues consideraba ella, que ya estaba bastante repletito de remendados sietes. O cómo no, aquellos balanceos en las cunitas del Parque desde los que observaba a mi Padre con su incombustible gabardina -nunca le llegué a ver con una pelliza- departiendo con algún conocido en la puerta de “La Colmena” mientras se tomaba algunas de sus acostumbradas medias chicas de vino. E igualmente memorizo, aquellos años por los futbolines de Manolo o del Pato, en el que una vez llegaron a cogerme por el pescuezo y me zamarrearon unos desconocidos, para quitarme las pocas pelas que llevaba en el bolsillo.

En este repaso de instantáneas vitales que me surgen al inhalar en el vientre de esta caja de polvorones, gratamente evoco el degustar de aquellas sabrosas tajaítas -que hoy afortunadamente son ilegales- que saboreábamos por la placilla y por los frecuentados bares, así como las camballá que en más de una ocasión protagonizaba cuando salía ajumao en aquellos tiempos en que nuestra jarca “cerrábamos” casetas de feria y al mismísimo Baviera por aquellas cerveceras madrugadas con sus bromitas de los picantes choricitos y, donde gastábamos toda nuestra escasa guita. O los cosquis y las reballaúras que siempre me ganaba en aquellas añoradas partidas del pichilín. Además cómo no, a la paguata de mi hermana mayor, que sentadita en el suelo desconsoladamente llora tras los arañazos de algunos de nuestros indomesticados gatos. Asimismo, de aquellos desafíos al trompo que nos echábamos entre pandilleros, bailándolos al puazo los más diestros, o a robaguita los más negados. Y de aquellos rudimentarios panderos que nos construíamos y revoloteábamos por las extensas explanadas playeras.

No puedo olvidarme en este pasaje de secuencias de mi vida cada vez que en el tiempo viajo, cuando observaba volar algún vión, así como aquellos añorados cines a los que muy frecuentemente asistíamos para ver alguna famosa pinícula. O aquella celebración de “echar las aguas” a la que me obligaron asistir todo emperifollao y que junto a mis primos me lo pasé chahi piruli haciendo como siempre el carajote, aunque me quede todo chingao cuando delante de todos los invitados se me llamó “cabeza de alcornoque”. Así también observo por aquellos tiempos de enaguas, zapatitos de charol y camisetas enguatá, a mis Padres agarrados del brazo paseando, en el que él iba ese día estrenando su sariana nueva azul claro, y ella, lucía una de sus habituales vestimentas de aquel reducido vestuario que de siempre disponía. Además recuerdo a mi padrino que continuamente me decía aquello de que yo tenía culito de panaero, como de defraudarle por no haber llagado ni a mono sabio, cuando él me presagiaba que iba a ser torero.

Es un mosaico de anécdotas que me aparecen cada vez que absorbo estas custodiadas esencias de esta caja de polvorones y que me hacen irremediablemente viajar al pasado, del que no dejo de olvidar, aquella noche durante una de las clásicas veladas de barriada, en la que un pandillero y jartible amigo “me regaló” una guantá, y de propina me dio un desconcertante empujón con una malajidea, que me llevó a darme el consiguiente guarrajazo con el mismísimo empedrado suelo en una de sus acostumbradas e incontroladas nocturnas borracheras. O a mi padre, luchando con sus escasos dientes contra su chusco de pan, mientras disfrutaba de un pescaito en sobrehúsa, o arrebañando una pringá de cualquiera de aquellos platos nada reveníos. Y también a mi querida y añorada Madre, bregando arrodillada con jozifa en suelo, o persiguiéndome en más de una ocasión con su usadísima machacaera, y mandándome a que me fuese al quinto pino mientras que algunos de mis hermanos me mandaban “al carajo pipa”, con lo que yo salía inevitablemente juyendo.

Continuamente me recuerdo en este inventario cuando excursiono en mi “máquina del tiempo”, regresando esmallao a casa y saciando este justificado hambre, con un plato de babetas y unas cuantas panizas que estaban “de rechupete. Como también robándole el miajón a las teleras para llenarlas de onzas de chocolate con lo que salir a jugar “a carajo sacao”. O soltando sonoros orutos tras los acostumbrados tazones veraniegos de gaseosa o gazpacho y, mojando los ricos sopones de cualquier sabrosa salsa. Y no dejo de rememorar, las veces que guardé caducas hojas de árbol entre las páginas de los aquellos libros que había en casa y que nunca leí, y aquel rebaná de amigacho, con su habitual rebaná de manteca colorá como desayuno, merienda y cena. Además del frecuente, quillo “que la carne de burro no es transparente” o por otra época algo ya más cercana aquello de “cogedlo ahí, que es para un llavero”.

En estas aromatizadas memorias que de nuevo revivo por el “don” que posee esta caja de polvorones, me observo, que tras echarme a repompear después de haber estado persiguiendo incansablemente bichas y cigarrones, me quedo estroncao junto a una hijuela y al sombrajo de un gastado y solitario almendro. Como los incontables carajazos que me daba contra el terreno pedregoso de los alrededores de la plaza de toros cuando entre juegos de pelotas y otras correrías disfrutábamos por su corraleta. Además de quedarme perplejo, cada vez que contemplaba el serpentear de las amputadas colas de lagartijas. Así también, aquellos festivos momentos de las antiguas ferias, donde saboreaba mi asidua arropía y disfrutaba como loco en el “carro las patá”, y de como el regreso se me hacía más llevadero y distraído, jugueteando con una caprichosa volaera. Y por supuesto me veo cuando todavía estaba como un gasparito, realizando aquellos primeros viajes en la valenciana, donde me distraía “poniendo el mingo” sacándome los bichos de la nariz y mi madre no dejaba de decirme: para ya “guapo al lejo”.

Estos viajes al pasado que realizo en esta MI “máquina del tiempo” que me permiten visionar una combinación muy variada de escenas de mi vida ocurridas en este Menesteo Puerto y con mi querida Gente, podré seguir llevándolos a cabo mientras no me falle la memoria, la vista y sigan a buen recaudo en esta “misteriosa caja de polvorones” -que es para mí una reliquia- estas atesoradas y apreciadas íntimas fotografías.


P.D.: Aunque modestamente ideado, especialmente dedicado a Gelem y al Patachula.